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Providencia de Dios y plan Ibarretxe
'El Señor hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos.
El consejo del Señor permanecerá para siempre;
los pensamientos de su corazón por todas las generaciones.'
(Salmo 34:10-11)
Durante los siglos XVII y XVIII se desarrolló una línea de pensamiento, especialmente en Gran Bretaña pero también en Francia y más tarde por toda Europa, que durante algún tiempo fue considerada la vanguardia de la ideología occidental. Tras las Guerras de Religión de los siglos XVI y XVII que asolaron el continente europeo y dejaron un reguero de muerte y desolación, se imponía una nueva óptica de ver las cosas, especialmente en los asuntos religiosos. Frente a los dogmas y a las posturas intransigentes de los que basaban sus creencias en la Revelación sobrenatural y habían sido responsables en buena medida de la terrible sangría europea, se abría paso otra visión que consistía en dar la primacía a la Razón, con la cual venía de la mano la tolerancia.
A partir de ahora la Razón, facultad común a todos los seres humanos, sería el árbitro imparcial por el cual se dirimirían todas las diferencias del tipo que fueren: sociales, políticas y religiosas. Naturalmente, para hacer eso, había que supeditar la Revelación a la Razón, con lo cual la primera sería amputada en todo aquello que no se ajustase a la segunda, de manera que como resultado de tal subordinación se produjo una especie de religión natural basada en las intuiciones esenciales y racionales del ser humano. Los presupuestos de esta religión natural eran muy elementales: hay un Dios que debe ser adorado, una ética que es norma de conducta y una retribución final mediante recompensas y castigos. A este movimiento se le conoció y se le conoce con el nombre de deísmo.
Como es evidente los deístas no eran ateos, solamente que extirparon de su sistema ideológico todo lo que oliera a sobrenatural o no pudiera ser explicado mediante la razón , por lo que cuestiones como la Encarnación, la Resurrección, los milagros o la Providencia debían ser rechazadas como impropias o como supersticiones de una época felizmente superada. Claro que al hacer eso nos dejaron con un Dios del que hay que preguntarse si le queda algún vestigio de divinidad y, especialmente, si tiene algún tipo de relación con los seres humanos. A esta última cuestión los deístas respondían que la relación de Dios con sus criaturas se dio en el momento cuando las creó, pero a partir de ahí Dios dotó al universo de leyes mediante las cuales funciona sin necesidad de que él intervenga. En otras palabras, Dios no se entromete en los asuntos de aquí abajo y somos nosotros los artífices de nuestro propio destino y ahora, libres ya de las ataduras de la ignorancia y del atraso antiguos, construiremos un mundo nuevo y mejor en el que reinarán la armonía, el diálogo, el entendimiento y la fraternidad universal.
La verdad es que uno no puede dejar de maravillarse que personajes del peso y talla de Voltaire o Rousseau creyeran en esta ingenuidad. Pero en fin, tras el optimismo inicial vino el espantoso despertar del siglo XX materializado y resumido en el hongo atómico de Hiroshima . Esa nube volatilizó no sólo a muchas personas sino también muchas fantasías, entre otras la fantasía de la fe en las inmensas posibilidades del ser humano para autogobernarse.
Hace poco un amigo me confesaba cómo el hecho de ser padre de dos criaturas de corta edad le había abierto los ojos acerca de la maldad congénita del ser humano. Él ya tenía asumido eso de una manera intelectual, pero la experiencia con sus dos niños le había corroborado en sus posiciones. Resulta, me decía, que mis niños roban, mienten, se pegan... cosas todas ellas que no han visto ni en mí ni en mi esposa. Mi pobre amigo no salía de su asombro al constatar por los hechos lo que él ya sabía por la teoría. Me consta que tanto él como su esposa son padres responsables que tienen exquisito cuidado en vigilar los contenidos televisivos que sus niños ven y darles un buen ejemplo. Pero he aquí que mediante el comportamiento de sus dos niños llegó a la conclusión experimental de que el pecado original no es sólo una doctrina sino que es una realidad.
Pues bien, yo he llegado a la misma conclusión que mi amigo sólo que en otro aspecto: Cuando veo cómo los seres humanos manejamos los asuntos de este mundo y cuando veo cómo pretendemos dirigir los asuntos de las naciones, mi confianza en la providencia de Dios se robustece día a día. ¿Cómo no voy a creer en la providencia de Dios siendo testigo de la irresponsabilidad, egoísmo, mezquindad y necedad con la que este mundo se gobierna? Yo ya creía en la providencia de Dios porque no soy deísta sino realista, pero al contemplar nuestro mundo, también a España, no puedo por menos que levantar mis ojos al cielo y decir: Gracias por estar ahí y por sostener esto. Sí, el desatino de los hombres me hace creer en el atino de Dios. ¿Cómo si no explicar que este ente siga existiendo y funcione?
¿Un ejemplo? Uno que me toca de cerca y muy reciente: La presentación del plan Ibarretxe , por el que se quiere alcanzar para el País Vasco un estatus de Estado que se asocia libremente con otro Estado, que es España. El desatino, para mí, no es tanto el contenido del plan (que es discutible), el desatino consiste en la contradicción de por un lado invocar razones democráticas de votos en una Cámara (el Parlamento vasco) para impulsar dicho plan y por otro lado negarle esas mismas razones democráticas de votos a otra Cámara (el Parlamento español). El desatino consiste en partir de presuposiciones absolutas que unos quieren imponer a todos. Algo muy español (qué ironía), porque eso es lo que ha encendido los terribles enfrentamientos internos de los que la Historia de España está jalonada. Y es con eso, con una presuposición absoluta, con lo que se quiere jugar ahora. ¡Qué poco hemos aprendido de nuestra Historia!
Verdaderamente lo razonable no es lo que creían los deístas: eso no es más que un despropósito; lo auténticamente razonable es que hay un Ser inteligente que creó, sostiene y dirige todo esto, incluidas a todas las naciones, como bien dice el pasaje bíblico arriba citado. No sé si el plan Ibarretxe saldrá adelante y será una realidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que hay otro Plan, uno con mayúscula, que definitivamente triunfará en todos los lugares y para siempre. Y yo quiero ser parte del mismo.
Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España |
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