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Número 70 - 27 de febrero 2005
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CARLOS MARTINEZ GARCIA 
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El “Apocalipsis now” de Chiapas
Protestantismo, derechos humanos
y tolerancia en los pueblos indios de Chiapas (IV) 

El protestantismo en tierras indias de Chiapas hemos visto que ha sido un factor de cambios culturales benéficos para las comunidades, y que en lugar de erosionar a la indianidad la ha reelaborado a partir de cambios religiosos ya bien enraizados. El proceso literalmente ha costado sangre de quienes se atrevieron a retar con sus prácticas religiosas innovadoras a las comunidades tradicionales. Este artículo es un pequeñísimo recuento de un fenómeno que puede ser leído en dos facetas: por una parte es la historia de la intolerancia que echa mano de todos los medios a su alcance para erradicar a una minoría; por la otra es la memoria de una lid por los derechos humanos en tierras indias.

En 1953, dentro de la zona tzeltal en el poblado de Cancuc, el pequeño grupo de creyentes evangélicos es perseguido y sus casas incendiadas por atentar contra las costumbres del pueblo. En Guaquitepec son capturados por los tradicionalistas los evangelistas itinerantes que ya habían logrado establecer una célula protestante, aquellos obligan a estos a ponerse de rodillas con el fin de que pidieran perdón a los santos por haberlos ofendido. Los predicadores no aceptan la exigencia y son duramente maltratados y golpeados por los defensores de la cohesión religiosa de la comunidad (Esponda, 1986:267).

El siguiente episodio tiene lugar en 1957, en la zona tzotzil, en el poblado Chimtic, por no respetar y venerar a los santos e imágenes católicos los protestantes del lugar son llevados a la plaza del pueblo. Un creyente evangélico, de nombre Victorio, defiende su causa y expone a los asistentes sus creencias. Entre los reunidos en la plaza de Chimtic se encontraban el presidente municipal y todos los integrantes del ayuntamiento. La gritería en contra de Victorio se intensifica y se levantan voces que llaman a maniatarlo y ejecutarlo. Como último recurso Victorio advierte a la multitud, “Mátenme si quieren, nada más mi cuerpo pueden matar pero mi alma no pueden matarla. Inmediatamente mostró la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos diciendo: ‘Aquí tengo un libro que dice en el artículo 24 y en el artículo 16 que toda la gente tiene derecho a tener una creencia religiosa. ¿No respetan eso? Este libro es la Constitución que me regaló un creyente en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas'. El Presidente Municipal, llamado Gregorio Pérez Arias, enojado, le arrebató de las manos la Constitución y la rompió delante de todos”, y dejó ir al indio conocedor de las leyes (Esponda, 1986:317).

En el paraje de Zactzú, perteneciente al municipo de Chamula en Los Altos de Chiapas, en agosto de 1967 tiene lugar uno de los primeros atentados violentos contra la comunidad evangélica, ataques que al continuar por décadas llevarían a la conformación de colonias periféricas en San Cristóbal de Las Casas, integradas por miles de protestantes expulsados de sus tierras originales. Paschcu y cuatro de sus sobrinos son sorprendidos mientras dormían, un grupo le prende fuego a la casa y ella al abrir la puerta es recibida con disparos de arma de fuego. Trata de salvar a sus sobrinos pero los atacantes se lo impiden. Huye y en la oscuridad siente un líquido caliente, es la sangre que corre por su cuerpo. Otros creyentes la auxilian, le dan refugio y la llevan a la antigua capital chiapaneca para que presente la denuncia ante las autoridades judiciales. La agresión dejó 21 municiones alojadas en el físico de Pashcu. A Domingo López Hernández, de diez años, lo decapitaron, su hermana de doce años quedó carbonizada dentro de la casa. Angelina de siete años salva la vida pero le destrozan uno de sus brazos a machetazos. La más pequeña, Ángela de cuatro años, perece con el cráneo partido a golpe de machete (López Hernández, 1993:18-20).

