 |
Sobre manifiestos y libertades
Cada vez es más frecuente que seamos requeridos para manifestarnos en contra de alguna idea, algún movimiento, alguna corriente de pensamiento, alguna línea teológica; entre otras muchas causas, más o menos recientes, se nos convoca: en contra del divorcio, en contra del aborto, en contra del preservativo, en contra de la homosexualidad, en contra de determinadas leyes que regulan la vida de los ciudadanos, en contra de ciertos organismos religiosos formalmente afines con los que no se coincide ideológicamente en alguno de sus planteamientos; en contra de otras corrientes religiosas que opinan o se manifiestan de forma diferente a nosotros, pero que tienen todo el derecho del mundo ser lo que son y a pensar como piensan.
Y, claro, esas situaciones nos plantean serios conflictos porque, efectivamente, la vida diaria produce toda una serie de fenómenos sociales con los que ni nos sentimos identificados ni comulgamos, tal vez no tanto por razones ideológicas como por causa del paso de los años que cada vez van reduciendo más las posturas que llegas a considerar difícilmente removibles.
No obstante, dejando pasar el tiempo, terminas descubriendo que detrás de la mayoría de esos apóstoles que se erigen en caudillos de la intransigencia, del control de conductas ajenas, se esconden con frecuencia intereses con cierto tufillo bastardo, sustentados por ideologías discutibles que, por supuesto, son defendidos por personas que tienen todo el derecho a opinar como opinan; incluso se aprecia una cierta ingenuidad al presentar el objeto de la cruzada de turno aunque, por lo regular, carecen de la suficiente solidez como para justificar las cruzadas que se proponen.
Estas posturas, estos requerimientos (¡ay tantas veces procedentes de sectores y personas que se mueven en el entorno entrañable de los más cercanos!) nos sitúan en la necesidad de decir que no; a insistir en que nuestra vocación está orientada hacia posturas de diálogo, de convivencia, de comprensión; que Jesús no firmó ningún manifiesto contra la mujer adúltera, ni contra el publicano, ni contra Zaqueo, ni contra el hijo pródigo, ni contra la mujer samaritana, ni contra el cobarde Nicodemo, ni contra los gentiles, ni aún siquiera contra los fariseos, aunque sí estuvo fronterizo a ello debido a la hipocresía indómita de estos profesionales de la religión. Antes bien, su consigna fue: " Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a lo que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen " (Mt. 5:43). Y aún añadió, como alertando de ciertos peligros: " Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados " (Mt. 7:2); "... lo que sale de la boca, esto contamina al hombre " (Mt.15:11).
Siempre nos acosa el temor de que podemos comenzar suscribiendo manifiestos en contra de algo, y fácilmente podemos terminar enviando a la hoguera a los disidentes, tal y como nos recuerda la memoria histórica tan cercana en el tiempo, y que nunca deberíamos perder de vista.
Y recordamos, como un lema para nuestra conducta, que lo que Jesús condenó directamente fue la ceguera espiritual (cf. Jn. 9:35-41), la incredulidad (cf. Jn. 12:37-43), la hipocresía (cf. Luc. 6:37-42).
*****************************
¡Ah! Casi se me olvida. Yo votaré a favor de la Constitución Europea . Tal vez se trate de una Constitución imperfecta; posiblemente no se han cuidado todos los mecanismos democráticos para su elaboración; es probable que no recoja todas las sensibilidades; es cierto que no hace un alegato acerca de la herencia cristiana (los que más denuncian esa ausencia son los que hacen equivalente "cristiano" a "católico"). Con todo, yo votaré sí a la Constitución. Votaré que sí porque garantiza la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión (art. II-70); votaré que sí porque garantiza la libertad de expresión y de información (art. II-71); votaré que sí porque garantiza la libertad de reunión y asociación (art. II-72); votaré que sí porque prohíbe todo tipo de discriminación (raza, sexo, color, etnia...) (art. II-80); votaré que sí porque afirma que la Unión respeta la diversidad cultural, religiosa y lingüística.
Y votaré que sí porque, como afirma Javier Rioyo, "fuera de Europa hace mucho frío"; o, como asegura Manuel Rivas, "por humano instinto de conservación". Votaré que sí porque ser ciudadano europeo me protege de los fundamentalistas de toda la vida, hace que me sienta algo más que un reducto social minoritario, marginal; votaré que sí, en definitiva, porque me parece que es un cántico a la libertad, a la convivencia, al respeto mutuo.
Máximo Gracía Ruiz es Secretario ejecutivo del Consejo Evangélico de Madrid; Presidente del I Congreso Protestante de Madrid; licenciado en Sociología y doctor en Teología; rector del Instituto Superior de Estudios Teológicos de España,; y miembro de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y de la Asociación de Teólogos Usoz y Río.
(c) Máximo Gª Ruiz, ProtestanteDigital.com, España, 2005
|
|