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Ratzinger, Sumo Pontífice (I)
'No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos.'
(
Job 9:33
)
Roma se ha convertido en el centro del mundo por unas semanas y el catolicismo ha recuperado un protagonismo social y mediático inusitado. Si esto significa la señal de un resurgir de esa fe en el continente europeo o es simplemente un mero estar, de forma momentánea, en la cresta de la ola el tiempo lo dirá. Respecto al elegido se ha roto el principio repetido estos días hasta la saciedad de que quien entra al cónclave como Papa sale como cardenal, pues Ratzinger ha salido tal como había entrado. Dada su condición de teólogo e intelectual de primera línea todo hace suponer que su papado será, en ciertos sentidos, de un carácter diferente al de su antecesor, quien era, ante todo, un hombre de acción.
Pero yendo más allá de las distinciones personales, hay un título que ambos comparten y en el cual me gustaría fijarme. Se trata de una expresión que encierra mucho de lo que el catolicismo romano es, siendo el arquetipo de su esencia. Me refiero a la palabra pontificado y a la expresión Sumo Pontífice. La palabra Pontífice procede etimológicamente del latín y significa 'el que hace puentes', con lo cual su adaptación a la esfera religiosa no es difícil de establecer; de hecho, ésa era la denominación con la que se designaba a los magistrados sacerdotales en la antigua Roma. La palabra lleva implícita en sí la idea de mediación, de la misma manera que un puente es el medio por el que dos partes separadas quedan unidas. Por lo tanto, el vocablo Pontífice sirve para expresar perfectamente lo que un sacerdote hace.
Ahora bien, que todo ser humano o que la humanidad entera necesita un Pontífice es algo evidente desde el momento en el que se ha abierto una sima entre la criatura y el Creador; ese abismo separador entre ambas partes lo ha producido el pecado y está expresado en la imposibilidad de relación mutua a causa del antagonismo existente debido a la santidad de una parte y a la pecaminosidad de la otra.
Esa necesidad de un puente entre la criatura y el Creador es la que está presente de un modo u otro en casi todos los sistemas de fe que hay en el mundo. En líneas generales podríamos resumirlos de esta manera:
• En los sistemas paganos aparece en la figura del chamán, del hechicero o del vidente. Con indiferencia de que esos sistemas sean animistas o politeístas, en todos ellos se reconoce la necesidad de que alguien haga de puente entre el mundo material y el mundo espiritual. Dos son los problemas insolubles de la solución pagana: el primero es que no se sabe a ciencia cierta si la conexión establecida se realiza con el lado verdadero o con un lado equivocado; el segundo es que la persona designada para hacer de puente necesita ella misma de Pontífice, al no estar en mejor posición moral que aquellos a quienes representa. Por lo tanto, todos estos sistemas, entre los cuales está incluido el hinduismo con su casta sacerdotal de brahmanes, son deficientes por partida doble.
• El Islam no contempla la figura del Pontífice, quedando todo reducido a la relación directa entre la criatura y el Creador. Pero ¡qué terrible es este encuentro entre dos partes tan dispares! Esta es la gran deficiencia del Islam que, lejos de ser, como pretende, el último estadio de la revelación tras los dos primeros, judaísmo y cristianismo, en realidad es totalmente defectuoso, porque no provee solución real al gran problema que cada ser humano tiene planteado . Por lo tanto, aunque más avanzado, en un sentido, que el paganismo al enseñar la fe en un solo Dios, el Islam es un retroceso incluso respecto a ese mismo paganismo al ignorar la necesidad de un Pontífice y dejar, por consiguiente, a la criatura pecaminosa expuesta ante las demandas de la justicia de Dios.
• El judaísmo sí contempla la figura del Pontífice. En ese sentido es superior al Islam, que no lo tiene, y al paganismo, que lo tiene pero falso. En efecto, en todos los sistemas paganos sus Pontífices carecen de legitimidad porque o bien se han auto-designado para tal menester ellos mismos o bien han sido designados por el pueblo. Pero de nada sirve un Pontífice que pretende establecer contacto con la Deidad si esa misma Deidad no lo reconoce como Pontífice. En el judaísmo el Pontífice no es auto-nombrado ni nombrado por aclamación popular o democrática, sino que es constituido por Dios mismo. En otras palabras, el Pontífice del judaísmo tiene legitimidad plena, porque no es una invención humana sino idea de Dios, pero, y aquí está la insuficiencia del judaísmo y de su Pontífice, se trata de una solución provisional, con fecha de caducidad. Tal insuficiencia se aprecia por la propia pecaminosidad personal de tal Pontífice, quien él mismo necesita de otro que haga de puente para él mismo. Es decir, en el Pontífice del judaísmo nos encontramos con alguien designado para ejercer una función que está más allá de su competencia. La provisionalidad del Pontífice del judaísmo se manifiesta en su mortalidad, en razón de la cual ha de traspasar su cargo a otro por ley de vida.
• El cristianismo también contempla la figura del Pontífice. Esa es la radical diferencia con el Islam. Eso es lo que comparte con el judaísmo, si bien hay un contraste esencial entre ambos pontificados. Pero eso lo veremos después.
El clamor de Job, manifestado en el pasaje bíblico arriba mencionado, es el clamor vital que cada ser humano tiene en su fuero interno por un mediador, esto es, por un Pontífice. La buena noticia es que existe, aunque no es ninguno de los que han salido en la televisión en estos días.
Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España |
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