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Número 75 - 29 de marzo 2005
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JUan simarro
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No racionalizar la injusticia

La lectura de la Biblia se puede hacer desde distintos posicionamientos. No es lo mismo leer la Biblia en clave de mujer, asombrándose del patriarcalismo bíblico y buscando las vertientes de dignificación de la mujer, que leerla desde las claves de una sociedad en donde los hombres aún tienen prioridad y preeminencia en cargos sociales, políticos, eclesiales y económicos. Pero lo mismo sucede cuando se lee la Biblia desde los colectivos integrados en las sociedades ricas, o se lee desde los campos de marginación, desde los pobres y los excluidos. No es lo mismo repetir: "el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy" desde la perspectiva del que tiene el estómago lleno y su problema es el querer adelgazar, que decirlo desde una situación de pobreza.

No es lo mismo decir: " Bienaventurados vosotros los pobres" como dice la bienaventuranza de Lucas, a decir: "Bienaventurados los pobres en espíritu" como dice Mateo. Porque el integrado en la sociedad rica, y máxime si es uno de los acumuladores de este mundo, se va a quedar con el concepto "pobres en espíritu", mientras que la lectura de Lucas con su " bienaventurados vosotros los pobres" , leída y repetida en un foco de pobreza, tendría una relevancia y una contundencia muy especial.

Pero la importancia de todo esto, no queda sólo en la anécdota de ver cómo en la Biblia tenemos algunas opciones a las que acogernos según las situaciones sociales determinadas, sino que, el gran problema está cuando el mensaje social de la Biblia, la condena de los opresores y acumuladores, la búsqueda de la lucha por la justicia social, la defensa de los colectivos marginados representados en la Biblia por los huérfanos, las viudas y los extranjeros, se espiritualiza y podemos vivir tranquilamente como opresores, insolidarios y de espaldas al dolor de los hombres, racionalizando la injusticia y viviendo en ella mientras alabamos a Dios , un Dios que en estos casos no escucha ni responde. En los caos de racionalización de la injusticia y de espiritualización de los términos pobre u oprimido, quedando envueltos en alabanzas y de espaldas a estas problemáticas, se da el silencio de Dios. Esto se ve muy bien en los textos proféticos.

Las iglesias cristianas hoy pueden estar llenas de personas, o al menos contar con muchas de ellas, que racionalizan la injusticia, que tienen una situación económica a expensas de los sectores empobrecidos y que están culpando a las víctimas de la pobreza como gente vaga que no se adaptan a la competitividad del sistema . Así, por ejemplo, sociedades cristianas del primer mundo o del norte rico, que usan a los inmigrantes como mano de obra barata, inmigrantes que crean beneficios a las empresas y generan riqueza en las sociedades de acogida, pueden tener individuos sumamente religiosos, llamados cristianos y que se confiesan como tal, que consideran a los inmigrantes como un problema social, una carga para nuestros gastos sanitarios, educativos y de políticas sociales, o que vienen a quitarnos el trabajo. Esto es simplemente racionalizar la injusticia, comportarse como si no existiera lo injusto, y vivir no dándose cuenta de que nuestro beneficio y bienestar económico está montado en la escasez de salario y en el sudor de estas personas.

Aceptamos la injusticia como normal e incluso culpamos a las propias víctimas. Somos, así, cómplices de las estructuras opresoras, a la vez que lo aceptamos con normalidad y seguimos regocijándonos en las alabanzas a Dios. Nos faltaría hoy la voz profética, a voz en cuello y como de trompeta, para que veamos que muchos de los silencios de Dios a nuestras peticiones y la falta de autenticidad del Evangelio en nuestras vidas, pueden depender de que actuemos como gente que hubiera hecho justicia, como ocurría con muchos religiosos en los tiempos proféticos.

En una sociedad montada sobre el éxito de los más fuertes, podremos pensar que nuestro bienestar depende que hemos trabajado mucho o de que Dios nos ha bendecido, y raramente pensamos que hay otros trabajadores pobres, inmigrantes o del mundo empobrecido que, quizás trabajando más que nosotros, apenas pueden dar de comer a sus hijos . Que nos ponemos zapatillas de marca y comemos productos agrícolas baratos, debido a que muchos otros trabajan en condiciones de salarios de miseria, incluyendo en muchos casos a los niños trabajadores. Haría falta una reflexión cristiana en torno a estas temáticas, pues no siempre el bienestar de que disfrutamos es un regalo de Dios, una prosperidad que Dios concede a algunos de sus hijos en el mundo rico... mientras hay tantos cristianos sumidos en la pobreza. No hay que racionalizar la injusticia y pensar que Dios sólo bendice a un grupo de ricos muy ricos en el mundo, cuando claramente se ve que esos ricos muy ricos son los causantes de que existan tantos pobres muy pobres, pues cada vez hay más separación entre ricos muy ricos y pobres muy pobres.

Quizás los creyentes deberíamos compensar nuestra evangelización verbalizada basada en términos espirituales de vida espiritual abundante en términos metahistóricos, con una evangelización que se fijara también, de una forma clara en la declaración programática de Jesús, cuando citando a Isaías comenzó diciendo que el Espíritu del Señor estaba sobre él, en introdujo en su programa el recuerdo de los oprimidos, de los pobres, de los quebrantados y de los injustamente tratados. Debemos tratar lo espiritual como espiritual y lo que afecta a la justicia social no espiritualizarlo. Porque de lo contrario, estaremos racionalizando la injusticia... y sólo tendremos el silencio de Dios.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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