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Número 72 - 08 de marzo 2005
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JUan simarro
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Inmigrantes en España

Días de nervios para los inmigrantes en este periodo de regularización que se ha abierto. Con este artículo, quiero llevar mi recuerdo hacia ellos, hacia sus luchas, hacia sus problemáticas y hacia sus ilusiones. Me solidarizo con ellos, de verdad, desde esta ciudad abierta que es Madrid. No están aquí por gusto o por turismo.. Viajeros a la fuerza, transeúntes por necesidad. Las problemáticas de los dos tercios de la humanidad son tan fuertes con respecto al hambre, la falta de empleo, la violencia de las guerras, el deterioro medioambiental, la fuga de capitales, la fuerte presión de la deuda externa y otras crisis que afectan a casi el ochenta por ciento de la humanidad, que miles de millones de personas, que se ven sometidas a estas problemáticas, podrían verse lanzadas a la emigración de sus países en busca de posibilidades de vida más humanas y más dignas.

No obstante, y a pesar de las quejas que podamos tener por lo que consideramos una fuerte presencia de la inmigración en nuestras ciudades, la cantidad de personas que se deciden a emigrar y presionar nuestras fronteras, y las fronteras de los países del NORTE rico en general, es realmente poca. De los miles de millones de personas que tiene el mundo, según los datos que da la ONU, sólo algo más de doscientos millones componen el colectivo de personas que han emigrado de sus países, a los que hay que sumar algo más de cincuenta millones de refugiados y desplazados . En cuanto a España, los últimos datos son que los inmigrantes suman ya tres millones y medio, o sea, el 8% de la población de nuestro país que cuenta ya con 43.700.000 habitantes. De esos tres millones y medio, alrededor de un millón y medio serían ilegales. Cuestión que, si es verdad, sobrepasa las cifras manejadas para el periodo de regularización que se calculaba que como máximo serían unos ochocientos mil ilegales que se podrían regularizar.

En Madrid, donde tantas personas se quejan del fenómeno migratorio que nos afecta, los extracomunitarios no son tantos. Unos cuantos cientos de miles que, como máximo, no sobrepasarán el medio millón. Y eso que es la comunidad autónoma que más inmigrantes tiene junto con Cataluña. El hecho de que se dejen notar tanto por las calles, las plazas, el metro y los parques, es porque tienen una cultura de “ágora”, de calle, de parque y de plaza, muy superior a los habitantes de Madrid. Y aquí están luchando en nuestro país que ya se va acercando a las cifras de otros países de Europa que no hace mucho nos superaban con creces.

Pero para los españoles que se quejan de la presencia de estos inmigrantes que huyen del hambre o de la violencia, debemos saber que nuestros compatriotas que hoy residen fuera de España pueden ser tantos como el de extranjeros extracomunitarios, residentes en nuestro país , y no olvidemos la emigración que España tuvo en las décadas de los sesenta y de los setenta. Por otra parte, España ha sido hasta ahora uno de los países de Europa y de todo el NORTE rico, que menos número de inmigrantes tiene. Por tanto, no somos los más cualificados moralmente para quejarnos de la presencia de los inmigrantes en nuestro país.

Desde las Iglesias Evangélicas podemos ver la inmigración en dos vertientes:
a) Como una oportunidad de servicio y de ayuda a la integración de las personas
, cumpliendo así con la misión diacónica de la Iglesia. La Iglesia Evangélica puede salir revitalizada en su compromiso y ser un ejemplo de obra social evangelizadora ante la sociedad. En la inmigración que viene de América, se puede notar una fuerte feminización de la inmigración, lo que puede solicitar de la Iglesia la creación de programas de ayuda a la mujer inmigrante, la mayoría ubicada en el servicio doméstico, aunque hay que tener en cuenta que muchos miles de inmigrantes se dedican al mundo de la prostitución. Hay que felicitar a las misiones, organizaciones e iglesias sensibles a la problemática de la prostitución.
b) Muchas Iglesias Evangélicas se pueden sentir revitalizadas con el incremento de inmigrantes que provienen de otras Iglesias Evangélicas de sus países de origen, fundamentalmente de Latinoamérica . Puede ser un enriquecimiento mutuo tanto cultural como desde el punto de vista espiritual. Aunque muchos latinoamericanos notan cierta frialdad en los servicios de culto de las Iglesias Evangélicas de España, poco a poco acaban integrándose y siendo ejemplo de una vivencia fuerte y seria del Evangelio.

Ojalá que las fuertes recomendaciones bíblicas que se dan, enfocadas a la ayuda al extranjero, nos sirvan para poder ejercer nuestros deberes ineludibles de projimidad para con ellos. También el recuerdo del Jesús migrante y refugiado, que tuvo que huir del fantasma de la muerte que le quería dar Herodes, en brazos de su madre, en plena noche hacia Egipto, teniendo que permanecer allí hasta la muerte del sanguinario rey, nos debe motivar al sentir que nuestro Maestro debe tener para con todos los inmigrantes, sean éstos refugiados que huyen con el fantasma de la muerte pegado a los talones, o que lo que llevan detrás sea el fantasma del hambre agarrado a sus estómagos vacíos o subalimentados... la solidaridad con ellos es nuestra responsabilidad como seguidores del Maestro. Oremos por los inmigrantes en esta época de regularización.

Y, quizás, más que de inmigrantes, deberíamos hablar de nuevos ciudadanos.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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