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Zarandeados por Dios
Entre los jóvenes padres de este siglo, aparecen nuevas formas de educación hacia su prole. Formas en las que bajo ningún concepto se ha de mencionar el término castigo. Éste es tomado por lo general como una desafortunada acción que sólo puede crear en el niño/a un trauma de fatales consecuencias.
Estoy en contra del maltrato, de cualquier forma de agresión, más aún, no creo que proferir golpes pueda ser una correcta práctica de enseñanza. Sin embargo, si creo necesario ese azote a tiempo proporcionado por parte de padre o madre y que en ocasiones puede ser más efectivo que una palabra.
Recuerdo, en mi niñez, cuando mi padre, después de intentar una y mil veces que tanto mi hermano como yo nos mantuviésemos calmados en determinadas horas del día , acababa tomando su zapatilla y repartía entre ambos un par de azotes que conseguían que durante un tiempo mantuviésemos la paz. Las peleas en el sofá cesaban, los gritos se silenciaban y mientras nos duraba el picor en el trasero nuestras miradas eran cómplices.
Como último recurso, mi padre recurría a la zapatilla, y ante ella, tanto mi hermano como yo permanecíamos firmes, deseando que ésta no volviera a hacer su aparición en la sala de estar. Nunca nos crearon ningún tipo de trauma aquellos azotes; de hecho, se daban en momentos muy concretos, y sólo cuando las palabras no surgían efecto.
Ahora, está totalmente vedado tal proceder, hemos pasado de maneras durísimas de castigo por parte de progenitores en épocas pasadas, a un presente donde blandengues formas de educación ponen al niño en un trono y a los padres a merced de sus caprichos
Bienaventurado el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Job 5:17.
Al igual que Dios, como padre sublime y amoroso nos castiga, no hemos de suprimir ese sabio castigo hacia los hijos. No podría vivir sin las caricias de Dios, sin ese suave ungüento de amor derramado sobre mí, pero aunque me resulte doloroso, tampoco puedo prescindir de ese zarandeo que aporta tanto beneficio a mi vida.
Aprender una lección mediante la disciplina te hace ver la vida de una manera muy distinta. Compruebas cómo a través del sufrimiento has aprendido a sonsacar valores que antes permanecían ocultos.
El azote que Dios nos da, hace que nuestro orgullo permanezca inactivo, aportándonos más sensibilidad. Cuando Él me zarandea, muchas de las cosas sin sentido que existen en mi pierden su estabilidad y caen para no erguirse fácilmente. Siento que tras la disciplina, estoy más atenta a su voz, observando un presente en el cual deseo sembrar los valores aprendidos.
Sus azotes me devuelven las ganas por ser más suya, me estimulan para la batalla. Sus azotes me duelen, pero admito que gracias a ellos estoy aprendiendo a ser mejor persona. Quizá, a los niños y niñas de estos tiempos también les pueden beneficiar una reprimenda, unas palabras de prohibición , un zarandeo amoroso en el que les hagamos sentir que las cosas no han de ser siempre como a ellos/as se les antoja.
Puede, que con paciencia, amor y disciplina, logremos hacer de cada niño y niña del hoy, un gran hombre o mujer para el mañana.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |
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