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Número 73 - 18 de marzo 2005
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yolanda tamayo
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Lágrimas equivocadas

Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro ¡Pobre María! que desilusión al ver la piedra quitada¿Olvidó las promesas que Jesús había hecho mientras estaba aún estaba con ellos? o ¿simplemente no había entendido las palabras del maestro?

Lo cierto es que aquella mujer que había experimentado la liberación de su cuerpo esclavizado por siete demonios se hallaba envuelta en lágrimas, desconsolada ante la pérdida de Jesús.

Y vio dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados, el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: porque se han llevado a mi Señor, y no sé donde le han puesto.

Incrédula, aún pensaba que el cuerpo de su señor había sido robado, y neciamente lloraba la ausencia física de lo último que quedaba de aquel gran hombre.

Jesús le dijo: mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

Aferrada a la idea del robo, cegada por el dolor, no distinguió la voz de Jesús, seguía amedrentada, pidiendo un cuerpo al que rendir un último homenaje.

Jesús le dijo: ¡María! volviéndose ella, le dijo, ¡Raboni!

Al oír su nombre, comprendió por fin que aquel que le hablaba era el maestro, ese Jesús que tan ansiosamente buscaba.

¡María!

El corazón le saltaría de contento ante la súbita presencia de su Señor. El cilicio en el que estaba sumida se transformaría en gozo, pasando del entristecido luto al júbilo. Entendiendo, que él siempre había estado ahí, cerca de ella, atisbando aquellas lágrimas sin sentido, aquel llanto equivocado.

Cuántas veces vertemos nuestras lágrimas en una ociosa búsqueda de aquello que está tan cerca de nosotros, y pese a saber la grandeza de Dios en nuestras vidas, nos enrolamos en tristes historias donde omitimos su presencia y derramamos nuestro llanto ante la ausencia del Maestro. Sólo cuando oímos nuestro nombre nos ocurre como a María, somos conscientes de que en realidad él siempre ha estado ahí, y que la tumba ha quedado vacía

Juan 20:10-18.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España

 
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