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Número 70 - 27 de febrero 2005
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X. MANUEL SUÁREZ  
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¿Qué hay tras el voto europeo?

¿Qué votó Vd. en el reciente referendum de la Constitución europea? ¿O no votó? Sea cual sea su respuesta, quiero compartir con Vd. dos reflexiones y una propuesta final:

Como protestante, me preocupan dos cosas:

1. No me inquieta tanto que en el preámbulo de la Constitución europea no se reconociesen las bases cristianas de la cultura europea: me preocupa la persistente oposición activa a reconocerlas. Sus redactores desconocen la diferencia entre la separación Iglesia/estado y la separación ética/política; la primera es deseable, la segunda es un inaceptable engaño: eliminar la ética cristiana no dejará un vacío; éste será ocupado por una ética laicista que no renunciará a dar sustento a la política: mantendrá eficazmente esa relación ética/política, pero con valores que, en mi perspectiva, nos alejarán del tipo de democracia que hoy tenemos en Europa.

Las sociedades de cultura protestante resolvieron pronto la separación entre las instituciones de la Iglesia y el estado y por eso no tuvieron problema alguno en nutrirse de los principios éticos cristianos para desarrollar su sistema político: no tenían que pedir disculpas por ser cristianos para construir la democracia, antes bien se apoyaron en su ética religiosa para desarrollarla. Los protestantes, así, generamos sociedades democráticas laicas (no sujetas a la tutela de la institución de la Iglesia), pero no laicistas, sino fundamentadas en claros principios éticos cristianos. El sistema democrático europeo no sería posible sin estos principios éticos y, al revés, es difícil establecer la democracia en un país de cultura no cristiana (ahí está el caso de Turquía, que no consigue construir la democracia en una cultura islámica intentándolo desde la laicidad); y ciertamente me preocupa que una razón de esa oposición activa a reconocer el papel de los valores cristianos en la génesis de la sociedad europea, resida en una salvaguarda para facilitar la posible entrada de Turquía en la Unión Europea.

2. En segundo lugar, me preocupa la pérdida de control democrático sobre los órganos de poder de la Unión Europea: los protestantes siempre tuvimos claro el concepto de la corrupción integral del ser humano por el pecado, y por eso nos esforzamos por establecer mecanismos de control sobre quienes ejercen el poder, porque el poder, en manos de cualquier ser humano caído, tiende a extralimitarse: no es casualidad que fuesen precisamente los puritanos -los más sensibles a este concepto de los efectos integrales del pecado- quienes desarrollasen los más efectivos mecanismos de control democrático del poder político; es ésta una razón por la que la democracia es más profunda en países de cultura protestante. Pues bien, la Constitución europea traslada amplias cotas de poder desde las instituciones cercanas al ciudadano hacia organismos como el Consejo o la Comisión Europea, que están muy, muy de lejos sometidas al control popular, y en muchas de las decisiones de calado el Parlamento europeo es sólo "consultado". A los ciudadanos los centros de poder europeo se nos alejan no ya físicamente, sino funcionalmente, escapan más a nuestro control democrático. Es el camino contrario al que señala nuestra tradición ética y política protestante.

He querido ser muy respetuoso con mis lectores y por eso no escribí estas líneas antes del referendum, pero ahora que ya pasó, creo que es el momento de que tanto los evangélicos que votaron sí como los que votaron no o los que se abstuvieron, unamos nuestras fuerzas para : a) recuperar la pertinencia de los valores éticos cristianos en la construcción política de la Unión Europea b) reclamar un retorno del control democrático popular sobre el Consejo y la Comisión Europea y al mismo tiempo potenciar el papel controlador del Parlamento sobre el Ejecutivo.

X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego.
© X. M. Suárez, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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