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La inmemorial independencia de Vizcaya
En muchas ocasiones los pueblos, partiendo de un momento histórico irreal o mal interpretado, construyen las bases de su historia. En el caso vasco el hito es sin duda la inmemorial batalla contra el rey Alfonso III de León en el siglo IX, hecho desde el que Sabino Arana parte para justificar la independencia inmemorial de los vizcaínos.
Los tres palos donde se sustentan los fueros y el deseo independentista de las provincias vascas son una derrota, una concesión y una supuesta victoria.
La derrota de Vitoria en el año 1200 frente a Alfonso VIII, supuso la incorporación de Álava a la corona de Castilla. Dicha incorporación, obligada por las armas, fue más tarde justificada por los alaveses como una entrega voluntaria a Alfonso XI en el año 1332, debida a la carta de privilegio cedida por el rey.
El caso de Vizcaya es más significativo. El traspaso de la soberanía vizcaína de Navarra a Castilla está fielmente documentado, pero el cronista García de Salazar inventó una leyenda sobre la unión de Vizcaya a Castilla. En el año 1471, Salazar, apoyándose en una narración del siglo XIV, sin documentación que avalara dicha historia, afirma que Vizcaya había conservado siempre su independencia. La victoria de los vizcaínos sobre el ejército de Alfonso III de León en el siglo IX, les permitió permanecer independientes. La batalla se desarrollo, según estas crónicas, en Arrigorriaga, cuyo traducción es como piedras teñidas de rojo, rojo sangre se entiende.
Al final de la batalla, el pueblo libre de Vizcaya habría aclamado como señor a Jaun Zuria (supuesto nieto del rey de Escocia), que protegió y juró los derechos y libertades del pueblo.
Pero, si Vizcaya se mantuvo independiente, ¿Cuándo la sometieron los castellanos? La teoría nacionalista es que este hecho se produjo durante la jura del rey don Pedro en el siglo XIV, donde, supuestamente, el monarca confirmó las libertades y privilegios de los vizcaínos.
Gracias a esta interpretación de la historia, los vascos habrían sido una confederación de pueblos libres que, también libremente, se incorporaron a Castilla y que, según lógica nacionalista, libremente pueden separarse.
La singularidad vasca estaría refrendada en las palabras del lacayo vizcaíno, en el famoso libro Guzmán de Alfarache, novela de Mateo Alemán, cuando el criado describe el origen mítico de los vascos: descendientes de Noe, hijos de Tubal, que vino a repoblar España, trayendo consigo una forma de tocado femenino que seguían usando las mujeres vascas. Después el criado añade otras singularidades como: la pureza de la sangre vasca, que nunca se ha mezclado con otra, la resistentes a los invasores y la noble cuna o hidalguía de los vascos. Demostrada en la victoria frente a Alfonso III, libres desde entonces para elegir a sus señores y sometidos todos a los fueros, que sólo pueden ser modificados bajo el árbol de Guernica y de acuerdo con los vizcaínos.
La construcción de la historia vasca, además de indemostrable en su mayor parte, afirma una singularidad específica, de la que pueden hacer gala muchas otras zonas de la Península. El nacionalismo vasco, cargando las tintas en el privilegio, un axioma superado después de acabado el Antiguo Régimen, en el que los ciudadanos no eran iguales ante la ley, ostentando pretendidos privilegios de cuna, pierden de vista otro axioma más importante, el de la igualdad jurídica y el fin del privilegio después de la Revolución Francesa.
Próximo artículo: El País Vasco y la construcción de su nacionalismo.
Mario Escobar Golderos es licenciado y Diplomado en Estudios Avanzados (DEA) en Historia; así como director de la revista “Historia para el debate”
(c) M. Escobar, ProtestanteDigital.com (España, 2005)
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