Número 79 - 01 de mayo 2005
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CARLOS MARTINEZ GARCIA 
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Ratzinger, guardián de la fe católica

Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, tuvo un pasado que podemos considerar de apertura a las demandas de puesta al día ( aggiornamento ) de la Iglesia católica. Participó en el Concilio Vaticano II convocado por el Papa Juan XXIII, para discutir los retos del mundo moderno a la institución eclesiástica, e impulsar una mayor participación de los laicos en la vida y dirección de dicha Iglesia. Después de su participación en el Concilio, paulatinamente fue tomando posiciones más cerradas y conservadoras. De este corrimiento a la derecha deja constancia documentada el teólogo suizo Hans Küng (en su libro de memorias My Struggle for Freedom ), quien fue compañero de Ratzinger en distintos momentos de sus respectivas carreras eclesiásticas. Küng es una de las víctimas, tal vez la más conocida, de Ratzinger en su papel de Prefecto para la Doctrina de la Fe, nombre moderno de la antigua Santa Inquisición.

Durante sus casi 25 años al frente del antes llamado Santo Oficio, el cardenal alemán, aplicó las directrices preconciliares de Juan Pablo II. Esto es necesario subrayarlo ante evaluaciones que van en el sentido de considerar a Karol Wojtyla como abierto al diálogo y a realizar cambios en la Iglesia católica, mientras, según estas interpretaciones, Ratzinger era el duro y reacio a transformaciones internas. Por ejemplo, hoy ( La Jornada, 20 de abril) Elio Masferrer, entrevistado por José Antonio Román, dice que el purpurado germano "Planteó endurecer la relación con el resto de las denominaciones cristianas, al considerarse la única poseedora de la verdad, echando por tierra todos los esfuerzos ecuménicos de Karol Wojtyla". Los propagandizados esfuerzos ecuménicos del Papa polaco consistían en llamar a retornar al redil católico a los creyentes de otras confesiones cristianas. Eso de que Ratzinger superaba en dureza a Juan Pablo II, no tiene base en los hechos constatables. Es necesario recordar, en respaldo de mi aseveración, que en enero de 1989, a poco más de diez años de iniciado el papado de Wojtyla, un amplio grupo de teólogos católicos europeos dio a conocer la Declaración de Colonia , en la que denunciaban los excesos del pontífice romano.

Criticaron: 1) Reconcentración de poder en la curia romana, con nombramientos episcopales acordes a la línea pastoral del Papa, en detrimento de los candidatos de las iglesias particulares. 2) Negativas eclesiales para dar permiso de enseñar en instituciones católicas a teólogos incómodos y críticos. 3) Exageración de la competencia magisterial del Papa junto con su competencia jurisdiccional. Afirmaron que el catolicismo romano, bajo la conducción de Juan Pablo II, iba contra la catolicidad de la Iglesia.

Es necesario recordar también que por problemas de salud, Ratzinger le presentó su renuncia a Wojtyla, y que éste último no la aceptó y le pidió que permaneciera en su puesto.

En mayo de 1990 salió a la luz la Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo , documento redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Joseph Ratzinger. Allí se habla de la necesidad de que los teólogos católicos desarrollen su función reflexiva y docente en comunión con el Magisterio de la Iglesia, aunque en realidad el escrito aboga por la subordinación de aquellos a los pastores de la Iglesia que son "sucesores de los apóstoles". A los teólogos se les niega el libre examen como valor bajo el cual puedan proteger su misión, ya que antes, desde la óptica de Ratzinger, está la autoridad eclesiástica a la que se deben someter los pensadores. Una vez que la institución católica romana ha dejado plasmada una enseñanza, y su debida correlación moral, a los teólogos no les queda más que guardar y defender la postura oficial. En esto no pueden recurrir a la objeción de conciencia, obedecen o son sancionados. Al respecto es claro un párrafo de esta Instrucción: "El romano pontífice cumple su misión universal con la ayuda de los organismos de la curia romana, y, en particular, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (subrayado de CMG), por lo que respecta a la doctrina de la fe y la moral. De donde se sigue que los documentos de esta congregación, aprobados expresamente por el Papa, participan del magisterio ordinario del sucesor de Pedro". A partir de este momento Ratzinger, con la expresa autorización y encomienda de Juan Pablo II, se dio a la tarea de acorralar a los teólogos como Hans Küng, Leonardo Boff, Edward Schillebeeckx, hasta llegar a la cifra de 140.

