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El imperativo herético
El término herejía ha sido utilizado siempre con la peor de las intenciones y está cargado de connotaciones negativas, sin embargo quiero apuntar en este artículo el valor moral y espiritual que tiene la herejía.
Quizá podría pensarse que entre nosotros, en sociedades tan secularizadas prestar atención a esta cuestión pasaría como un entretenimiento ocioso, sin embargo soy de la opinión de que el derecho a la herejía es, intelectual y espiritualmente, esencial a toda nuestra tradición occidental, y que nuestra raíz cristiana está sostenida sobre un constante ejercicio de lo que un teólogo-sociólogo Peter Berger llama el imperativo herético (1) , imperativo que funda la posibilidad misma de la afirmación religiosa en la modernidad y la posmodernidad por cuanto que la proclamación de la fe como acceso al fondo de nuestro ser, es ella misma un herejía en nuestra Europa secularizada.
Como es sabido el término herejía trae su raíz y su significado de la palabra griega que significa "elección". No es de extrañar por lo tanto que en las sociedades tradicionales, estrictamente unitarias en las que la unanimidad era condición indispensable de la paz social y en las que cualquier diferencia era enseguida calificada de desviación, la herejía fuera asimilada prácticamente a la rebelión.
La herejía como categoría condenatoria tiene su origen en el mundo religioso y en las luchas jeráquicas en torno a la verdad de los dogmas, pero podemos trasladar también el concepto a todas aquellas situaciones sociales en las que se impone coactivamente a la conciencia individual un pensamiento único y absoluto.
En nuestra tradición cristiana hemos olvidado demasiado a menudo el origen herético del mensaje de Cristo, herético en múltiples y radicales aspectos. Cristo rompió con la ortodoxia de la Iglesia judía, una religión del Templo administrada por una casta de sacerdotes y doctores de la Ley, con sus propios dogmas según las cuales el Mesías esperado no podría ser un simple carpintero, vecino de Nazaret acompañado de unos ignorantes pescadores y de algunas mujeres de mala fama, sino que tenía que ser alguien con mejores referencias. Cristo - el Logos -se mostró como un hereje desafiando esa imagen ortodoxa y tradicional del Mesías-Rey que era a fin de cuentas la imagen defendida por la Iglesia Judía y por su colegio cardenalicio -el Sanedrín - y comparece como un Mesías vagabundo, un Mesías que no tiene donde caerse muerto, que perdona a las adúlteras y se relaciona con prostitutas reconvertidas, que elogia a los Samaritanos, otros herejes que no reconocían la supremacía del Templo de Jerusalen, que come con colaboracionistas (publicanos) del Imperio Romano, que entra en connivencia con el enemigo ocupante, aceptando pagar tributo al César, que se relaciona con Centuriones y cura a sus criados, paganos e idólatras, un relativista que relaja el estricto cumplimento de la Ley en nombre del amor.Cristo, juzgado por el Sanedrín según la Ley mosaica, en definitiva fue crucificado por hereje.
Pero es que Pablo de Tarso, que traicionó su fe de fariseo, fue otro manifiesto hereje del judaísmo: se atrevió nada menos que a auto-declararse apóstol del Señor, cuando ni siquiera había tratado personalmente con él, sólo porque se cayó del caballo y dijo haber escuchado voces, y con esas credenciales se impuso a Pedro y a Santiago, a Juan y a Bartolomé, a los doce apóstoles escogidos para predicar a las doce tribus de Israel, a los hombres que estuvieron en el Cenáculo en Pentecostés, a los que le vieron resucitado, a los que conocieron a su madre, los que habían comido y bebido con Cristo, que sí le habían tratado y conocido. Se atrevió a decirles que Yahvé, el Dios de los judíos debía ser anunciado también a los gentiles ¡tamaña herejía¡ cuando Cristo había dicho que "el pan de los hijos no debía ser arrojado a los perros". ¡ La Ley que se declaraba eterna como el mundo, se menosprecia: ya no se guarda el sabath, ya no se circuncida a los niños, se confunden las Tribus de Israel entre los pueblos gentiles, se comen toda clase de alimentos impuros que ofenden al Dios de Abraham y de Jacob, cuando los Macabeos prefirieron morir antes que comer carne de cerdo, no se respeta la Ley de Moisés y los profetas, se abre las sinagogas a griegos y fenicios, a asirios y romanos, se olvida el servicio del Templo .
Creo que la elección del nuevo Papa Benedicto XVI, un hombre tímido en lo afectivo pero seguro de la ortodoxia que representa va a reforzar los aspectos más romanos del catolicismo y va a obligar a muchos creyentes a tener que elegir en el dilema que se les va a plantear, con motivo de los conflictos morales e intelectuales que necesariamente van a suscitar las posiciones intransigentes de la Iglesia de Roma.
Las nuevas herejías, ya existen, latentes, en las conciencias de millones de católico-romanos que siguen enamorados de Cristo, pero que no entienden a la Iglesia de Roma ni comparten muchos de sus dogmas, ni su moral sexual, ni su interdicción de la mujer en el ministerio, ni su olvido del sacerdocio universal de los cristianos, ni su idolatría del Papado, ni su amor a las pompas. Pienso que veremos cómo esas herejías implícitas y secretas se hacen explícitas y públicas en el siglo XXI . Se avecina una nueva Reforma que renovará a la Iglesia universal. La Iglesia, como Pueblo de Dios no se reduce, por supuesto a la que cabe dentro de ninguna de las denominaciones cristianas ni puede ser encerrada en los estrechos límites de las normas del Derecho Canónico; esas herejías aportaran un refuerzo de los principios evangélicos, una renuncia al esplendor romano-vaticano y una poda del espeso árbol de los dogmas y preceptos que asfixian a tantos fieles.
Como en el pasado el fundamento común de la renovación de las herejías será el crecimiento de las ciudades y los progresos de la cultura urbana, el enorme desarrollo de las relaciones humanas, materiales y espirituales y los nuevos horizontes abiertos por las Ciencias, el avance de los valores de autonomía personal y libre examen, contrarios a la sumisión acrítica a las jerarquías por muy mayestáticas que estas sean, esas nuevas herejías nacerán de la renovación de nuestra conciencia cívica y global, de las críticas de teólogos y moralistas, de los derechos de las mujeres, de las personas homosexuales, de una sexualidad menos estigmatizada, del diálogo con la increencia, de las nuevas tradiciones espirituales que llegan hasta nosotros y nos descubren el valor de "otras verdades", en definitiva la libertad del Espíritu, que sopla por donde quiere...
(1) The Heretical Imperative.-By Peter L. Berger.-New York, Anchor Press/Doubleday, 1979.
Javier Otaola.- Abogado, escritor y Defensor del Ciudadano de Vitoria-Gasteiz.
© J. Otaola, ProtestanteDigital.com, España, 2005 |
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