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Número 67 - 4 de febero 2005
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JUAN ANTONIO MONROY
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Baroja y la melancolía

En estos últimos ecos de los cantos al año nuevo he creído que nos sería de algún provecho leer lo que el gran novelista Pio Baroja escribió acerca de la melancolía en los seres humanos.

En 1900 publicó Baroja su primer libro, una colec­ción de cuentos que había ido hilvanando al calor de sus experiencias como médico. Le puso por título “Vidas sombrías” y tuvo un éxito ruidoso. Sebastián J. Arbó dice que en aquella primera obra de Baroja, exposición de vidas humildes y de un medio social que reflejaba la tristeza y la amarga lucha por la subsistencia, “es­taba ya en germen toda su obra futura”.

También estaba su futuro -hecho ya presente- desencanto por los llamados placeres de la vida en la tierra. Monologando con Mari Belcha, se interroga: “¿Por qué lloran los hombres cuando nacen? ¿Será que la nada, de donde llegan, es más dulce que la vida que se les presenta?”

Seis años antes de estas dudas, en 1894, Baroja escribió en “La Justicia” un artículo al que puso por encabezamiento “La Juventud pasa”. Como un eco repetidor de pensamientos, Baroja sigue a Salomón, cuando afirma que la juventud es vanidad, y actualiza a Hornero, quien comparó la vida humana al tiempo de un verano. A Baroja gusta más la primavera. Y escribe: “Cuando a un día de junio se le llame por todos primaveral, entonces os diré yo a vosotros que sois jóvenes; mientras tanto, vuestra juventud es como la primavera de un día ardoroso de junio, una juventud de almanaque.”

En sus relatos “Melancolía”, “Parábola” y “El gran pan ha muerto” insiste Baroja en abrirnos los sentidos a la brevedad y fragilidad de la vida humana.

“Melancolía” es la historia de un anciano que nació en hogar rico, noble, poderoso, que gozó “de todo lo que el mundo puede presentar de más grato”. Y estaba triste. Viajó por las grandes ciudades, bajó a las peque­ñas aldeas, navegó incansable los mares, pero no experimentó la paz del alma. Y estaba triste. Estudió, contempló los astros, huyó del amor, que dicen que lleva aparejado el dolor. Y estaba triste. Viejo ya, de­seaba lo que no tenía y lamentaba la juventud perdida. Seguía triste, como ese fantástico Gog creado por la viva imaginación de Papini, que tras recorrerlo todo, vivirlo todo y pisarlo todo seguía con el alma vacía.

El tema de “Parábola”, que tiene por ventana un texto del “Eclesiastés”, es semejante al de “Melancolía”. El paria que arrastra su séptima encarnación en el séptimo siglo antes de la venida de Cristo, ama y abraza los goces de la vida, apura la copa del placer, obtiene la libertad, se ve dueño de fortunas considerables, se hace poderoso en país extraño, recorre el mundo de una a otra tierra. Y no encontró la dicha. Y a modo de mora­leja el autor da este consejo: “De cierto os digo que a vosotros, cuyo corazón está turbado por la vanidad y cuyos ojos están cegados por el orgullo, os puede ser útil para la salud de vuestra alma la historia de esta vida.”

La frustración ante la pequeñez de la vida humana es todavía mayor en “El gran pan ha muerto”, relato que inicia Baroja con una anécdota tomada de Plutarco. Cuando el capitán Thamus anuncia con voz tronante la muerte de “El gran pan”, “el mundo tiembla y tras la alegría nos quedará el sentimiento; en vez del ím­petu vital, la teocracia y la ley; en vez de la realidad, la entelequia; en vez de la satisfacción, el desprecio; en vez de los frutos de la vida, el dinero”.

En su bellísimo “Elogio sentimental del acordeón”, Baroja identifica la vida humana con la musiquilla triste del monótono instrumento. Escribe: “Es una voz que dice algo monótono, como la vida misma; algo que no es gallardo, ni aristocrático, ni antiguo; algo que no es extraordinario ni grande, sino pequeño y vulgar, como los trabajos y dolores cotidianos de la existencia.” Y termina: “Vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía, vulgar, monótona, ramplona, ante el horizonte ilimitado,”

Lo lamentable, lo triste en Baroja es que no supiera ver la grandeza de la vida futura con la misma claridad con que supo distinguir la insignificancia de la presen­te . Porque si es verdad que nuestros días en la tierra son pocos, vacíos y llenos de sinsabores, el tiempo en la eternidad con Dios está marcado por otras caracte­rísticas de signo más brillante. Concha Lagos supo expresar estas convicciones en verso:

“He rebuscado también en las palabras
y todas sirven para poca vida;
los días las desgastan.
Sólo en eternidad que la Tuya,
la de Tu nombre, Dios, crecida,
omnipotente.”

Y Juan Ramón Jiménez se figura otra brisa más pura cuando el vendaval humano arrastre nuestros cuerpos a la tierra madre:

“Mi cuerpo se estará allí,
y por la abierta ventana
entrará una brisa fresca
preguntando por mi alma.”

La seguridad en otra vida imperecedera, que parece le faltó a Baroja, suscita el optimismo y acepta el desvanecimiento y destrucción de la vida presente como medios necesarios para el trasplante a la eter­nidad feliz. Es el tema constante de la Biblia, y es­pecialmente del Nuevo Testamento.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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