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Una perspectiva cristiana de los nacionalismos
Ya sabéis que no suelo escribir mucho sobre los nacionalismos, y que prefiero escribir artículos originales sin alusiones a otros artículos. Así, pues, no hubiera escrito éste, si no fuera por la motivación que me ha dado el artículo de Manuel Suárez sobre “La Cuestión Vasca”. Lo hago con todo respeto a los creyentes que tengan un sentir nacionalista y desde la amistad y la comprensión. También en mi deseo de diálogo con Manuel Suárez quien, en una cena-reunión de Protestante Digital, me dijo que deberíamos hablar sobre el nacionalismo. Aun reconociendo que él es más experto que yo en estas temáticas, quiero iniciar el diálogo con el deseo de aclarar todas mis dudas.
Creo que yo, manchego de origen y madrileño de adopción, puedo entender perfectamente, al igual que muchos otros españoles, el sentir nacionalista de muchos cristianos españoles. Y para mí esto no causa ningún problema. No me extraña la reafirmación que pueden hacer de su identidad comentando la necesidad de hablar su propio idioma, incluso para hablar con Dios y aprehender las verdades evangélicas y toda una cosmovisión del mundo. Comprendo que para ellos el español sea un segundo idioma y respeto profundamente todos estos sentires...
Sin embargo hay cosas que no entiendo . Al oír hablar a los nacionalistas, pareciera que sólo hay algunas identidades en esta gran parte de la Península Ibérica: las identidades vasca, catalana, gallega y la española. Como si toda la realidad variopinta de España se pudiera englobar en el concepto de identidad española. Y es que España es una suma de diferentes identidades. No es lo mismo la identidad andaluza que la de los castellanos leoneses, por poner un ejemplo. Y es posible que haya más diferencias identitarias entre un andaluz y un vallisoletano, que entre un barcelonés y un madrileño. En las Cortes Españolas se pueden escuchar a los canarios defendiendo su identidad, sin que por ello se sientan agredidos por las otras identidades de las diferentes comunidades autónomas de la Península. España es, por tanto, una suma de identidades en donde, sin duda, caben también las identidades vascas, catalanas y gallegas. Recordemos el grito de los españoles cuando hay atentados de ETA: “Vascos, sí; ETA, no”. Porque la identidad vasca hoy es respetada por todos los españoles y es de necios hoy pensar que la identidad vasca o gallega van a tener problemas con alguna de las identidades españolas. No hay una lucha de identidades en España. De soberanía, es posible.
Por otra parte, no hemos de olvidar que caminamos a sociedades cada vez más mezcladas . Si J. Puyol se lamentaba en Cataluña de que caminamos hacia una Cataluña mestiza, para el resto de los españoles, este mestizaje es un privilegio y un enriquecimiento de nuestras sociedades multiculturales, multilingües y multiétnicas. Pero el mundo camina en esta línea y cada vez más los nacionalismos van a ser un anacronismo en las modernas sociedades. Defender una identidad racial, un Rh o un color de la piel, si se hace enfáticamente y con exclusivismos, sin duda es un pecado.
De todas maneras, es posible que los nacionalistas evangélicos se confundan cuando preguntan “si es posible hablar del plan Ibarretxe sin apasionamiento y sin descalificaciones a priori”. Porque una cosa es el sentir nacionalista, el derecho a pensar y sentir como nacionalista, defender los nacionalismos con el diálogo, defender la identidad frente a otras identidades, o simplemente frente a la falta de identidad –pues muchos pueden pensar que los fenómenos de globalización, las presiones económicas y las directivas que vienen de fuera de los propios países, van quitando fuerza a los Estados e identidad a las naciones, lo cual puede potenciar los movimientos nacionalistas en búsqueda de identidad – y otra cosa muy diferente es intentar que aceptemos “sin apasionamiento” el plan Ibarretxe . Porque más que con apasionamiento, muchas veces lo hacemos desde el miedo... porque detrás están los violentos, y nadie, ni los cristianos ni los que no lo son, tienen derecho a defender sus posicionamientos, sean nacionalistas o no, con la fuerza de las armas, o a avalar un plan nacionalista abonando el terreno con las deflagraciones de las bombas.
Por otra parte, se oye demasiado en el discurso nacionalista el no respeto a las leyes, diciendo que no se resuelven los problemas apelando a mecanismos legales . Yo diría que depende. Cuando las leyes son fruto de un consenso y de una votación democrática, no pueden venir los individualismos a decirnos que las leyes no son fruto de un consenso o que son consensos impuestos. De ahí que cuando se aprueba una constitución de forma democrática hay que cumplirla o, de lo contrario, reformarla con el mismo consenso con el que trabajaron los que la redactaron. Porque si afirmamos tajantemente que “la ley es ineficaz si no hay decisión voluntaria del corazón”, dejaríamos toda la legalidad vigente y la Constitución reducida a algo subjetivo. La legalidad dependería de los sentimientos identitarios de las diferentes regiones o comunidades autónomas. Yo creo que las leyes o la Constitución, democráticamente aceptada y votada, sólo se puede dejar de cumplir por los cristianos, cuando está en contra de lo que Dios nos pide que hagamos. Pero los nacionalistas, sean creyentes o no, no pueden jugar con las Leyes intentando trabajar solamente desde sus sentires identitarios, por muy respetables que éstos sean. Las sociedades tienen una estructuración política y social, y más las sociedades democráticas, que no se deben ni se pueden saltar. Quizás el carpetazo de las Cortes Españolas encone el nacionalismo vasco, pero creo que no quedaba otra opción desde la legalidad.
Por otra parte, desde un punto de vista cristiano, aunque hubiera sentimientos nacionalistas, éstos deben estar abiertos a la acogida del otro y, fundamentalmente, de los más débiles . Un nacionalismo que fuera mínimamente excluyente o arrogante en su propio terruño, sería un pecado contra el deber de projimidad. El cristianismo proclama sociedades abiertos en donde el otro, más todavía si fuere extraño o extranjero en nuestro territorio, debe ser especialmente cuidado y protegido. Además, tenemos el problema de que las religiones muchas veces han dado tintes justificativos a las violencias étnicas y han buscado líneas éticas que pueden justificar las exclusiones o los privilegios por razones de nacimiento, raza o lengua. Pero el cristianismo no separa, sino que acoge a todos los seres en su pluralidad y condena la marginación o exclusión de las personas por cualquier motivo.
Nunca la expresión pueblo o nación se puede usar para hacer exaltación de unas características o cualidades de unos frente a otros. Hay que aceptar las sociedades multiculturales, eliminar las barreras de separación y potenciar la igualdad y fraternidad entre los pueblos. La sacralización del terruño es una de las idolatrías de nuestro tiempo.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.
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