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Número 75 - 01 de abril 2005
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JUAN ANTONIO MONROY
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La murmuración, problema eterno

"Con cada palabra muere una reputación" decía el escritor inglés Alexander Pope, indignado ante las calumnias del crítico John Dennis, quien murmuraba del célebre poeta todo cuanto podía y dónde podía. Nunca se han descrito tan bien y con tan pocas letras los perjuicios de la murmuración.

Murmurar, es decir, hablar de un ausente en perjuicio suyo, censurando sus acciones, negando sus virtudes o simplemente aumentando sus defectos, es tan antiguo como la vida misma. Nadie más que Dios puede dar vida, color y perfume a las flores; pero el murmurador, en un instante, con sólo el poder de su lengua, las hace pedazos y las arroja al polvo.

Y esto ha sido así siempre; desde el nacimiento de la primera flor; desde la aparición de la primera nube en el firmamento de Dios; desde el murmullo del primer soplo de viento y de la primera gota de agua; desde el brote inicial de la vida humana, porque la murmuración es vida y la vida supone murmuración. Aunque la lámpara de nuestra dignidad tiemble vergonzosa y débil ante el viento huracanado de la murmuración, nada se puede hacer por evitarla. Estamos destinados a vivir y también lo estamos a murmurar y a ser murmurados. Por mucho que nos duela.

Hasta donde alcanza mi conocimiento, la murmuración tiene un origen bíblico, religioso . Tal vez por esto las personas más religiosas, son las más murmuradoras. En el paraíso de Dios, entre la poesía y la canción, entre la flor y la fruta, surgió la murmuración. El Diablo, metamorfoseado en serpiente, murmura a espaldas de Dios. Eva, virgen de cuerpo y de culpa, abre su blanco corazón a las insinuaciones del primer murmurador. Luego interviene Adán y la murmuración rompe los diques de la inocencia. Después, contaminado el pueblo judío, concretiza su desilusión y su falta de confianza en una prolongada murmuración a través del desierto. Esta murmuración del judío descontento de todo y de todos tiene amplia repercusión en los Salmos y en el Nuevo Testamento, especialmente en los escritos de Pablo, quien termina aconsejando: " Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor" (1ª Corintios 10:10).

Quizás por tener ese origen religioso que he señalado, la murmuración es uno de los grandes azotes en las iglesias locales . Nuestras iglesias, formadas por personas procedentes de distintos estamentos de la sociedad, productos de culturas, de educación y de sistema de vida desiguales, constituidas en comunidades donde sus miembros se conocen, se ven y se tratan a diario, se convierten, muchas veces, en auténticos nidos de murmuración. Parece ser que la nueva criatura en Cristo, que se supone sea el distintivo común, no alcanza a romper con ese vicio nefasto y dañino que es la murmuración.

Hurgando en mi baúl de los recuerdos, el primer desencanto en este sentido lo tuve días después de mi bautismo, con motivo de celebrarse la primera reunión de iglesia a la que asistí. Un año más tarde, metido ya en tareas de responsabilidad en las Islas Canarias, el tema de la murmuración en la Iglesia cobró en mí preocupación dominante. En Canarias estuve desde los 21 a los 24 años. Durante aquella época comencé a escribir cuatro libros. Sólo terminé y publiqué uno de ellos, EL PODER DEL EVANGELIO. Los otros tres eran una novela y dos ensayos. La novela, LÁGRIMAS DE UNA MORA, anda por algún lugar de mi despacho a medio escribir. De los ensayos, escribí tres capítulos de uno, CRISTIANISMO E ISLAM, y bosquejé el temario del segundo, al que puse por título LOS PERJUICIOS DE LA MURMURACIÓN. De este libro hablé con Matilde Tarquis, quien revisó el original de EL PODER DEL EVANGELIO antes de entregarlo a la imprenta. Matilde me animó, me dijo que hacia falta un libro semejante, que ella me ayudaría, etc. Pero mi proyecto quedó sólo en eso. Dejé Canarias, regresé a Marruecos, me entregué a otras tareas periodísticas y editoriales y LOS PERJUICIOS DE LA MURMURACIÓN quedó en una carpeta azul que aún conservo en el armario donde guardo apuntes para libros y capítulos de otros empezados.

Aquellos años de Canarias andan ya lejos. Mi sangre circula ahora más serena y mi corazón empieza a notar los síntomas del cansancio, como las nubes que duermen tras los montes sombríos. Pero mi vida, en la que han crecido algunas flores y muchas espinas, está más madura que entonces y sabe más -porque ha sufrido más- sobre el tema de la murmuración en la Iglesia . Si emprendiera la tarea hoy me saldría un libro distinto. Sin acritud, sin quejas ni condenaciones, sin anatemas y sin reproches. Un libro doloroso, sí, un libro que recogiera en sus páginas el lamento y la tristeza por este rasgo negativo de la condición humana. Pero también un libro que llegara al corazón como la suave melodía del arpa. Como me gustaría que fuera este artículo, al que seguirán otros sobre el mismo tema.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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