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¡Mirad cómo se aman!
Cuando el amor prepara su equipaje y abandona el corazón por la puerta de atrás, el ser que le daba cobijo se queda vacío, sin el pilar fundamental donde edificar una existencia con sentido.
La vida carente de amor se deteriora en un mar de banalidades, se vuelve recia ante vientos carentes de calidez, vientos que despeinan los valores que se alimentan de amor y que sin él, pasan anémicamente a engrosar una lista de sueños inalcanzables.
Que triste es observar como en las congregaciones cristianas donde se habla de amor continuamente, éste se debilita de una manera considerable. Nos estamos volviendo individualistas, buscando nuestro bienestar sin reparar en los problemas de aquellos a quienes de una manera protocolaria llamamos hermanos.
Hemos sido encomendados por Dios a predicar el evangelio a toda criatura, a ser sal y luz en la tierra, a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es imposible seguir estas indicaciones si carecemos del amor genuino que nos hace ser diferentes, no podemos profesar aquello que no vivimos, predicando un amor que orientamos en el sentido que más nos interesa, enfocándolo hacia nosotros en un claro afán de protagonismo sin preocuparnos de la necesidad ajena.
Dios es amor, por ello, no podemos glorificarle sin hacer uso de él. Cuando amamos, conseguimos que Dios se muestre a través de aquello que damos, pequeñas dádivas que reflejan la grandeza de su ser.
Estamos en un continuo contacto con el mundo, y aunque no pertenecemos a este, sí estamos en él. Ese contacto nos salpica, haciéndonos entrar en su rol de indiferencia, de insensibilización. Ante ello, hemos de luchar con la fuerza del amor, una fuerza arrebatadora que desde dentro ha de cautivar a aquellos que están fuera. Un amor en vía de extinción que al ser expuesto ha de asombrar por su atípica forma, por esa entrega incondicional que debemos hacer de él.
Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos (Jer 15: 19) Esta ha de ser otra máxima en nuestras vidas, el mostrar de tal manera a Dios mediante nuestros actos que quienes lo desconocen queden sobrecogidos, deseosos de ser partícipes de ese enérgico poder capaz de trasformar el mundo.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |
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