E s p e c i a l e s
Número 66 - 28 de enero 2005
  E D I T O R I A L

NOTICIAS

Internacional
España
Sociedad
Ciudades
España @l día

NOTÍCIES

NEWS
From Spain
International
  HEMEROTECA
Especiales
Recortes de prensa
Números atrasados
Buscar

DOCUMENTOS
Históricos
Legales
Comunicados

DIRECTORIO

INTERACTIV@
Tu opinión
Cartas
Libro de visitas
Chat
Foros

Recomendar

Agregar a favoritos
Página de inicio
¿Quiénes somos?
Patrocinada por:
Alianza
Evangélica
Española
miembro de:
European
Evangelical
Alliance
World
Evangelical
Alliance
Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY
[ Imprimir ] [ email ]

Gloria y miseria humanas

En mis dos últimos artículos he escrito sobre la mecánica del tiempo y la fragilidad de la vida humana. Creo que este principio de año continúa siendo propicio para discurrir sobre la gloria y las miserias de los hombres que fueron considerados grandes. La gloria de los llamados grandes hombres es como la hierba del campo. Así lo dice la Biblia y así lo confirma la Historia.

Ramsés II, que dejó más de cien hijos al morir, quedó momificado para la posteridad en un museo de El Cairo. Nabucodonosor, constructor de jardines col­gantes que simbolizaron la gloria de un imperio, an­duvo por los campos comiendo hierba, con la razón perdida. Cristóbal Colón descubrió un mundo y murió mísero, triste y desengañado.

Alberto Durero rindió tributo a la amistad de sus manos orantes y la envidia le dejó casi sin amigos. Alejandro Magno lamentaba no tener más mundos que conquistar y murió a los 33 años, de un ataque de malaria, al levantarse de un festín. Julio César, el más famoso de todos los conquistadores guerreros, cayó muerto al pie de la estatua dedicada a Pompeyo, atra­vesado por el puñal de Marco Bruto. Juan Sebastián Bach, uno de los más célebres genios musicales, murió ciego y amargado. Su paisano Ludwig von Beethoven, el más grande de los músicos románticos, tuvo una existencia dramática, principalmente a causa de la sordera, y arrastró una vida de solitario. Carlomagno, el hombre que dio a Occidente un nuevo concepto de imperio y sirvió al papado con fidelidad de siervo, murió como cualquier villano de su época, de un fuerte ataque de calentura que degeneró en una pleuresía.

Goya, que ocupa un alto puesto en la historia del arte moderno, de cuya pintura recibieron inspiración Delacroix, Manet y otros muchos, fue un sordo gruñón, atormentado de espíritu y con la razón en sueño permanente. Sócrates, maestro de maestros, el primero, cronológicamente, en el trío de grandes filósofos griegos, fue condenado a morir envenenado. Luis XIV de Francia, el llamado Rey Sol, gobernó entre grandes escándalos privados y tuvo una muerte desesperada. Su nieto, que le sucedió en el trono con el nombre de Luix XV, fue el autor de la cínica y despótica frase: “Después de mí, el diluvio.” Vivió una vida disipada y frivola; sus diez hijos le precedieron en la muerte. El gran Napoleón Bonaparte, el Alejandro Magno de los tiempos modernos, terminó sus días abandonado y solitario en la isla de Santa Elena, muriendo a causa de una enfermedad cancerosa el 5 de mayo de 1821. Mirabeau, revolucio­nario, político, vagabundo, poeta, orador y retórico, uno de los más grandes genios en la Francia del siglo XVIII , murió a los 42 años clamando a gritos contra la muerte. Enterrado en el panteón, dos años después sus restos fueron extraídos y arrojados a una fosa común, donde se suponía mayor cantidad de gusanos. Gengis-Khan, el poderoso conquistador mongol, llamado em­perador de todos los hombres, el fundador de un im­perio que a principios del siglo XIII se extendía desde el Tibet hasta Siberia y desde el Danubio hasta la India, quedó reducido a piltrafa en un campo de batalla en China. Ni siquiera se sabe dónde fue enterrado. Homero es, posiblemente, el nombre más famoso de la literatura universal. Su gloria literaria tiene casi tres mil años. La tradición lo describe ciego, andante de todos los caminos, en peregrinación errante diciendo sus versos.

El tiempo y el espacio me faltan para continuar escribiendo sobre los grandes conductores de la huma­nidad, desde Buda, que murió a los 83 años tras una comida excesiva de carne de cerdo, exclamando al expirar: “Nada es durable”, hasta Gandhi, asesinado en 1948 después de pasarse la vida predicando contra la violencia. El ejemplo más claro que hallo en mi catálogo de superhombres huecos es el de Felipe II. Pocos hombres han existido tan poderosos como el hijo de Carlos I de España y V de Alemania. El de las batallas de San Quintín y de Lepanto; el de la contrarreforma protestante y defensor de la catoli­cidad. Dice uno de sus biógrafos que poco antes de morir se hizo trasladar al Escorial, obra suya y lugar de su predilección. “Su cuerpo -cuenta el biógrafo- era una verdadera llaga. Corroído por el dolor, postrado en el lecho del que ni siquiera se le podían mudar las sábanas porque éstas se le pegaban a las carnes, pla­gado de gusanos que pululaban entre las úlceras, sin que fuese posible extinguirlos, permaneció así cincuen­ta y tres días... Doce días antes de morir llamó a su sucesor, diciéndole: “He querido que os halláseis pre­sente para que veáis en qué vienen a parar los reinos y los señoríos de este mundo y que sepáis qué cosa es muerte.”

Sabias palabras las de aquel hombre sabio. Los reinos y los reyes, los grandes y los chicos, los pode­rosos, los sabios, los soberbios, los engreídos, los en­cumbrados, los que arrastran muchedumbres y las muchedumbres arrastradas vienen a parar en eso: en cáncer, en llagas, en dolores, en gusanos.

El único eterno, el invencible, el inmortal, el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, el mismo ayer, hoy y por los siglos, el único Hombre que puede llevar la inicial con mayúscula es Cristo. Él vive para siempre porque es la Resurrección y la Vida. Nunca muere, porque tiene las llaves del infierno y de la muerte.

El hombre exaltado a la gloria terrena acaba en corrupción. Porque la gloria es, en sí misma, material, imperfecta, evolutiva. La humildad, en cambio, condu­ce a la gloria. Cristo se humilló hasta lo sumo y fue exaltado a la gloria a través de la humillación del Calvario. Y de la cruz salió el Hombre-Dios, el Hombre perfecto.

En esta hora de crisis y de angustias, Cristo es el único que puede llevar la paz al corazón vacío. Como Hombre, Cristo es el ideal que nunca pasa; como Hombre, es la integridad sin disimulos; como Hombre, es el líder con una meta en los cielos; como Hombre, encarna todos los valores de la personalidad. Como Hombre-Dios, nos ofrece el descanso para todas las inquietudes del alma, llamándonos desde el fondo de los siglos con palabras de amor: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descan­sar” (Mateo 11:28).

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
[ Imprimir ] [ email ]
 
 
EDITORIAL
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
dLirios
Luis Marián
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO

Enfoque
Juan A. Monroy

. PUBLICIDAD

© 2004 Protestante Digital, España.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección.
Colabora: