 |
El uso de los nombres
Generalmente, no solemos conceder demasiada importancia a los nombres. Nos conformamos con su aspecto funcional. Es decir, nos servimos de ellos para denominar las cosas de forma propia y característica de modo que podamos distinguirlas, sin crearnos muchas más complicaciones al respecto. Nos sirven para diferenciar cosas y conceptos y también grupos. A modo de ejemplo me gustaría señalar, a pesar de su evidencia, que los seguidores de Cristo recibieron el nombre de cristianos por ese motivo. Para distinguirlos de otros grupos en función de una de sus características principales. Lo mismo puede decirse, por ejemplo, de mahometanos, budistas y de cualquier otro colectivo religioso o no que haya recibido un nombre merced al cual ha quedado plenamente identificado.
Hasta aquí nada hay de punible o incorrecto en la utilización de los nombres, pues se utilizan en la forma debida. Tratando de describir, decir o hacer comprensible aquello que queremos designar. Sin embargo, no siempre los utilizamos así. Mas bien nos servimos de ellos de modo innoble. Los utilizamos para descalificar y, más aún, para criminalizar de forma totalmente gratuita.
Es lo que ocurrió, lamentablemente, en la antigüedad pagana con el sustantivo "cristiano". Que de designar a los seguidores de un maestro o filósofo de llamado Cristo, pasó a nominar un grupo de sujetos de la peor calaña. Los cristianos, por el sólo hecho de portar dicho nombre y vivir de forma alternativa, terminaron siendo acusados de ser los causantes de todos los desastres naturales y de los crímenes más abyectos. Como no participaban en festividades ni actividades religiosas paganas fueron acusados de ser enemigos del género humano, de bárbaros. Como procuraban reunirse sin ser vistos para evitar ser denunciados, resulta que eran personajes de influencia maléfica, practicantes de ritos abominables. Como su doctrina no satisfacía los estándares requeridos por ciertos intelectuales fueron acusados de abusar de la ignorancia del pueblo por medio de una insignificante doctrina. Hasta el extremo de que dos personas ilustradas como Tácito y Suetonio, reputados historiadores romanos, consideraron el cristianismo una superstición que procedente de Judea había llegado a Roma, lugar en el que, lamentablemente, siempre había clientela para lo más horrible y vergonzoso que encontrarse en el mundo pudiera.
No es de extrañar, por tanto, que Tertuliano levantase su voz contra tanta injusticia. Y que reclamase algo tan sencillo y elemental como que dejaran de juzgarlos por el nombre y empezaran a juzgarlos por los hechos. Que probaran que habían cometido realmente aquellos delitos que por razón de llamarse cristianos venían endosándoles. Que les permitieran defenderse. Que dejasen de prejuzgarles y comenzaran a juzgarles. En suma, que aplicaran la propia legislación romana.
Por más que quiera, no puedo dejar de ver en la historia de los protestantes españoles un paralelismo claro entre aquella injusticia y la cometida por el estado español, confesionalmente católico-romano, contra nosotros y otras minorías. Desde el siglo XVI hasta el último tercio del XX. Desde ese nuevo ejercicio circense que fueron los llamados autos de fe hasta la más sutil, si es que así puede denominarse, represión franquista. Porque víctimas, desde luego, las hubo igualmente, incluso en tiempos de Franco. Pues si bajo éste nadie fue quemado en la hoguera al viejo estilo, sí hubo quien cayó por las balas ignominiosas de quienes habían criminalizado el vocablo protestante. Y quien sufrió penalidades, cárcel y vio truncadas sus aspiraciones de una vida en paz y libertad y quien, como a mi padre, maestro nacional, se le imposibilitó el ejercicio de su profesión; sencillamente, por razón de un nombre. Y no hemos sido los únicos. Otras minorías nos han acompañado en este delirante ejercicio de injusticia y falta de humanidad.
Protestante, masón, comunista o judío fueron sustantivos criminalizados no hace tanto por el pensamiento del nacional-catolicismo. Nosotros, por tanto, deberíamos ser los primeros en oponernos a un uso semejante del nombre de cualquier grupo. Deberíamos ser los primeros en renunciar a juzgar en base a supercherías o mitos más o menos enraizados socialmente. Dicho de otro modo, deberíamos ser los primeros en juzgar según hechos y pruebas contrastados, exclusivamente.
Y no es cuestión de magnanimidad, bondad o inocencia, sino de coherencia y fidelidad al mandato recibido de nuestro Dios. Si Dt. 5:14-15 impone a los israelitas el deber de conceder a sus esclavos idéntico descanso al provisto para ellos y no menguarlo, precisamente, por haber sufrido en Egipto esa injusticia, nosotros, hoy, en vista de nuestra historia, deberíamos concluir que nos es impuesto el deber de no juzgar a nadie por razón del nombre.
David Casado
Cámara es escritor, economista y tesorero de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
(c) David Casado, ProtestanteDigital.com, España, 2005
|
|