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Número 71 - 04 de marzo 2005
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El día se acerca (I)

La catástrofe que sacudió las costas del Océano Índico ya ha alcanzado la triste cota de ser el segundo seísmo más devastador desde que se comenzó a medir esta clase de fenómenos naturales y aunque a estas alturas parece que sucedió hace ya tiempo en realidad hace muy poco que ocurrió; lo que pasa es que estando acostumbrados a cabalgar a lomos de los medios de comunicación, cuya naturaleza necesariamente es efímera y puntual, ese acontecimiento ya ha sido desplazado a un segundo plano (o sea a la nada) por razón de la misma evolución de los acontecimientos en otras partes del mundo. Y es que la doctrina filosófica que enseñara Heráclito (c.500 a.C.) sobre la inestabilidad de las cosas, resumida en la frase: 'Todo existe en estado de continuo cambio', se podría aplicar al tratamiento que se da a los sucesos en los medios de comunicación, lo que explicaría el porqué las noticias, incluso las más terribles, duran tan poco tiempo como tales.

No obstante, si no fuera por los medios de comunicación no sabríamos prácticamente nada de lo que acontece en otros lugares del mundo, o ese conocimiento no sería inmediato como ahora lo es. Porque es gracias a dichos medios que nuestro planeta se ha convertido en una aldea global, de manera que lo que sucede en un rincón del mundo es instantáneamente conocido en la esquina opuesta.

Si lo que ha ocurrido ahora en el Océano Índico hubiera ocurrido hace 200 años ¿hubiera tenido la misma repercusión que ahora? La respuesta es un claro no, porque las noticias de ese acontecimiento no hubieran llegado a todas las partes, no habrían sido inmediatas y no habría habido imágenes de las mismas. Si la máxima de Descartes 'Pienso, luego existo' es ahora 'Salgo en la televisión, luego existo' ello significa que también las desgracias y tragedias que nos asolan lo son en tanto en cuanto son televisadas, de otra forma no tienen existencia real para nadie, exceptuando los protagonistas directos de las mismas. Por lo tanto es gracias a los medios por lo que podemos estar informados de lo que pasa, pero es por culpa de esos mismos medios que esa información dura lo que un relámpago en el devenir constante de las cosas.

Estamos recibiendo una información que cambia a velocidad de vértigo y ante la cual no hay tregua para rumiar ni sacar lecciones provechosas de las mismas, pues antes de que haya terminado la noticia ya hay otra que la desplaza del centro de atención. Nos ocurre lo que al espectador situado frente a la pantalla sobre la cual los fotogramas de la cámara de cine fueran proyectados a una velocidad 100 veces mayor que la normal; sencillamente su cerebro no sería capaz de asimilar esa vorágine de imágenes.

Y sin embargo hay algunas lecciones presentes en el tsunami que no debemos olvidar. Una sería la contingencia de las cosas humanas, incluso las más aparentes y magníficas que, en cuestión de minutos, quedan reducidas a la nada. Es lo mudable y pasajero de este mundo, algo que tenemos la tendencia a olvidar pero que vez tras vez se nos recuerda de manera dramática. Otra lección sería que el catastrofismo no es un cuento para asustar a los niños o a los ignorantes para mantenerlos en estado de perpetuo temor, sino una realidad que está más cercana de lo que nosotros pensamos. Es interesante que se ha acusado a los cristianos de ser patrocinadores del catastrofismo en su cosmovisión del mundo, pero ahora resulta que los hechos (y no hay nada más obstinado que los hechos, como dijera Lenin) dejan claro que el catastrofismo es algo más que una teoría de visionarios medio chalados. Las muchas películas que en las últimas décadas se vienen produciendo sobre alguna amenaza letal que se cierne sobre nuestro planeta, son catastrofistas en su naturaleza y posiblemente reflejan algo más que un temor colectivo inconsciente o que mera ciencia-ficción.

La Biblia también, en el pasaje abajo citado, anuncia una catástrofe no meramente terrestre sino cósmica, universal; pero a diferencia de la del tsunami y a diferencia de las exhibidas en las películas de Hollywood, esta catástrofe va asociada a una promesa, lo cual indica que los cristianos no somos catastrofistas per se sino en función de algo esperanzador y sublime que viene después. Esa catástrofe, y la promesa asociada a ella, tienen varias características:

    - Una catástrofe y una promesa anunciadas.
    - Una catástrofe y una promesa desafiadas.
    - Una catástrofe y una promesa verificadas.
    - Una catástrofe y una promesa ineludibles.

En el próximo artículo las desarrollaré.

'Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento, para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles; sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación. Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua; pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz..' ( 2 Pedro 3:1-14 )

Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España

 
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