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Juan Pablo II y G. Bush
"El papa Juan Pablo II dejó el trono de S. Pedro de la misma manera que ascendió a él". No son las palabras de ningún cardenal, sino las del evangélico George Bush; me parece una muestra de llamativa ignorancia, por mucho que lo diga mi hermano. El único trono con autoridad absoluta que reconoce la Palabra de Dios es el trono de Dios, ante el que todos -tú y yo y Carol Wojtyla- somos igual de indignos y ante el que nos podemos acercar todos por igual a través de Jesús sólo, no de ningún otro vicario. Levantar otro trono es intentar bajar del trono a Jesús, como nos recuerda Bach en una de sus cantatas.
Hablar del trono de S. Pedro como algo especial supone ignorar las palabras de Jesús, que cuando prometió tronos lo hizo a los doce por igual (Mt 19.28) y ofreció a todos los creyentes por igual sentarse con Él en Su trono (Apo 3.21). La sincera simpatía que sentimos los protestantes hacia el dolor actual de nuestros amigos católicos no puede apoyarse en la falta de sinceridad en nuestras manifestaciones .
Todo hombre merece mi respeto, y especialmente cuando se presenta ante la muerte. Respeto profundamente en estos momentos el dolor de los católicos por la muerte de su líder , como respeto el valor afectivo y de autoridad espiritual que tiene para un musulmán su ayatolah o para un judío su gran rabino. Pero la mejor forma de respetar a alguien que muere es ponderarlo con equidad. Comprendo que en momentos tan emotivos se tienda a idealizar la imagen de quien se fue (y lo puedo entender especialmente en mis amigos católicos para quienes, por dogma, Juan Pablo II tenía que estar dotado de infalibilidad), pero creo que en el fondo esta idealización es poco respetuosa con él.
Me alegro así de coincidir con Carol Wojtyla en su postura ante el aborto o la homosexualidad -campos, por cierto, de posible colaboración leal con los demás católicos-, pero sería irrespetuoso hacia él tapar su humanidad caída. Si amásemos de verdad a Carol Wojtyla, no le ponderaríamos sin realismo, le valoraríamos como fue, un hombre limitado e imperfecto, necesitado igual que tú y que yo de la salvación de Jesús; no vale de nada convertir su vida en una hagiografía, porque quien finalmente le está juzgando ya ahora no es ninguno de nosotros, sino Dios , ante quien todos, todos pecamos y estamos apartados de Su gloria, y ante quien podemos acercarnos confiadamente a través de Jesús.
Un ejemplo de la irreflexiva glorificación de Carol Wojtyla lo tenemos en el episodio, tantas veces recordado en estos días, de su perdón a Alí Agca, quien intentó asesinarle; ¿es que nadie recuerda que fue Wojtyla quien pidió reunirse con él y hacerlo a solas? pudimos ver las imágenes de su conversación, pero no se nos permitió escucharles; pero ¿nadie recuerda ya que una persona que reconoce palabras por el movimiento de los labios pudo transcribir a partir esas imágenes parte de aquella conversación? Y en aquella descubierta conversación, supimos que el papa insistió en preguntarle: "¿quién te envió a matarme?"; es algo perfectamente comprensible, y seguramente no condenable, pero es algo que muestra la limitada humanidad del papa, desde luego no tan sublime como la quieren presentar en estos días.
"En el diálogo ecuménico los protestantes tenéis un problema: el papa", me dijeron en una ocasión unos queridos amigos católicos. "¿Problema? Ninguno" , les dije, "si se reconoce pecador y cree por la fe en el sacrificio único y suficiente de Jesús por él, el papa será mi hermano". Pero será mi hermano, no el vicario de Dios ante mí, porque el único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo (1 Tim 2.5). De verdad que me encantaría, me haría muy feliz saber que Carol Wojtyla lo hubiese entendido antes de pasar a presentarse ante Dios: sería mi hermano, sería salvo.
X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego.
© X. M. Suárez, ProtestanteDigital.com, 2005 (España) |