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El poder destructivo de la lengua (II)
Carta de Santiago, capítulo 3, versículos 6 al 8
“La lengua es un miembro pequeño” (vr. 5).
Desproporcionadamente pequeño, si la comparamos con el brazo o la pierna. Sujeta por la parte inferior en la cavidad de la boca y libre por la parte superior, se halla situada por debajo de los ojos, tal vez para que la usemos en hablar tan sólo la mitad de lo que vemos y oímos. Puede que por esta misma razón poseamos una sola lengua, en tanto que disponemos de dos ojos, dos oídos, etc.
“Pero se jacta de cosas grandes ” (vr. 5).
¡Y tan grandes! Admirable era la estatua que vio en sueños el rey Nabucodonosor, con la cabeza de oro, el pecho de plata, los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de barro. Una simple piedra, rodando monte abajo, dio al traste con la grandeza de la imagen. Así es la lengua. Empleada en murmurar y en criticar negativamente, puede destruir vidas, por muy encumbradas que estén, y arruinar la más sólida reputación humana. En el texto que sigue, Santiago emplea cinco adjetivos para describir los terribles daños que la lengua puede hacer. Son como cinco semáforos rojos que nos advierten del peligro en las negras noches de la murmuración. Cinco avisos que no deberíamos descuidar.
La lengua es un miembro incendiario: “He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego” (vr. 5-6). Afirman los naturalistas que entre las especies de aves hay unas que llaman “aves robadoras”. Suelen robarlo todo, hasta el fuego; toman la leña encendida y levantan el vuelo; pero en cuanto sienten la quemazón se desprenden de ella en medio del bosque, incendiándolo. Una diminuta cerilla –mentira parece- logra incendiar hectáreas de bosque y una vez prendida la llama, apagar el fuego es obra de gigantes. Cuando se logra, si se logra, la devastación es total. Así de dañina es la lengua.
La lengua es un miembro malvado: “La lengua es…un mundo de maldad” (vr.6).
En Apocalipsis 12:3-4 Juan nos habla de “un dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra”.
Comentaristas ascéticos de los primeros siglos empleaban esta figura para exponer los grandes males de la murmuración. El dragón es tan feroz y venenoso que sólo con el silbido despide un aire pestilencial y contagioso que infecta toda la atmósfera. Esto es lo que quiere decirnos Santiago cuando afirma que la lengua es un mundo de maldad.
La lengua es un miembro contaminador: “La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo” (vr.6).
La lengua, que no mide más de cuatro o cinco centímetros, puede contaminar un cuerpo gigante de dos metros de altura. Con solo examinar la lengua los médicos llegan a descubrir muchos males del cuerpo; los filósofos hallan en ella desequilibrios de la mente y los teólogos desentrañan por la lengua enfermedades del espíritu. Cuerpo, alma y espíritu ( 1ª Tesalonicenses 5:23 sufren la contaminación de la lengua.
La lengua es un miembro inflamatorio: “Inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (vr. 6).
Los antiguos concebían la creación, la vida humana, como una rueda, como un círculo en constante movimiento. Santiago usa esta imagen para decirnos que el poder maléfico de la lengua tiene alcance universal. El fuego que la lengua enciende se esparce por el universo todo. No es un fuego purificador, sino dañino, diabólico, porque procede del mismo infierno, es decir, obedece las insinuaciones del Diablo.
La lengua es un miembro venenoso: “La lengua es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal” (vr. 8).
La vida sería un paraíso si las lenguas de los seres humanos estuviesen animadas de brisas alegres. Pero no es así. Las lenguas, todas las lenguas, están llenas de veneno. Y de veneno que mata. Basta una pequeñísima sustancia de veneno para destruir una vida. Y donde la muerte no llega se producen graves trastornos físicos y psíquicos. La lengua, con dos palabras que pronuncie, puede trastornar muchas vidas y hasta causarles la muerte moral. La lengua venenosa marchita las primaveras, arrebatándoles sus alegrías y sus flores; interrumpe la canción en los corazones felices y seca las ilusiones de las almas nobles. La lengua venenosa convierte el más florido rosal en simples ramos espinosos, tronchados en las riberas de un río negro.
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El poder destructivo de la lengua |
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J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A.
Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España) |
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