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Número 66 - 28 de enero 2005
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yolanda tamayo
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El invitado especial

Decidir compartir tu vida con el ser amado, prometiendo ante Dios fidelidad y amor eterno, es una acción hermosa plagada de matices que otorgan claridad a una futura vida en común. Sin embargo, preparar la boda no es algo tan idílico, o al menos, en mi caso no lo fue.

Por lo general, somos las mujeres quienes nos dedicamos a la elaboración de toda la parafernalia que ese acto conlleva. Cuando llegó el momento de preparar mi casamiento, fui desmoralizándome a cada paso que daba, pues advertí la cantidad de cosas que se deben hacer y que en realidad no sirven para nada, salvo para seguir el protocolo marcado por quienes nos precedieron.

Después de largos meses de preparativos, mi cabeza parecía querer estallar. Comprendí que el hecho de contraer matrimonio debiera ser algo íntimo, sin tantos formulismos que únicamente sirven para estresarte y colorear lo que en si mismo está plagado de color.

Restaban sólo dos días para la ceremonia, cuando un hermano de la congregación me hizo un regalo que cambió mi forma de vivir esos último días. A modo de consejo me dijo que no olvidara quién era el invitado especial en aquel acontecimiento, pues su nombre debía figurar en primer lugar en la lista de familiares y amigos convocados al evento.

Frecuentemente caemos en el error de marchar por la vida ataviados con un traje de autosuficiencia, traje con el cual nos creemos superhombres/mujeres, olvidándonos de por y para quién vivimos . Es común que en momentos determinados; generalmente cuando las cosas marchan bien, suframos de una efímera amnesia que nos lleva a dejar libres algunos flancos por los que somos atacados.

Cuando concedemos a Dios el primer lugar en nuestras vidas, el curso de ésta es totalmente distinto, lo que hacemos y pensamos tiene connotaciones diferentes, y la apreciación de nuestro entorno cambia poseyendo un sentido que sin Dios sería difícil valorar.

Sé que no es fácil delegar en él asuntos que parecen necesitar de forma apremiante nuestra mano de obra, pero está claro, que cuando en su día decidimos seguirle estábamos admitiendo formas de proceder que escaparían a nuestro entendimiento, pues, él obra de maneras que no podemos entender.

A modo personal, ansío que sea Dios quien dirija mis pasos, ocupando siempre ese lugar supremo desde el cual pueda modelarme. No olvidando que siempre ha de ser el invitado especial en mi vida.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España

 
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