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Número 69 - 15 de febrero 2005
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JUan simarro
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Constitución europea y religión

Los tiempos han cambiado. Mientras que las primeras constituciones democráticas comenzaban invocando a Dios o fundamentando sus asertos en tradiciones cristianas, las Constitución Europea y quizás todas las constituciones del futuro de los diferentes países de Europa, no van a invocar a Dios, ni a la religión, ni al cristianismo a la manera de antaño. Algo ha cambiado en las sociedades de la vieja Europa. Hay nuevas fuerzas políticas y sociales que hacen que la religión se vaya desplazando desde el centro de todas las iniciativas y valores sociales, hacia la periferia y hacia los valores individuales. Hay fuerzas que quieren desplazar la religión, el cristianismo o las creencias en general, desde el ámbito de lo público al ámbito de lo privado, como mucho, al ámbito de la familia, desde lo que se podría llamar la objetividad social, al ámbito de lo subjetivo e individual. No sé si se podría decir que la Constitución Europea está en la línea de propuesta clara de que la religión es algo que hay que privatizar. Pero ¿qué puede suponer esta privatización de la religión?.

En las modernas sociedades la religión no se configura como algo totalmente necesario en las relaciones sociales. Necesario será el mercado, la economía, la activación del consumo, la política, el libre comercio, el intercambio. Son estos los valores que habrá que fijar bien en las modernas Constituciones. Éstas no van a recoger los principios religiosos, porque éstos se van a considerar que pertenecen al ámbito privado, individual o, a lo sumo, familiar. Los individuos podrán ser religiosos en cualquiera de las confesiones, como una opción privada. La religión no pertenece a lo universal, no pertenece a lo que se considera como algo que hay que salvaguardar porque es socialmente necesario, sino que queda reducido a una esfera más subjetiva que sólo se accede a ella como una opción muy personal e íntima. Así, las Constituciones no tienen por qué recoger estas cuestiones espirituales, últimas, íntimas y privadas.

Pero los cristianos tenemos que hacer unas reflexiones, porque esto también supone algunos peligros para la vivencia de una espiritualidad cristiana integral. Si como cristianos seguimos la línea de sentirnos cómodos recluidos en nuestra vivencia de una espiritualidad que sólo se desarrolla en el ámbito de la iglesia o de la familia, o de la intimidad personal o individual, podemos caer convertirnos en legitimadores de las situaciones sociales injustas o de las estructuras sociales que se dan en el mundo basadas en unas relaciones de carácter dominante en donde los más fuertes han impuesto sus leyes. Porque la privatización o la reducción de la vivencia cristiana al ámbito de lo privado, nos puede llevar al silencio ante las injusticias del mundo, cuestión que claramente nos lleva a la mutilación de la vivencia de un cristianismo integral. Y es que cuando nos ponemos como cristianos de espaldas a la realidad, cuando no cuestionamos las políticas o los sistemas económicos que marginan a los más débiles, estamos dejando al lado la misión profética de la Iglesia. Y la privatización de la religión podría tener ese efecto negativo y seccionar o aniquilar la vivencia de un cristianismo integral.

Así, si espiritualizamos demasiado, si sacamos la religión del ámbito público, si la reducimos a puros temas espirituales y le damos solamente una dirección de verticalidad, podemos caer en olvidar toda la línea de horizontalidad de la vivencia de la espiritualidad cristiana en relación con la solidaridad y la denuncia de las estructuras sociales injustas . Nos centramos en la vida de la Iglesia y nos apartamos de los temas de conflictividad social. En una palabra: practicamos una espiritualidad de espaldas al dolor de los hombres. El ideal del Reino de Dios que “ya está entre nosotros”, lo desviamos hacia cuestiones y valores metahistóricos. Nos apartamos de la conflictividad de la realidad presente. Nos preocupará mucho más las alabanzas o los problemas sociales que consideramos directamente pecado como la homosexualidad, el divorcio, el matrimonio mixto cuando una de las dos personas no es creyente u otras cuestiones que consideramos en relación directa con el pecado individual, que con las temáticas del pecado estructural como el desempleo de larga duración, las injusticias sociales, la desigual redistribución de los bienes del planeta, el despojo de los países empobrecidos, los problemas de la deuda externa, la dignificación de las personas, la acumulación desmedida de bienes. Cuestiones todas ellas que están en primera línea de la preocupación de Jesús y de los profetas.

Al privatizar la religión, al sacarla del ámbito público en donde se desarrolla lo social y lo político, nos va a interesar más el mensaje verbal estrictamente motivador de nuestros sentimientos, que los mensajes que nos motiven a denunciar, a buscar la justicia y a intentar cambiar las estructuras sociales. También en nuestra acción social, tenderemos más a un asistencialismo de casos particulares que a una concienciación de las problemáticas del mundo para que, como cristianos intentemos intervenir en el ámbito estructural. Todo se va a remitir a cuestiones trascendentes, a cuestiones de fe, increencia o pecado, pero sin entrar en el análisis de las causas próximas de la pobreza en el mundo, de la injusticia y de las desigualdades sociales basadas en sistemas políticos y económicos injustos. Se perderá la misión diacónica de la iglesia que no se reduce al mero asistencialismo sino que tiene que pasar a la denuncia de los pecados estructurales.

Estamos ante el peligro de que, al haber echado al margen de lo político y de lo social al cristianismo, incluso parezca raro y extraño a muchos cristianos la lucha cristiana contra los males estructurales. Quizás el laicismo al que nos vemos abocados justifique el silencio de las modernas Constituciones al los temas religiosos o a las herencias históricas del cristianismo. El silencio ante el poder de los valores cristianos como denunciadores y transformadores de la realidad social. Pero los cristianos no debemos caer en la trampa de adaptarnos al silencio y recluirnos en el ámbito de la privacidad e intimidad.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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