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Número 68 - 8 de febrero 2005
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JUan simarro
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Utopía de justicia y paz perpetuas

Muy pocas veces los cristianos nos dejamos guiar por los acicates e impulsos que Jesús nos dejó en la instauración de su proyecto central: el Reino de Dios. Es verdad que el Reino de Dios comportaba una utopía que los creyentes no nos hemos lanzado a recuperar. Pero el Reino de Dios asume utopías por las que hemos de luchar que, entre otras, son las utopías de una paz duradera y de una justicia total. Por el contrario, lo más normal es que al analizar el mundo en el que vivimos, caigamos en un pesimismo guiados por una especie de fatum de muerte que lleva el mundo a la deriva. Nos dejamos guiar por el miedo y por los augurios de movimientos que están en contracultura con las utopías bíblicas, contrautopías de miedo y de muerte, alejadas de las recomendaciones del Reino. Y así no podemos creer las utopías del reino.

La paz duradera y la justicia total no se dan hoy en el horizonte utópico del cristiano en nuestro mundo. Todo lo pasan a una situación metahistórica dejando al hombre de nuestro aquí y nuestro ahora, tirado en medio del dolor y al lado del camino.

Y sin embargo los creyentes nos deberíamos dejar llevar por las utopías de la paz, la justicia, el amor universal y la libertad plena... y luchar por ellas. Tendríamos que ser optimistas porque tenemos a nuestro lado un Señor que es capaz de resucitar a los muertos y hacer cambiar lo imposible. Un Rey que puede cambiar las dinámicas injustas en las que se basan las contrautopías del Reino, un Dios que puede romper las espadas de los guerreros y transformarlas en rejas de arado... No está mal que tengamos la esperanza puesta también en las situaciones de la Nueva Jerusalén, en tiempos metahistóricos y apocalípticos, pero ello no ha de impedir que tengamos también la utopía de la paz y de la justicia, así como del amor universal en nuestras metas de ser en el mundo. Justicia y paz para los crucificados de nuestra historia presente.

La esencia del cristianismo consiste en que la muerte fue vencida por la vida. Por tanto, todo tipo de estructura de muerte, todo tipo de contrautopía histórica sombría en contra de las utopías de la paz y de la justicia, debe ser vencida. Los creyentes necesitamos ser sacudidos por un optimismo que nos lance cual quijotes en busca de la justicia, la paz y la fraternidad universal. Correr con optimismo tras la utopía siempre va a ser positivo y nos va a habilitar para una lucha constante, con la voz, el estilo de vida y el compartir, acercado el Reino de Dios y sus valores a los pobres de la tierra, a los marginados del mundo, a los oprimidos y a los injustamente tratados.

El Reino de Dios se puede acercar a los pobres acercándoles una mayor justicia social, luchando por la paz que necesariamente implica justicia, aproximando el amor y la fraternidad de todos a esas cañas cascadas por el egoísmo de los hombres y por la acumulación desmedida de bienes que se muestra en los desequilibrios económicos del mundo hoy.

Si los cristianos no confesamos nuestra fe llena de esperanza en el acercamiento y cumplimiento de las utopías del Reino, perderemos la esperanza, y lo que es más, perderemos al Dios de la esperanza. Caeremos en la insolidaridad, en la alabanza que molesta a los oídos de Dios y en el ritual vacío. Sólo el optimismo basado en la fuerza que dan las utopías del Reino, nos puede habilitar para aniquilar las estructuras de muerte y lanzarnos a la búsqueda de una justicia social y de una paz plena que nos vincule a la vida.

Estas líneas de pensamiento son las que mejor nos pueden impulsar a involucrarnos en los movimientos sociales, en las iniciativas solidarias y en la búsqueda de la paz, de forma activa y efectiva. Los cristianos no podemos ser muertos que nadan a favor de la corriente, sino que, en contracorriente, nos debemos lanzar armados del optimismo que nos pueden infundir las utopías del Reino, para aniquilas las estructuras de pecado que, cual tiranías, oprimen y marginan a más de media humanidad. Así, también a través de la búsqueda de la justicia y de la paz, los creyentes se tienen que interesar por aquellas políticas que puedan incidir a cumplir los objetivos, se tienen que interesar por los ordenamientos económicos y políticos, tanto nacionales como internacionales.

Deben participar y levantar su voz, pues ser cristianos no es de cobardes. Debemos tener conocimiento de la situación del mundo, no rechazar las aportaciones de las Ciencias Sociales, estar atentos a las atrocidades de la carrera armamentista, del hambre en el mundo, el desempleo, la marginación, el despojo y la explotación de las personas. La fuerza de los cristianos deberían forzar cambios tanto de carácter social como económicos, políticos e institucionales en aquellas políticas que dejan tirados al ochenta por ciento de la humanidad, marchando por un camino en el que la brecha entre ricos muy ricos, una minoría, y pobres muy pobres, que son legión, para que estos cambios sociales políticos y económicos acerquen el Reino de Dios a los pobres. Un Dios que sufre con ellos y que nos pide a nosotros que, si somos sus seguidores, seamos también sus manos y sus pies. “Por mí lo hicisteis” , dice el Señor.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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