Un hecho que impactó fuertemente entre los indios evangélicos fue el brutal asesinato, en 1981, de uno de sus líderes históricos, Miguel Gómez Hernández. Sus primeros contactos con misioneros protestantes iniciaron en 1960. Poco a poco se fue interesando en el mensaje que le compartían y su conversión le dio un giro a su vida. En octubre de 1964 llevó a cabo la primera reunión evangélica en el paraje Vinictón, localizado cerca de la cabecera municipal de San Juan Chamula. Desde su juventud se le conoció por el apodo de Miguel Caxlán, por vestirse a la manera de los mestizos. Durante varios años estuvo al frente de las congregaciones evangélicas que se extendían por distintas partes del territorio chamula, enfrentando a los caciques y demandando justicia en las instancias gubernamentales para los expulsados. El 24 de julio de 1981, en la afueras de San Cristóbal de Las Casas, el dirigente fue secuestrado y llevado a San Juan Chamula. En este lugar “lo torturaron brutalmente, le quitaron el cuero cabelludo con un machete, le arrancaron la piel del rostro, le sacaron el ojo derecho y le arrancaron la lengua y la nariz. Después lo llevaron al paraje Milpitulá, cerca de Pajaltón. Lo metieron en el monte y allí murió ahorcado” ( Comunión , 1994:22). Su cortejo fúnebre asombró a la sociedad coleta, nadie recordaba haber visto antes un contingente formado por más de cinco mil personas acompañando el féretro.

En septiembre de 1998, en la comunidad Saltillo, municipio de Las Margaritas, diez familias indígenas tojolabales evangélicas son conminadas por sus coterráneos católicos a salir del poblado, quienes como advertencia destruyen parcialmente las casas de los protestantes. El portavoz de los afectados, Fernando Gómez, sintetiza el motivo principal de la agresión: “…nos quieren expulsar del poblado porque no compartimos la misma creencia religiosa”. Las advertencias y destrucción de viviendas fueron realizadas por militantes del Partido de la Revolución Democrática, a quienes no les importó que los amenazados también fueran miembros del mismo partido ( El Universal , 6 de septiembre, 1998, p. 12). En este caso, quienes se rehúsan a reconocer la disidencia religiosa como causa suficiente de expulsión, tendrían serios problemas para explicarla en términos de diferencias políticas, ya que ambos grupos militaban en el mismo partido y el elemento de conflicto es la opción religiosa de la minoría.

Los actos persecutorios contra los evangélicos por parte de organizaciones identificadas con la izquierda, como lo es la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos, cercana al PRD, continuaron y uno de los más cruentos tuvieron lugar el 23 de febrero del 2001, en Justo Sierra, Las Margaritas. En este día se cumplieron las reiteradas amenazas de gente vinculada a la CIOAC. Por negarse a cooperar con dinero y en especie para las fiestas patronales católicas, un grupo de adventistas y pentecostales tuvieron graves consecuencias. En voz de un pastor presbiteriano renovado de la zona y dirigente de la Organización de los Pueblos Evangélicos Tojolabales (OPET) “...se cansaron de golpearlos, los dejaron tirados medio muertos, les dieron patadas, bofetadas, los apalearon y pegaron con otros objetos que tomaron para atacar a nuestros hermanos. Nuestros hermanos venían con dolores en su cuerpo. Temían que los iban a matar de una vez. Amaneciendo llegaron a Comitán. Cuando llegaron me dio mucha tristeza porque estaban con la cara morada por la hinchazón. Sus ojos no se les veían, los tenían cerrados por los golpes. Como ocho de ellos fueron los muy golpeados, pero ocho resultaron con más lesiones” (Martínez García, 2001:5).

Con el temor de que las agresiones se intensificaran 130 personas buscaron refugio en la cabecera municipal. Estuvieron por varios meses allí, mientras el gobierno estatal negociaba condiciones seguras para el retorno y aplicaba acciones penales en contra de quienes perpetraron el ataque. Fuera por conveniencia política, por la presión gubernamental o por convencimiento propio, la CIOAC se comprometió a terminar con las persecuciones y sus candidatos a la presidencia de Las Margaritas y a la diputación estatal, por el distrito electoral correspondiente, tuvieron como uno de sus lemas de campaña para las elecciones del 7 de octubre del 2001 el respeto a la diversidad religiosa. Obtuvieron el triunfo y como muestra de su compromiso resultó con el nombramiento de delegado municipal de asuntos religiosos el pastor que meses atrás había defendido a los expulsados de Justo Sierra. De esta manera Antonio Alfaro pasó de perseguido a encargado de buscar formas para que la conflictividad por motivos religiosos se dirima en apego a las leyes.

Artículos anteriores de esta serie:
   1  Violencia en Chiapas  
   2  Chiapas: la calumnia como violencia  
   3  Chiapas: los indígenas protestantes, pioneros  

Carlos Mnez. Gª es sociólogo, escritor, e investigador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano.
(c) Carlos Mnez. Gª, ProtestanteDigital.com, España, 2005

 
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