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Número 78 - 22 de abril 2005
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LUIS MARIÁN
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Sectarismos


La Iglesia Católica sigue mirando a los protestantes por encima del hombro'
( Antonio Gala )


Desde algunos de los medios de comunicación más potentes de España, seculares y católicos, se ha dicho que uno de los principales problemas que deberá afrontar Benedicto XVI será el trasvase de fieles católicos latinoamericanos a las sectas.

Se trata de comentarios que engrandecen la confusión y el prejuicio hacia las iglesias evangélicas, pues, aunque es innegable que sectas de todo tipo hacen de Sudamérica su caldo de cultivo predilecto, los destinos prioritarios de las más de 12.000 personas que abandonan el catolicismo a diario son las iglesias evangélicas, y no las sectas.

Este dato no puede esconder que ciertas formas de expresión cúltica, e incluso doctrinal, de iglesias evangélicas latinoamericanas, como algunas neopentecostales, estén al límite de lo que algunos entendemos como sectario. De igual modo, definir el significado de la palabra secta es ya un problema, pues conlleva un subjetivismo que el propio diccionario de la RAE recoge al describirlo como “conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa”.

He comprobado que, cuando alguien nos habla de sectas, lo primero que debemos hacer es preguntarle: ¿Qué es para ti una secta? , pues resulta habitual que sólo a partir de ahí nos podamos entender. Y el caso es que la etimología de la palabra secta no es en sí misma peyorativa, pero qué duda cabe que hoy día su uso contiene una poderosa carga de desprecio.

Por desgracia, muchos comunicadores se aprovechan de la ignorancia religiosa del español medio (y normalmente de la suya propia) para crear distancias de leprosería antigua con lo evangélico, lo desconocido, lo minoritario, lo religioso y raro, lo amenazante… Es lamentable que haya medios de comunicación que hablen de protestantes cuando se refieren a un parlamentario danés o a alguno de los premios Nobel de la Paz al mismo tiempo que tildan de víctimas de sectas a quienes profesan la misma fe protestante , aunque con la diferencia de que estos últimos son pobrecillos de clase social baja, de países subdesarrollados o con formas de expresión que resultan menos convencionales.

Recuerdo que escribí a un diario deportivo que había elaborado un reportaje sobre la fe de futbolistas brasileños. Este periódico catalogaba a jugadores evangélicos como miembros de sectas, y una gran foto de gente con ojos cerrados y manos levantadas centraba la atención del lector. Los argumentos para hablar de sectarismo no eran más que lo llamativo de las formas de celebración y la alusión a los gritos del pastor. Y aunque eso del griterío me sienta bastante mal al oído y al cerebro, entiendo que, como argumento, resulta inadmisible para tildar de sectario a un cristiano que no es católico.

Resulta cuanto menos paradójico que estos seudoargumentos de serie B se relaten en un diario deportivo, un negocio que vive provocando emociones y que se alimenta de la pasión y del dinero de aquellos aficionados que no paran de levantar los brazos, llorar y pegar voces en sus celebraciones futboleras hasta la extenuación. ¿Es acaso el dios balón más digno de expresividad que el Salvador del mundo? ¿Qué es una secta?

Hoy día, aunque es un privilegio que podamos vivir en un país con relativa libertad religiosa, los evangélicos comprobamos que seguimos recibiendo palos por todos lados. Escuchamos a muchos supuestos progresistas y antirreligiosos arremeter contra los evangélicos del mismo modo que lo hacen portavoces del catolicismo. Bofetadas con la izquierda y con la derecha –¡a dos manos!–, que no dejan lugar para poner la otra mejilla porque ya no hay más cara.

No entiendo que se hable del diálogo ecuménico por parte de católicos que, al mismo tiempo, no se esfuerzan en pos de tratar de tú a tú a los protestantes. Y eso cuando no nos denostan, como hacen algunos en estos días. Y lo siento, porque sería estupendo poder reforzar las múltiples afinidades con nuestros hermanos separados católicos.

Por ahora, y quizás por el resto de los siglos, ecumenismo y diálogo religioso son sólo un apócrifo cuento macabeo mientras no se supedite el deseo de conservar fieles a lo que es justo. De todos modos, ¿qué es lo que se puede dialogar con quienes niegan su propia falibilidad? “Pues no hay justo ni siquiera uno” (Romanos 3, 10). Aunque se empeñe el Vaticano, las fumatas no pueden ser negras y blancas a la vez. Empecemos por ahí, sin sectarismos.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III, y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España.

 
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