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Número 68 - 13 de febrero 2005
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X. MANUEL SUÁREZ  
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La cuestión vasca (II)

¿Es posible hablar sobre el debate del Plan Ibarretxe sin apasionamiento, sin descalificaciones a priori ? ¿Es posible hablar desde una (“una”, no “la”) perspectiva cristiana? ¿Es posible extraer algo edificante y constructivo del debate? Prueben a hacerlo; las siguientes líneas pueden ayudarles. Las reivindicaciones nacionalistas son el frecuentemente ahogado clamor de pueblos que reclaman el reconocimiento de su identidad. Y esto no se resuelve apelando a mecanismos legales: los creyentes tenemos claro que las leyes son el fruto, no el origen del consenso, y el consenso no se impone, se construye desde la libertad. La ley se puede imponer, pero no resuelve nada si no se acompaña de consenso libremente aceptado; los protestantes sabemos bien que la ley es ineficaz si no hay decisión voluntaria del corazón. En el caso que nos ocupa, el carpetazo legal de las Cortes Españolas no resuelve para nada la cuestión vasca, más bien la encona.

En una Europa que camina hacia la integración por consenso, es retrógrado decidir la unidad por imposición: fijémonos en los trabajados equilibrios que se construyen para asegurarnos de que nadie impone su voluntad política en Europa de forma prepotente. En esto, por cierto, hay que deshacer algunos malentendidos que afloraron en el debate: el nacionalismo moderno ha sido siempre europeísta, y mientras los estados se destruían entre sí en la II Guerra Mundial, los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos clamaban en el desierto por una Federación Europea; el PNV fue fundador del primer partido europeo cuando España hacía del antieuropeísmo su lema. Pero, más importante, en un proceso de integración europeo nos debemos ir acostumbrando a compartir soberanía, ése es el futuro; no se entiende, por tanto, esa apertura a compartirla con Europa y este rechazo a hacerlo con Euskadi.

La identidad propia no se puede construir a base de negar la de otros ; la única unidad aceptable en un estado democrático es la que se reconoce por consenso. No resuelve nada proclamar en las leyes la unidad de España (mucho menos garantizarla con el ejército) si muchos no vemos reconocida nuestra identidad nacional en esa unidad, y eso se refleja en aspectos tan prácticos como la obcecación en impedir el uso normalizado de los diferentes idiomas de la Península en el parlamento de Madrid.

La identidad propia tampoco se construye aparcando la de otros; creo que aquí está el mayor problema del Plan Ibarretxe . Euskadi es una sociedad plural con un importante componente de inmigantes; sus habitantes perciben de forma diversa su identidad propia; es difícil elaborar un marco en el que sientan cumplidas sus aspiraciones tanto los autóctonos como quienes definen su identidad más por su origen como inmigrantes; en Euskadi, por las razones que sean, no se consiguió la integración de identidades que se alcanzó en Cataluña, y como consecuencia no es tan fácil apelar a una identidad básica común para desde ella reclamar soberanía con un soporte plenamente mayoritario. Los nacionalistas vascos tienen una dificultad en parte simétrica a la de los unitaristas españoles: encontrar una identidad común ampliamente asumida por una población heterogénea, que permita una reclamación consensuada de soberanía; por eso tienen la obligación de negociar con los diferentes sectores de la población vasca y encontrar puntos de encuentro; ésta es la asignatura pendiente. Es cierto: el Plan Ibarretxe con un 51 % de apoyo es legítimo, pero requiere un mayor apoyo si, además de legítimo, quiere ser eficaz para articular la sociedad vasca. Pero para ser honestos, hay que reconocer que los nacionalistas vascos ofertaron y pidieron consenso a los grupos que mayoritariamente representan a los inmigrantes (PP y PSOE) y éstos hicieron poco esfuerzo –el PP, ninguno– por construirlo; por el contrario, los nacionalistas españoles negaron por principio cualquier posibilidad de consenso ante las propuestas del parlamento de Euskadi (el PP incluso se negó a plantear siquiera el debate).

Lo dije en la querida iglesia de Santutxu: la sociedad vasca necesita evangélicos en todas las organizaciones políticas vascas, que sean capaces de construir puentes, que derriben muros de intolerancia mutua , que en el PNV y EA abran la sensibilidad hacia los inmigrantes, en el PP reclamen la renuncia a la confrontación y el irredentismo, en HB la renuncia a la violencia y en el PSOE la recuperación de su papel de bisagra, lejos del seguidismo al PP; y necesita evangélicos en las diferentes organizaciones no partidarias de la sociedad civil.

Los evangélicos deberíamos coincidir en que la solución pasa sólo por la construcción voluntaria de consenso. Apelar –tanto en el parlamento vasco como en el español– a la aplicación de la ley suena muy democrático, pero es totalmente insuficiente para resolver cuestiones que afectan a la identidad, que son ciertamente anteriores a la Constitución; ni la Constitución ni las demás normas son un dogma: son instrumentos surgidos del consenso, y si el consenso no se construye desde la voluntad política, no pidamos a la ley que lo haga, a no ser que sólo la queramos aplicar a favor de nuestros intereses parciales.

¿Cómo quiere la Iglesia Católica establecer la unidad de los cristianos? Cediendo en aspectos parciales pero exigiendo el sometimiento a ella como la única identidad cristiana legítima y la aceptación de la jerarquía suprema del papa; la única unidad que entiende es la que ella misma dicta desde la Iglesia de Roma. No es difícil establecer paralelismos con la forma en que el nacionalismo español quiere afirmar la unidad de España.

¿Cómo trabajamos los protestantes por la unidad de los cristianos? Aceptando de entrada la diversidad y construyendo desde aquí sólidos campos de confluencia. No es difícil trasladar este modelo a la interrelación de los pueblos peninsulares: el método será reconocer sin escándalo la diversidad de identidades que aquí conviven, reconocer con normalidad el estado plurinacional y construir el consenso desde la aceptación voluntaria, no desde la imposición dogmática. Hemos de construir un modelo en el que todos nos sintamos cómodos, en el que nadie tenga que renunciar a nada “por imperativo legal” –y todos tendremos que renunciar algo–, sino por convicción. Es posible que la confederación sea un modelo útil para implementarlo.

Cuando las identidades se encuentran, puede surgir el choque o el consenso; que Dios nos ayude a construir el consenso. Y éste surge de empezar a conocer de verdad al que está al otro lado, a conocer su visión de las cosas sin percibirla como una amenaza. Para esto necesitamos personas con visión profunda, vacunadas contra el dogmatismo, dispuestas a escuchar, a descubrir áreas de coincidencia, entregadas a la no siempre reconocida labor de levantar puentes; los protestantes deberíamos reunir estos criterios.


Artículos anteriores de esta serie:
   1  La cuestión vasca (I)  

X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego.
© X. M. Suárez, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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