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Sembrador de vida
Llegaste a mi vida cuando el invierno azotaba con un agitado viento del norte. Viniste para hacer que la estéril tierra que circundaba mi corazón fuese terreno fértil donde sembrar tu amor. Con destreza, has conseguido que el pasar de los años logre teñir mi superficie con los colores de las flores, la hierba, los árboles. Hoy, al recordar nuestro primer encuentro, hallo la ingenua mirada de una niña conmovida ante una presencia tan insólita. La imagen desvaída de quien fui y de la que sólo recuerdo retazos.
Sé que viniste para regalarme vida. Sé que lo hiciste en el mejor y más apropiado momento, ni antes ni después.
Desde aquel instante hasta ahora, las agujas del reloj han dado demasiadas vueltas; la chiquilla que te conoció y amó, aún sigue amándote e intentando conocerte cada día un poco más.
La tierra que un día coronaste de vida, agradece tus cuidados, los mimos que prodigas en ella, la fidelidad de tu trabajo en beneficio suyo.
Has plantado demasiadas semillas a lo largo de estos años, y avergonzada admito que no siempre he dado la cosecha deseada, aún así, no me doblego ante la escasez de producción, pues con esfuerzo y tesón mi tierra parirá frutos que ofrendarte, llevados a tus pies en señal de gratitud por tu ardua dedicación.
Hoy una fina lluvia riega este suelo, salpicaduras de gozo que doblegan la sequedad a un hastiado segundo plano. Quiero dejarme empapar por el llanto del cielo y adormecer ante la llegada de la primavera, para despertar ante ella ornamentada con las flores más hermosas, con la vegetación más profusa, expandiendo aromas que lleguen hasta ti, Jesús, ataviados de humildad.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |