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Número 80 - 06 de abril 2005
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yolanda tamayo
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Las valiosas palabras de una madre

Una cabalgata de seres dispares desfila frente a mí. Rostros conocidos de aquellos que a lo largo de esta vida se han ido enrolando en algunas de mis historias. Todos significan algo dentro de mi entorno, han llenado muchos momentos con sus alegrías y sus tristezas, con algarabía o con cilicio. Ellos, los amados y los menos apreciados han venido a constituir este pequeño relato que es mi vida y de la cual me siento enormemente afortunada.

Cada etapa por la que he tenido que pasar ha poseído la importancia justa para mi formación como persona. Tramos de existencia en los que me he ido moldeando como mujer, conociéndome un poco más para descubrir mi verdadera identidad. Lo que soy se lo debo a Dios, pero no dejo de reconocer que humanamente él ha usado a muchas personas que han dejado en mí la impronta de su presencia , un sello inconfundible de calidad.

Destaco entre todas ellas a un ser que con delicada ternura ha sido un pilar importantísimo en mi existencia. Ella es mi madre. Mujer luchadora donde las haya, trabajadora incansable, educadora, madre antes que amiga. Una mujer que me sigue instruyendo en la noble tarea de amar al prójimo, de ser útil a los demás.

Durante muchos años viviendo bajo el mismo techo he podido disfrutar de su dicharachera manera de proceder ante la vida, una forma basada en el optimismo. También hemos discutido muchísimo cuando no compartíamos la misma forma de ver las cosas, cuando a la fuerza deseaba que sintiera lo mismo que yo frente a diversos asuntos, contemplándola a veces como enemiga más que cómplice.

Existe una escena que ha quedado grabada en mis recuerdos y a la que a veces retorno con el único propósito de darle valor a las palabras que se pronuncian con el corazón. Pasaba por unos momentos difíciles, un tramo de vida un tanto angosta. Un día me levanté con ganas de llorar y así me llevé meses. La angustia había tejido sus redes en mi corazón, y por mucho que lo intentaba no lograba sentirme libre de un brutal ramalazo de tristeza. Durante todo ese tiempo amigos y familiares intentaban amenizar mi vida con diversas y atrayentes actividades, cosa que agradecía, pero que no surtían el efecto.

Ella, mi madre, era consciente de su incapacidad para ayudarme, sabía que todo estaba en mi mente y que yo era la única que podría poner fin a todo aquel caos. Una tarde del mes de mayo, entro en mi habitación y con lágrimas en los ojos pronunció la frase que me hizo reaccionar. Con debilitada voz exclamó desde el umbral de una gran impotencia: "Dime como te puedo ayudar, dímelo". Aún hoy después de tantos años me emociono al rememorar la escena. Sin ella saberlo había abierto la puerta por la que poco a poco pude escapar de toda aquella amargura. Unas simples palabras pronunciadas con sencillez y amor hicieron que despertara de aquel mal sueño.

No siempre los grandes discursos son los que más contenido poseen. Las frases infladas de tecnicismos no pueden llegar al corazón. Mi madre me enseñó en aquel momento que cada cual tiene su forma particular de proporcionar ayuda, y que a veces esta llega ataviada de la manera más humilde.

Siempre procuro cuando se requieren mis favores ser una buena consejera, cargada de afabilidad, portando en mis alforjas dosis de cariño y palabras de ánimo. Sin ser demasiado extensa, con la moderación y la prudencia necesarias para prestar auxilio al necesitado. Las palabras precisas para servir de guía en la oscuridad de la noche.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España

 
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