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Número 77 - 12 de abril 2005
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JUan simarro
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Elfriede Fliedner, misionera integral

Ha muerto Elfriede Fliedner. Como muchos la llamábamos, Dª Elfriede. Mi vida ha estado vinculada a la obra que ella dirigió: La Fundación Fliedner y, fundamentalmente, al Colegio El Porvenir. Pero no es ahora tiempo de hablar de cuestiones que me atañen a mí, sino de las que atañen a Dª Elfriede, a su obra y a su familia, pues tanto ella, como su esposo D. Teodoro, como su padre y su abuelo, son ejemplo de lo que yo llamaría misioneros integrales... aunque nunca ellos se llamaron misioneros.

Hoy tenemos muchos misioneros en España. Muchos más que cuando ellos iniciaron su andadura misionera hace más de un siglo, pero creo que el concepto de misionero que actualmente se tiene, dista mucho del modelo que ellos trajeron y por el que trabajaron. Ellos, los Fliedner, vinieron a España como misioneros que, entre el equipaje, portaban también, simbólicamente hablando, un complemento especial de equipaje: el ataúd. Y aquí se han quedado en él.

Pero no es esta la única diferencia con muchos misioneros actuales, pues todavía existe algún que otro misionero que se quedará junto a su ataúd en España. Había otras diferencias muy esenciales. Mientras que la mayoría de los misioneros hoy vienen mentalizados unidireccionalmente hacia la verbalización de la Palabra, que no critico, y a la “plantación” de Iglesias, tarea loable, ellos, junto a estos objetivos traían otros en relación con la acción social, la enseñanza y la dignificación de las personas en sus situaciones de dificultad social concretas en su aquí y su ahora.

Así, junto a los objetivos de fundar iglesias, formación pastoral a través del Seminario, puntos de Misión que salían del ámbito de Madrid, como en el caso del pueblo manchego de Camuñas, se preocuparon por la enseñanza, la acción social, la promoción cultural, promoción de la literatura evangélica y la literatura en general – de ahí la librería Calatrava –, el cuidado de la infancia, la formación de profesores, pastores y profesionales en todas las áreas e intelectuales. Es decir, que junto a la difusión del Evangelio, el culto, la lectura de la Biblia, la adoración y el canto, que nos relacionan con Dios en una especie de verticalidad, también supieron captar la horizontalidad del Evangelio en el área de la projimidad.

De ahí que su concepto de Misión, aunque nunca se llamaron misioneros, era más integral que la de muchos misioneros de nuestros días en España, que no captan bien las dinámicas de projimidad, de ayuda práctica, tanto cultural como social, de lucha por la dignificación de las personas invirtiendo en educación y en acción social, de preocupación por las estructuras socioeconómicas y culturales del país, quedándose muy limitados en su actuación como misioneros.

Todavía se pueden encontrar misioneros que pueden decir frases como ésta: “Yo he venido a España para evangelizar, no para hacer obra social”, cortando así una de las dinámicas del Evangelio, mutilándolo en su horizontalidad de dignificación de las personas, pasando de largo inmisericordemente al lado de los apaleados y dejados al lado del camino, como hizo el sacerdote de la parábola del Buen Samaritano. Pero tampoco aquí debemos generalizar, ya que, al igual que hay otros misioneros que vienen con su ataúd, también los hay que captan la integralidad de la Misión. Por eso que no se sientan aludidos todos los misioneros en España. Lo único que aquí queremos asentar es que la Familia Fliedner en general, y Dª Elfriede en particular, captaron muy bien esa integralidad del mensaje y de la acción misionera y sabían que, como misioneros atraídos por un país al que amaban, deberían portar también el ataúd como parte imprescindible de su equipaje. Porque, en cierta manera, los Fliedner fueron misioneros que dieron su vida por amor a su concepto de misión en España.

Por eso, Dª Elfriede lo mismo servía cazos de sopa a los niños, que les enseñaba un salmo o hacía una oración con ellos. O si se quiere, a los mismos niños que servía la sopa, les enseñaba, les procuraba alimentos, les regalaba una Biblia, cantaba himnos con ellos, les procuraba medicinas, ropa, libros y, en muchos casos, les cuidaba con sus propias manos. Era un concepto de entrega total que se correspondía con su concepto de misión integral, de servicio completo, de poner en relación de semejanza el amor a Dios y el amor al prójimo...

Y ese es el auténtico concepto de Misión, más aún, la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana. Gracias Dª Elfriede por tu vida, por tus manos y por tu voz, por haber captado el Evangelio integral. Y gracias también a todos los misioneros que hay en España que caminan por las mismas sendas. Las sendas de una fe que actúa a través del amor, sendas integrales... sendas de justicia que van más allá de la verbalización de la palabra. Gracias, Elfriede, por el modelo que nos has dejado, tan cercano al modelo perfecto: Jesús mismo. Gracias por el modelo que has sido para mí.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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