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El paisaje interior
Vivimos en un mundo extraño y admirable, sumamente complejo. Y ha sido hecho de forma que no nos pase desapercibido; posee la medida de la belleza, de lo adecuado, de lo perfecto, y esto para que no divaguemos y nos distraigamos pensando que podíamos mejorarlo los hombres. Si así lo entendemos, su aspecto colmará nuestras expectativas estéticas, su complejidad despertará nuestro interés y ensanchará nuestra inteligencia, y su sencillez -sí, también esto- nos hará más reflexivos, y por ello, más sabios: asumiremos nuestra condición de debilidad y finitud.
En el pequeño, semi escondido parque urbano, la vida responde clamorosamente a la invitación del verano. Como burbujas doradas, miles de diminutas larvas de insectos suben a la soleada superficie del pequeño estanque para comer, y vuelven al fondo, y vuelven a subir, y así, en una eterna cadencia que tiene algo de hipnótico. Mientras, un escarabajo verde esmeralda se debate en el agua tratando de escapar a la muerte. Más abajo, en un prado, una ardilla roja sorprende, y maravilla, con sus correrías a los pocos visitantes que descansan sobre el césped, mientras que un sorprendido mirlo cesa de buscar lombrices hasta que no se aleje el roedor. Podíamos añadir, que los vencejos andan rasando la hierba cazando insectos, y -a veces- levantan un pétalo caído de las que fueron encendidas rosas (pasó junio...), o que las golondrinas compiten con las libélulas para llevarse el mejor insecto, mientras patos y cisnes nadan sin rumbo, indiferentes.
Parece que con nuestros sentidos lo captamos todo perfectamente y a un ciego le pasaría desapercibida una parte muy importante de todo esto pero, nosotros, sin embargo, no podemos captarlo con los matices y la complejidad que pueden ellos.
Tengo en mente al decir esto a Borges (lo tenía en mente ya en el comentario titulado "El paisaje en el alma"), quien me deslumbró cuando le descubrí como poeta. En el poema siguiente es fácil llevarse una sorpresa ya que el ambiente que contempla es más bien claustrofóbico y no el natural y luminoso que hemos descrito. Pero, lo comienza irónica y genialmente para concluirlo aparentemente, no con melancolía personal, sino compadeciendo, entristecido, al mundo.
Poema de los dones
A María Esther Vázquez
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos,
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra "azar", rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.
Sergio de Lis es crítico literario y parte de la Redaccción de la revista Edificación Cristiana. (De "El paisaje en el alma", publicado en el nº 210 de la revista Edificación Cristiana).
(c) S. de Lis, ProtestanteDigital.com, España, 2005
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