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Número 71 - 04 de marzo 2005
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LUIS MARIÁN
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Una vida de cine

A pesar del cansancio mediático de meses anteriores, tras la entrega del Oscar de Hollywood al Mar adentro de Alejandro Amenábar, la opinión pública española se ha volcado sin concesiones en la difusión preferente y abrumadora de esta noticia. Como ya se preveía en la americanizada gala de los premios Goya, la mayoría del cine español ha lanzado un torrente de felicitaciones al equipo de Amenábar por este cum laude a una tesis que se impuso a los otros candidatos a Mejor película de habla no inglesa.

No hace muchos días que veíamos en televisión el anuncio de conocidos actores españoles despreciando el cine estadounidense. En este spot aparece el típico niño americano jugando al béisbol y echando de menos la presencia de su padre entre el público asistente. Al tiempo que el chico se lamenta, Antonio Resines le increpa con algo así como: "¿Tú eres tonto chaval?. ¡Que esto es cine español!" y no americano. Lo curioso es observar como muchos de los que ahora celebran casi hasta la extenuación este reconocimiento de los yanquis a Mar Adentro se identifican con el rechazo a la mentalidad del cine estadounidense .

Otra paradoja del comportamiento humano, pero al revés, ocurrió cuando Javier Bardem estuvo nominado a la categoría de Mejor actor en los Oscar de 2001. Aquello era increíble, fantástico, un éxito que -según nos narraban la tele, radio y prensa- atestiguaba la inmensa calidad del actor español. Pero tras concedérsele el galardón final a Russell Crowe muchos de estos mismos medios comenzaron a desprestigiar los Oscar y a hablar de la mentalidad pobre de los americanos y del mediotimo que eran estos premios que, sólo un día antes, eran lo más grandioso del séptimo arte.

Y por no hablar de la recaudación en taquilla. Cuando una película española es vista por mucha gente, de inmediato se reconoce al público como el verdadero juez, la sabiduría popular que siempre tiene razón, la conexión entre director y público., etc. Términos que pueden desaparecer cuando las películas son norteamericanas.

La pregunta que surge de estos hechos es evidente: ¿Cómo se puede despreciar una concepción artística y luego llegar al éxtasis si esta misma gente reconoce tu trabajo? Esta contradicción de comportamiento pone de manifiesto que todos somos actores. En ocasiones afirmamos cosas sintiendo otras y, a veces, arremetemos contra aquello que sentimos admiración, envidia, respeto o hasta amor. Nadie codicia la condición de la estanquera de Vallecas o al maleante que se pasa los lunes al sol, pero ¿no es acaso típico el criticar a quien tiene más fama, éxito o poder que nosotros? A menudo nos duele no ser el personaje más valorado, no tener otra vida, otras respuestas, otras razones para despertarnos.

Que digamos lo contrario de lo que realmente pensamos se explica desde los miedos y anhelos más profundos y prohibidos de la psique, pues el miedo a no quedar fuera de la dictadura de lo políticamente correcto es latente.

Detrás de muchos ataques a la fe cristiana existe un escondido deseo de responder a Pilato cuando se preguntaba aquello de: "¿Qué es la verdad?". Con quien es indiferente es otra cosa, pero el antirreligioso que llega a ofendernos con la mala educación vive en una lucha, siendo éstos últimos quienes están más cerca del encuentro personal con Dios.

Cuando alguien trata de denostar mi fe sé que hay vida en quien confronta. Si a usted le pasa igual con alguna persona que conoce, hable con ella, pues quizás estén gimiendo ante la resignación de la ausencia de lo auténtico y trascendente. Pero quien consigue derribar la religión y el maldito prejuicio puede experimentar que Jesús abre los ojos, que la belle epoque anunciada para la otra vida comienza a amanecer cuando somos capaces de mudar nuestra cosmovisión diciéndole a Dios: "Te doy mis ojos". El camino del reino está hecho por carreteras secundarias y despreciadas en las que vamos con un Dios, el Dios que nos enseña a volver a empezar. Divinas palabras que ponen fin a nuestra patente contradicción. De cine.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III, y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España.

 
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