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Número 79 - 01 de mayo 2005
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X. MANUEL SUÁREZ  
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El catolicismo del actual Gobierno español

La vicepresidenta y el ministro de Justicia del gobierno español acaban de sentenciar que los alcaldes no podrán aducir la salvaguarda de conciencia para negarse a certificar uniones matrimoniales de homosexuales, porque se atentaría contra una norma aprobada por la mayoría. Estamos ante un apasionante enfrentamiento entre ética y política, que refleja una forma específica de entender la democracia.

Se olvida constantemente que la democracia occidental tiene sus fundamentos en la visión cristiana del mundo: un documento de referencia clave de nuestro sistema democrático es la declaración de independencia de los EEUU (anterior a la revolución francesa), que dice: "Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que el Creador les otorgó ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se constituyen los gobiernos".

En esta declaración se manifiesta claramente una visión cristiana del mundo, una visión protestante, en la que el individuo tiene unos derechos inalienables otorgados por Dios, derechos que son previos a cualquier ordenamiento social. Por tanto, es natural que la sociedad democrática que de allí surgió pusiese su énfasis en los derechos del individuo y, consecuentemente, insistiese en que el poder político es delegado e instrumental. En los países del sur de Europa siempre se criticó el individualismo de las sociedades anglosajonas, ignorando que sin esa protección especial del individuo no hay democracia; en contraste, aquí, en una cultura católica, nunca se entendió bien este énfasis.

En el fondo estamos ante una cuestión religiosa: un protestante se salva por su fe personal, pero un católico se salva por su pertenencia a una iglesia; para un protestante, en la democracia son prevalentes los derechos del individuo; para un católico, lo son los de la mayoría (es interesante su referencia habitual a "los sentimientos de una mayoría de españoles" para apoyar sus protestas ante el gobierno español). Un protestante tiene siempre en su memoria la parábola de la oveja perdida, en la que el pastor deja a las otras noventa y nueve para encontrar a la disidente; la disidencia es normal y defendible en su entorno, pero es una amenaza a la unidad en el entorno católico. La Iglesia Católica tiene dificultades de autoridad moral para reclamar la salvaguarda de conciencia porque en este país fue ella la primera en negársela a los disidentes durante siglos y hasta hace bien poco -hoy no, en buena parte porque no puede-; tantas veces le hemos escuchado sentenciar: "la mayoría no puede estar equivocada".

Pues el gobierno socialista está permeado de esta mentalidad católica tradicional, por mucho que se proclame laicista, y por eso también sentencia: "la mayoría no puede estar equivocada" . Mal iremos hasta que entendamos que no hay democracia sin derechos del individuo; la primera libertad es la libertad de conciencia y la democracia se esfuma cuando aplastamos la salvaguarda de conciencia.

Si no somos capaces de conformar un sistema que haga compatibles los derechos de los individuos y las minorías, la salvaguarda de conciencia y el gobierno de la mayoría, no tendremos democracia: tendremos partitocracia, dictadura de la mayoría y la peor de las intolerancias: la que no se muestra abiertamente, sino pretende legitimarse como democrática. Para profundizar en la democracia precisamos otra mentalidad, otra ética que dé sustento a nuestro sistema político: la misma que alumbró la declaración de independencia con la que iniciamos este artículo.

X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego.
© X. M. Suárez, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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