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Número 67 - 1 de febrero 2005
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JUan simarro
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Bienaventurados los pobres

Esta bienaventuranza ha tenido diferentes interpretaciones. Incluso en los Evangelios aparece de dos formas diferentes: "Bienaventurados vosotros los pobres" según el evangelista Lucas, y "Bienaventurados los pobres en espíritu" según el Evangelio de Mateo. Y lo paradójico es que, la Iglesia, o mejor dicho, la mayoría de las personas que componen la Iglesia, se han fijado más en la expresión de Mateo. Se han acogido a la felicidad de la pobreza en espíritu, que han interpretado como un intentar vivir con un sentir de desprendimiento de la riqueza, pero sin renunciar a ella, marchando muchos llamados cristianos por el camino de la acumulación desmedida de bienes, pero tranquilizando su conciencia en el sentido de no estar apegado a esa riqueza. A veces incluso he oído decir que puede ser peor un pobre apegado a su céntimo o al deseo de tenerlo, que un acumulador que, espiritualmente, vive desprendido de sus riquezas. Así, muchos acumuladores y despojadores, declarando su renuncia "interior" a la riqueza, han sido bendecidos por las Iglesias y puestos en los primeros lugares de ellas.

Sin embargo, si se reflexiona detenidamente sobre la obra, la enseñanza y el estilo de vida de Jesús, se puede ver, sin necesidad de investigar mucho, que en el centro del mensaje de Jesús, estaba la preocupación y el deseo de liberación de los económicamente empobrecidos, los oprimidos, los excluidos, marginados e injustamente tratados. Y cuando vemos que Jesús decía a los enriquecidos y acumuladores que si querían heredar el Reino de Dios, deberían vender todo lo que tenían y seguirle, no estaba hablando de vender riquezas espirituales o, simplemente, desprenderse "interiormente" de ellas.

Creo que Jesús era plenamente consciente de los desequilibrios de la humanidad y del hecho de que lo que unos pocos tenían en sobreabundancia, era lo que causaba la escasez de los empobrecidos y oprimidos .

Por otra parte, quizás estemos en el momento histórico en el que más empobrecidos hay en toda la historia de la humanidad. El ochenta por ciento de la humanidad en pobreza, no es una fatalidad, sino un escándalo. Nunca ha habido un número tan pequeño de ricos tan ricos, y un número tan enorme de personas empobrecidas por el despojo y la acumulación de estos ricos. ¿Qué felicidad o qué bienaventuranza pueden tener esa masa ingente de pobres? ¿De qué dicha gozan los desposeídos, empobrecidos o despojados? ¿Se salvarán los pobres por el hecho de serlo? ¿Será verdad que son como el "siervo sufriente" que cargan con el pecado del mundo? ¿Están los acumuladores del mundo y las estructuras sociales injustas pecando contra ellos? ¿Son los receptores del pecado de los otros? ¿Han sido tan despojados de su dignidad que sólo por ello se hacen herederos del Reino de Dios? ¿Se refleja en ellos la figura del crucificado y podrán ser salvos, no por ser buenos, sino por llevar sobre ellos el pecado del egoísmo acumulador de tantos?

Por otra parte, si existen pobres en espíritu que no podemos asimilar a ese desprendimiento interior que no renuncia a la acumulación de los bienes materiales que pertenecen a todos, ¿quienes pueden ser esos pobres en espíritu?. Para muchos serían aquellos que, pudiendo ser ricos, renuncian a ello y eligen voluntariamente un estilo de vida austero y de acuerdo con el estilo de vida de Jesús. Serían los que voluntariamente eligen un estilo de vida solidario y en búsqueda continua de la justicia. Serían los que son capaces de vivir sin acumular y comparten voluntariamente lo que tienen. Y no predicamos la pauperización de los creyentes, sino el vivir de una forma que no caiga en la acumulación de bienes terrenales y den ejemplo de vida a los acumuladores, llamándoles al arrepentimiento, al cambio de vida y a la redistribución justa de los bienes. Quizás estos sean los auténticos pobres de espíritu, que viven el punto central del mensaje de Jesús: la liberación de los oprimidos y la dignificación de los excluidos y marginados.

En el contexto bíblico y, fundamentalmente, en el contexto de los Evangelios, pensar que se pueden acumular bienes y, además, ser pobre de espíritu sólo con una disposición interna de no estar apegados a ellos, no tiene ninguna justificación bíblica. La simple acumulación de riquezas ya es un obstáculo para entrar en el reino de Dios. De ahí lo del camello tan grande que debe entrar por el ojo de una aguja tan pequeña. Pues más difícil es para el que se ha enriquecido, sabiendo que su riqueza es la escasez de otros, entrar en el Reino de Dios...

Quizás por eso en las parábolas del Reino, cuando se habla de ese banquete o de esa comida compartida en el Reino de Dios, se hable de la entrada de los que deambulan por el "carril" o por los caminos, desarrapados, enfermos, tullidos y pobres... los que jamás pensaron ser los herederos. Así, pues, ricos y acumuladores de este mundo, arrepentíos y compartid. No os quedéis en un simple artilugio de "desprendimiento interior" para seguir acumulando con la bendición de los religiosos de turno.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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