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“Algazara de voces nuevas”
El tema de la Guerra Civil española es tan recurrente para escritores, editoriales y medios de difusión como compleja la contienda en sí y las circunstancias que la originaron, en las que se desarrolló y las que se derivaron de ella.
Todo esto a colación de que, por fin, me puse a leer “Soldados de Salamina” (porque rechazo esa guerra y todas las demás guerras), y en él se cita a algunos poetas del 98, a Antonio Machado entre ellos y su huída a Francia y esos versos encontrados en un bolsillo tras su muerte:
Estos días azules
y este sol de la infancia.
Infancia como la patria del hombre -según la han calificado-, pero la que el niño no alcanza todavía a conocer. Para Machado, eran el cielo azul y aquel sol. Y años después, para hablar de su infancia (“Retrato”), emplea sucintamente dos versos: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”, escribe escuetamente de sus primeros ocho años en Sevilla, o sea, un cielo azul y el sol. Después, se traslada con su familia a vivir a Madrid.
Allí, empieza ya a ser el hombre sensible, tolerante, el maestro émulo de D. Francisco Giner de los Ríos (“Los párvulos aguardábamos jugando en el jardín, al maestro querido. Cuando aparecía D. Francisco corríamos a él con infantil algazara y lo llevábamos en volandas hasta la puerta de la clase”); y dedicará no pocos versos a los niños, haciéndolo con cariño, y seguramente, con envidia. Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas...!
(De “La plaza y los naranjos encendidos”)
LA ARBOLEDA AÑORADA
Marcado por la guerra como Machado, aunque no tan trágicamente, Rafael Alberti escribió “La arboleda perdida” , una prosa, cuando es más reconocido como poeta. Es quizá el trabajo que más me agrada de su producción, seguramente por lo sencilla, pero deliciosamente que está narrada, sobre todo, su infancia. Niño de familia burguesa, no le aquejaron estrecheces ni otras penas infantiles, sino que gozó de atenciones, educación y, sobre todo, de libertad; educado en colegios religiosos -en los que hacía frecuentes novillos o rabonas-, en una población pequeña, como era El Puerto de Santa María (Cádiz) y absorbiendo la cultura popular, tan rica en Andalucía, Rafael creció feliz.
Las hermanas carmelitas,
con delantales azules,
se parecen a los cielos
cuando se quitan las nubes.
Ésta y otras canciones resonaban en aquel primer colegio. “De muchos azules está llena y hecha mi infancia... Mas ya los repetí, hasta perder la voz, en las canciones de mis primeros libros. Pero ahora se me resucitan, bañándome de nuevo. Entre aquellos azules de delantales, blusas marineras, cielos, río, bahía, isla, barcas, aires, abrí los ojos y aprendí a leer”.
Una vez nonagenario, “según se va adentrando” -expresión que usa Alberti para “hacerse mayor”- y, lo que es significativo de la añoranza de su niñez, “haciéndose cada vez más chico”, está a punto de volver a la arboleda, “y tumbarse bajo retamas blancas y amarillas a recordar, a ser ya todo yo la total arboleda perdida de mi sangre”.
La infancia -antes- era un cielo azul y un sol, el colegio y las canciones. Era, quizá esencialmente, libertad.
Sergio de Lis es crítico literario y parte de la Redaccción de la revista Edificación Cristiana. (De “Mi infancia son recuerdos...”, publicado en el nº 189 de la revista Edificación Cristiana).
(c) S. de Lis, ProtestanteDigital.com, España, 2005 |
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