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Número 77 - 15 de abril 2005
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Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
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Manuel García Lafuente

Afmo. s. s. s. (afectísimo su seguro servidor) . Tal era la fórmula protocolaria de la despedida en la correspondencia en una reciente época pasada en la que la gente se descubría la cabeza para saludarse, se inclinaba para ceder el paso al prójimo y cedía el asiento a cualquier persona de respeto, sin necesidad de que se tratase de un anciano o una mujer embarazada.

Entre los destrozos del bendito idioma de Cervantes que está perpetrando la macarrónica evan-jerga importada del vocabulario estrecho y cursi de las misiones foráneas está el flagrante arrinconamiento de la palabra servicial . Si alguna voz castellana encaja cual anillo al dedo con la esencia misma del talante cristiano es justo ésa: Servicial. Que sirve con cuidado, diligencia y obsequio. Presto a complacer y servir a otros.

Tal definición retrata a su vez a la perfección a Manuel García Lafuente, un ministro -esto es, un servidor - del Evangelio que está siempre en su sitio, esto es, el discreto segundo plano de quien se encarga de la logística, de que todo funcione y que cada cosa esté en su lugar en las condiciones óptimas y en el momento justo. Y también, todo hay que decirlo, de que haya buena química en el ambiente.

El buen amigo, en bien y en mal está contigo, reza un viejo refrán castellano. Otro refrán corrobora el proverbio: El amigo leal, más que en el bien te acompaña en el mal.

Quiero dejar, agradecido, cumplida fe de ello. Poder contarme entre sus amigos personales es una de las mayores dichas de mi vida. Ya ven: esta vez no me atreví a decir un servidor, pues ni harto de vino se me pasaría por la cabeza compararme con su colosal talla humana en el servicio cristiano.

Hablo de Manuel García Lafuente, una de esas personas que de no existir, habría que ir corriendo a clamar al buen Dios para que nos lo inventase.


Foto del autor

 

Relevantes

Me preguntan en una encuesta qué pienso de una iglesia o ministerio relevante. Me contengo las ganas de repreguntar: “¿Y tú por qué me lo preguntas?” y declino cortésmente responder a bocajarro un cuestionario. Me gusta decir lo que pienso, pero a ser posible pensando lo que digo, y si en casos como éste si lo puedo expresar por escrito, muchísimo mejor.

Una iglesia o un ministerio relevante -“sobresaliente, destacado, importante, significativo”- me parece bien, cómo no. Vale, pero con la condición de que... sean otros los que lo digan.

Adjetivos como consagrada, comprometida, acogedora, familiar, solidaria, atrayente... me parecen más apropiados y deseables para definir a la iglesia ideal. Un adjetivo del catalán que me gusta mucho es engrescadora, que entusiasma.

Del mismo modo, prefiero un ministerio solidario, abierto a la participación, implicado en la sociedad... antes que un ministerio relevante.

En el fondo, la diferencia no es otra que la del espejo y la ventana. En el espejo nos miramos a nosotros mismos. A través de la ventana vemos a los demás.

Manuel López, es periodista, profesor de Ciencias de la Información en Madrid, y director de la revista FOTO.
© M. López, 2005, Madrid, España.

 
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