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El dios "Fardón"
El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, andaba estos días visitando las faraónicas obras de la carretera M-30. Durante el desplazamiento, la comitiva se fijó en un grupo de escavadores junto a las obras: ¿Qué pasa allí? -espetó el alcalde-. Son el equipo de arqueólogos, le responden. Y hacia allí que se fueron.
Con la intención de establecer un amable contacto con los arqueólogos, Gallardón les pregunta: ¿Han encontrado algo?, a lo que una voz responde: Sí, unos interesantes restos de Bos primigenium. ¿Y eso qué es? –contesta el alcalde-, “ pues como su propio nombre indica, es un toro antiguo ” concluye una arqueóloga. ¡Cómo su propio nombre indica!
Elucubrando, yo me imagino que nadie de la comitiva del ayuntamiento debió tener ni la menor idea sobre que narices era un Bos primigenium. Pero quizás la agresiva respuesta de la arqueóloga, como dando por obvio que se trataba de una cuestión de cultura general, pudo haber intimidado hasta hacer simular a alguno que, por supuesto, diría saber desde el principio que significaba aquello. No hubiera sido raro, pues ocurre en multitud de conversaciones.
En un mundo gobernado por Fardón , dios de la apariencia y la superficialidad, los creyentes no permanecemos al margen de su seductor y pornográfico influjo. En la actual dictadura de muchas cosas, ese ser ancestral que amedrenta con azotes de baja autoestima y alaridos de vacío se sabe como una de las principales amenazas del creyente y del humano en general.
Este mundo, además de dividirse entre guapos y feos o ricos y pobres, también se desgaja entre listos y tontos, y si usted se fija, verá que no es difícil que cuando alguien pone a prueba el bagaje intelectual de los contertulios del momento, no falta quien trata de aparentar un mayor conocimiento del que en verdad posee. Que esto lo haga un cristiano, como lo he hecho yo alguna vez, es simplemente patético.
Sobre las áreas a las que más les quedan por ser perfeccionadas por Cristo planea la sombra de esta deidad malévola que insiste en arrebatarnos libertad. Como en el juego en el que dos bandos tiran de la misma cuerda para traspasar la línea divisoria trazada en el suelo, el mundo y el diablo se unen para intentar hacernos retroceder en el proceso de restauración que Jesús va realizando cada día. Y como nosotros somos los que decidimos que bando va a tirar más fuerte, nos puede ocurrir como a los bobalicones de la Gran Vía, pues a menudo somos timados por el toco mocho y empezamos a perder dignidad por meternos a jugar a ser dignos, por querer que los demás vean cosas que no somos y arrodillamos ante estos dioses sabedores de que las apariencias engañan… al aparentador.
Lo que se compró en la Cruz del Gólgota hace dos milenios es de un valor todavía incalculable para mentes finitas como las nuestras. Los cuantiosos Universos posibles de lo que nos habla Stephen Hawking fueron expuestos a esta cura de humildad con epicentro en monte Calvario. Jesús dio un puntapié a aquellos perversos pensamientos de irrealidad carnal para mostrarnos quienes somos para él y para nosotros mismos, por lo que ya no hay que demostrar nada a nadie, ya tenemos dueño. Eso sí es impresionante, y simulemos o no, el aparentar es, desde entonces, exclusividad de los esclavos. Aunque parezca que no.
Luis Marián trabaja en Madrid como
documentalista en la Universidad Carlos III,
y coordinador
de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España. |
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