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El Dios eclipsado
El desafío del secularismo (V)
Nadie, mínimamente atento a la situación religiosa en Europa especialmente, pero también en Latinoamérica y en todo el mundo, habrá dejado de observar la crisis del cristianismo. Se presenta un paradigma nuevo y muy profundo, no solo en sus aspectos más visibles como son la práctica religiosa, sino también de los contenidos basados en las Sagradas Escrituras. Un paradigma, unos modelos "comparables, bajo ciertos aspectos, a lo que, a partir de K. Jaspers, se denominó cambio del 'tiempo-eje', tiempo que abarca aproximadamente unos 500 años, entre el 800 y el 200 antes de Cristo, y que introduce en la conciencia humana una ruptura radical, a partir de la cual se operó una profunda inflexión en el curso de la historia y de la civilización tales como las conocemos hasta hoy".
Nadie ignora el gran predominio de la “cultura de la ausencia de Dios”, de la increencia, el agnosticismo o el relativismo de la modernidad. Según J. B. Metz , “es la crisis de Dios” y de la fe en Él”. Todos estamos de acuerdo en esto. El problema se agudiza porque esta observación se obtiene desde fuera, como algo que afecta a los otros y como si nosotros, los observadores, fuéramos ajenos al problema de la “agonía del cristianismo”. De alguna manera somos los mismos fariseos del judaísmo que decimos: “Te doy gracias, Señor del Cielo y de la Tierra, porque no soy como los demás” pero del mismo modo vivimos la noche de la fe inmersos en la indiferencia y la oscuridad. Nuestra respuesta personal debería ser la misma que la del padre del endemoniado: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mar 9:24).
Se está instaurando una inflexión de tal envergadura en el plano profundo de la civilización humana, que, hablando más cercanamente de nuestra teología y nuestra espiritualidad, somos ya mayoría cualificada los que constatamos que hay, efectivamente, un "malestar en la cultura" y una insatisfacción profunda en la religión . Malestar e insatisfacción que evidencian que la barca está haciendo agua por muchas partes, y que se necesita un replanteamiento general de casi todo, un verdadero "cambio de paradigma". Son no pocos los teólogos que vienen reclamando ya con nítida expresión que urge "creer de otra manera" (Torres Queiruga), que quizá somos "la última generación cristiana" en esta perspectiva, porque la necesidad de un cambio muy profundo se impone inaplazablemente”-
Pero el llamado “silencio de Dios”, propio de nuestro tiempo, es un silencio anunciado, porque Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren. Por esta causa, para muchos, Dios se ha convertido en espejismo, una experiencia de aguas engañosas, porque han ido desapareciendo los símbolos, los paraguas protectores de las instituciones religiosas y de los soportes de la esperanza y de la fe. Los cristianos de la modernidad experimentan la crisis de Dios, porque sin conversión, sin renovación, no se puede efectuar ninguna acción espiritual y, menos aún, evangelizadora.
Dicho esto, que resulta evidente a todos los creyentes, la crisis es mayor porque son demasiadas cosas en confrontación con la sociedad y el pensamiento moderno. La religión, o la espiritualidad en general, parece tener todavía la raíz de sus estructuras, en el pensamiento medieval o premoderno, y no muestra celo especial por hacerse definitivamente contemporánea de la Humanidad. Algunos creen que es teología progresista el buscar nuevos horizontes más acordes con el Evangelio. Una mayoría preocupada opina que no se puede ser fiel si no se lucha por construir el Reino de Dios, creando condiciones de más amor, justicia, igualdad y libertad. Se necesita una verdadera reforma eclesial, para entrar de verdad en este nuevo milenio.
No podemos echarle la culpa, de todo este proceso de cambio de época, al modernismo ni a los otros “ismos” negadores de Dios o enfrentados a Él , porque, en la mayoría de los casos, solo es el efecto de la acción y la reacción. Cuando ha habido opresión religiosa, la reacción es el anticlericalismo. Cuando se ha manipulado a Dios, bien forzando pruebas o viviendo un cristianismo sin práctica, entonces aparecerán ateismo, agnosticismo, relativismo o las infinitas miradas del observador filosófico que duda, que busca, que discute y lucha con Dios. ¿Es pernicioso esto? ¿No se habrá establecido el mito del modernismo como causa de deserción de la fe, sin antes haber hecho un mínimo análisis, un mínimo cotejo? ¿No se habrá calumniado en exceso?.
Manuel de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).
© M. de León, 2005, Asturias, España. |
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