Bajo la presidencia de Ratzinger (1999) una comisión especial produjo el documento La Iglesia y las culpas del pasado , en donde supuestamente la Iglesia católica reconocía sus faltas en la historia. Uno de esos capítulos, al que se refiere la declaración, tiene que ver con la división de los cristianos en el siglo XI y el siglo XVI. El primer caso es el de la ruptura entre la Iglesia de Occidente y la Iglesia de Oriente. Para los ortodoxos quien rompió la unidad fue la pretensión católico romana de la primacía del obispo de Roma, su anhelo de ser autoridad sobre los demás obispados surgidos entre el siglo II y III. De esto el escrito aludido no dice nada, solamente reivindica el argumento, insostenible desde mi punto de vista, de que en Roma se localiza la verdadera sucesión apostólica, ambición que surgió tardíamente y sin bases en la Iglesia primitiva y siglos posteriores. En lo que respecta a los acontecimientos del siglo XVI, la Reforma, nada más menciona que hubo controversia en campos como los de la "revelación y de la doctrina". Para nada hay alusión a los excesos de Roma y su torpe manejo de la disidencia de Lutero. Bien leída la supuesta mea culpa producida bajo la dirección de Ratzinger, concluimos que es un arrepentimiento light , superficial, que pone en el lado de los perseguidos la mayor responsabilidad por no haberse sujetado al pretendido sucesor de Pedro, el Papa en turno.

En ocasión de acercarse el año 2000, la Iglesia católica organizo sínodos continentales. En su exhortación apostólica al Sínodo de América (1999), Juan Pablo II consideró oportuno referirse, una vez más, "al desafío de las sectas", cuyo proselitismo es condenado porque "refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige determinada propaganda religiosa". En la exhortación Karol Wojtyla, de modo que no deja lugar a interpretaciones ambiguas, se pronuncia tajantemente porque no se "debe poner en duda la firme convicción de que sólo en la Iglesia católica se encuentra la plenitud de los medios de salvación establecidos por Jesucristo (subrayado de CMG)". ¿En dónde está el pretendido ecumenismo de Juan Pablo II, su apertura a otras confesiones cristianas? La idea sería más desarrollada al año siguiente por Ratzinger.

La Congregación para la Doctrina de la Fe emitió en agosto del 2000 la Declaración Dominus Iesus (Señor Jesús). El escrito producido por Ratzinger, y que fue aprobado para su publicación por Juan Pablo II, contiene 23 parágrafos. Los primeros 15, en términos generales podrían compartirse desde una postura evangélica, ya que establecen la plenitud y definitividad de la Revelación en Jesucristo; la encarnación, singularidad y ministerio salvifico de Jesús. Los problemas comienzan en el numeral 16, cuando se confunde la obra de Jesucristo con la Iglesia católica: "la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia". La Iglesia, en la perspectiva de Ratzinger, es una realidad que se materializa en una institución, antes que en la confesión de los creyentes de Jesús como Señor y Salvador, como lo establece la Palabra.

Para que no quepa duda de su ortodoxia católico romana, Ratzinger se refiere a la institución, de la que ahora es Papa, en los siguientes términos: "Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica -radicada en la sucesión apostólica- entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica. Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él". De aquí que los diálogos con otras confesiones cristianas, ortodoxas y protestantes, no tomen a los otros como interlocutores en plano de igualdad. Lo que deben hacer los demás es regresar a la unidad rota con el que llaman vicario de Cristo, título usurpado porque, según el Nuevo Testamento, los creyentes y discípulos de Jesucristo, varones y mujeres, todos son sacerdotes, es decir, todos son vicarios de Cristo, sus representantes pero no sus iguales porque solamente en Él habita, como sostiene Pablo en su Carta a los Colosenses "toda la plenitud de la deidad".

La Declaración Dominus Iesus , a la que me referí en su momento, en un artículo publicado en La Jornada , como un intento de enseñorearse de Jesús y monopolizarlo para una sola institución, es prolija en demeritar a otras confesiones cristianas. La extensa cita que sigue no deja lugar a dudas en mi afirmación. "Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él. Las Iglesias (como algunas ortodoxas y orientales, comentario de CMG) que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderamente iglesias particulares (ya que la única universal es la católica romana, comentario de CMG). Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma (primado construido en contra de la enseñanza neotestamentaria, que en cambio sí habla del sacerdocio universal de los creyentes, comentario de CMG). Por el contrario, las comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido (protestantes y evangélicas, comentario de CMG) y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia. Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma -diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo- de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades".

Termino con la afirmación, contraria a la postura de Ratzinger en Dominus Iesus , que tiene como base la Palabra, en el sentido de que no era en Jerusalén ni en Samaria donde estaban los verdaderos adoradores (encuentro de Jesús con la mujer samaritana, Juan 4), sino que el compromiso vital con Jesucristo era cuestión del corazón (en el sentido bíblico implica toda la persona) y no de origen étnico, pertenencia religiosa, ser varón o mujer. Es decir, la Iglesia de Cristo trasciende a las denominaciones y el Señor tiene pueblo en todas partes. Jesús no es propiedad exclusiva de una sola institución.

Carlos Mnez. Gª es sociólogo, escritor, e investigador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano.
(c) Carlos Mnez. Gª, ProtestanteDigital.com, España, 2005

 
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