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Y no ven a los hombres
Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas considerados como malos prójimos, porque no supieron mirar ni ver a las personas. Quizás, cegados por lo divino, no podían ver lo humano. O más que cegados por lo divino, se podría decir cegados por la religiosidad. La obsesión por la práctica del ritual también puede deshumanizar. Ese fue el caso del sacerdote y del levita de la Parábola del Buen Samaritano. Podrían ir hacia el ritual, pero no un ritual que les acercaba a Dios, sino que iban más bien a lo suyo. Firmes y decididos, pasaron de largo ante un grito de humanidad... no vieron al hombre.
Animados por el cumplimiento del ritual, no sintieron y, por tanto, no pudieron ser "movidos a misericordia" como nos dice la parábola. Y la historia de la parábola se repite: Cuántos hombres hoy triunfadores, gestores de diferentes políticas, con posibilidades económicas, con capacidad de pararse y fijarse en el hombre - pues el ser más amenazado de la creación con el 80% de la humanidad en pobreza - se encumbran y miran para otro lado. Les interesa más el ritual de la gestión económica o política que pararse a mirar al hombre.
Estamos en una época marcada por la valoración de los resultados positivos en la gestión , unos resultados que se miden por la eficacia técnica o económica. Y esto puede marcar incluso al hombre normal de la calle, al cristiano de a pie y a sus líderes. Miramos el ritual o la ética del cumplimiento religioso y dejamos a tantos hombres marginados y empobrecidos, como si estuvieran envueltos con alguna gasa gris que les deja en la oscuridad y les hace invisibles. No ven, o no quieren ver, las problemáticas humanas. Se pueden centrar en la alabanza o en la adoración, quedando de espaldas a las multitudes de humanos empobrecidos como ovejas sin pastor.
¡Qué lejos nos situamos, a veces, de la sensibilidad de Jesús! Atento a las multitudes desvalidas o hambrientas y pendiente de los colectivos que eran presa de la marginación o la exclusión. Jesús veía al hombre, a las multitudes desprotegidas y tenía compasión de ellos. Hoy, el hombre positivista, y mucho más si es triunfador en el sentido en que hoy se catalogan a los triunfadores, pues valoramos la riqueza y el poder como prestigio, tiene cierta incapacidad para sentir compasión, para ser movidos a misericordia. Son hombres que parecen que saben hacia donde caminan, con paso firme y sin vacilaciones: van hacia su prioridad. La práctica de su ritual de trabajo productivo, su ritual marcado por el rendimiento económico, el ritual de cultivar su imagen de triunfador... y no ven al hombre.
En la Parábola del Rico y Lázaro, el rico no se preocupó ni siquiera de echar fuera de su presencia a Lázaro , al igual que, estando en su mano, no se preocupó de restaurarle y rehabilitarle. No vio al hombre Lázaro en su necesidad, en su gran desventaja social. No sintió, no sufrió... no amó. Y al no sentir, ni sufrir, ni amar, su existencia era un simple vacío sin sentido. Todo era apariencias. Y al no sentir, ni sufrir, ni amar, ni ver al hombre, fue normal que tampoco viera a Dios y fuera separado de Él.
Y este ir cada uno a lo suyo, esta búsqueda del resultado positivo, de lo medible y palpable, del dinero y el poder, hace que al hombre actual le resulte muy difícil captar al Dios de Jesús, al Dios de la Biblia, las prioridades y los estilos de vida de Jesús. Y en los rituales religiosos en los que se involucra el hombre moderno, muchas veces se invoca al dios del ritual, al dios insensible, al dios metafísico, al dios abstracto o al dios abuelo e impotente de la teología de los teólogos de la muerte de Dios. Se pierde al Dios de la vida, al Dios que sufre con el hombre y quiere liberarlo, al Dios de la misericordia, al Dios que no puede pasar de largo ante el grito del marginado, como pasó con Jesús ante el grito de Bartimeo. Jesús se paró. Y no sólo se paró, sino que se interesó por él. Le curó, le rehabilitó y le salvó. Hizo con él una salvación integral.
Jesús no podía pasar de largo e impasible preocupado solamente de leyes abstractas del Reino o de cuestiones rituales . Jesús era lo antitético del hombre triunfador, impasible, frío y estirado, que va a lo suyo y que parece insensible ante el dolor del otro. Jesús siempre vio al hombre. Para él el colectivo de pobres y marginados no quedaba envuelto en un velo de niebla y oscuridad que tapase su urgencia y su dolor. Jesús veía al hombre, comenzando siempre desde los mínimos, los más pequeños, los más necesitados de liberación... y se presenta como el Dios del Evangelio a los pobres, a los escondidos, a los que todos quisieran que fueran invisibles... y los sacó al primer plano de la realidad, poniendo a los últimos como los primeros.
Y este es el Dios de los cristianos. Y si no tenemos el mismo sentir de Jesús frente al hombre, difícilmente vamos a poder comprender al Dios de la Biblia. Haremos un cristianismo frío, con corazón de triunfadores y con ojos ciegos ante lo que Jesús consideró como semejante al amor a Dios: el amor a los hombres. Fundamentalmente a los más débiles y oprimidos. Una fe viva y activa debería quitarnos esa venda que ciega y dejarnos a descubierto al hombre, al que hemos de ver en su necesidad y dejar que nuestras entrañas sean movidas a misericordia.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España. |
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