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Vuelva usted mañana
‘ También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?'
(Lucas 18:1-8)
Uno de los artículos periodísticos que dieron fama a Mariano José de Larra (1809-1837) fue el titulado ‘Vuelva usted mañana' en el cual fustigaba, con humor e ironía, la inercia y desidia de la administración pública española de su tiempo que provocaba la desesperación de todos los que habían de acudir a ella. En dicho artículo el protagonista es un extranjero, cuyo apellido es Sans-délai (es decir, sin-demora), que llega a España con el fin de solventar diversas cuestiones de tipo administrativo y legal. Viene resuelto a pasar en España como mucho quince días, de los cuales usará cinco para zanjar sus asuntos y otros cinco para descansar y conocer Madrid, sobrándole, según sus cuentas, otros cinco que aprovechará para adelantar el regreso a su país. Se trata de un personaje acostumbrado a la eficacia y la fluidez en los papeleos por lo que sus cálculos no irían desencaminados si no fuera porque no conoce la lentitud, incompetencia y pasividad del sistema administrativo español y de los funcionarios encargados de atenderle. Por eso Larra, cuando escucha los cálculos del señor Sans-délai, no puede reprimir una carcajada al tiempo que le hace un aviso: ‘Dentro de quince meses estáis aquí todavía.' Y efectivamente, los augurios de Larra se cumplen, porque monsieur Sans-délai se va a topar, vez tras vez, con una frase que él hasta ese entonces no conocía: ‘Vuelva usted mañana' , aparte de con un sinfín de trabas y vericuetos burocráticos capaces de dejar exhausto al más entusiasta.
He de reconocer que lo mío no es el trato con la Administración pública, no sólo por mi falta de paciencia ante requerimientos y formularios que nunca pueden recoger las particularidades y características imposibles de reflejar en un escrito, sino porque la Administración se me antoja como un mundo de ambigüedad en el que uno nunca sabe a ciencia cierta el terreno que estás pisando. Si realizas una solicitud y el tiempo pasa sin que nadie te conteste, te preguntas cuál será el paradero del papel que rellenaste: ¿Estará en algún despacho apilado junto a un montón de solicitudes parecidas esperando pacientemente su turno a que sea leída por alguien? ¿Y si ese alguien, aburrido de leer papeles aburridos, la ha echado directamente a la papelera? Claro que pudiera darse el caso de que la solicitud ande, como el hijo pródigo, perdida en un despacho que no es el que le corresponde y tenga que desandar el camino equivocado que la llevó hasta allí, con la consiguiente pérdida de tiempo y el alto riesgo de que vuelva a extraviarse en el camino de regreso a casa, digo al despacho. Otra posibilidad es que la solicitud esté durmiendo el sueño de los justos en algún cajón donde las arañas ya han comenzado a hacer su artística obra. Mientras tanto el tiempo pasa y tú te inquietas, te preguntas y desesperas. Entonces te asalta la duda, la corrosiva y terrible duda: ¿No obedecerá todo al hecho de que soy evangélico y alguna mano saboteadora, sabedora de ello, está torpedeando la gestión para que fracase? Especialmente esta duda surge cuando la solicitud tiene que ver con cuestiones en las que la iglesia local es la entidad solicitante. En medio de este mar agitado de preguntas sin respuestas surge la impotencia: ¿A quién ir, con quién hablar, que pueda atenderme y entenderme en ese mastodóntico e ignoto mundo que es la Administración?
¡Ah! Aquellas memorables ocasiones, en el tiempo de la dictadura, cuando tras recorrer un sinfín interminable de ventanillas, pensando que ya habías sorteado todos los obstáculos y que cumplías con todos los requisitos, de pronto, en el último momento, el funcionario de turno te hacía ver que te faltaba algo. ¡La póliza! ¡La dichosa póliza!. Y he aquí que tenías que salir apresuradamente a la calle porque el plazo de entrega ya vencía y comenzar a buscar un estanco para comprar aquel papelito del tamaño de un sello de correos, la póliza, que habías de pegar en el documento. Lo malo es que cuando regresaras tenías que ponerte a la cola de nuevo. ¡Qué tiempos aquellos!
Aunque bien mirado aquellos tiempos no eran tan diferentes a los actuales y si se me apura casi no hay diferencia con los tiempos de Larra. Alguno dirá que exagero; es posible. Pero viendo el caso que han tenido que sufrir los organizadores del festival programado para el mes de junio en Madrid con el predicador Luis Paláu, a uno le da la impresión de que el tiempo no ha pasado. La solicitud del lugar para celebrar el acontecimiento se hizo en enero y no ha sido hasta el 9 de mayo que ha habido una respuesta respondiendo a la misma. ¡Cinco meses de dilaciones, evasivas, promesas y reuniones! Cinco meses de incertidumbre y de buenas pero huecas palabras, cinco meses llamando a puertas... Al final tuvieron que convocar una concentración de evangélicos ante el Ayuntamiento de Madrid para expresar el malestar (aunque de forma muy respetuosa) por la ¿desidia? ¿abandono? ¿desinterés? ¿mala voluntad? ¿incompetencia? ¡Quién sabe! Lo cierto es que ha sido entonces, y sólo entonces, que se ha obtenido una respuesta a la petición. Es decir, lo que teóricamente reconoce la Constitución como un derecho: el poder expresar públicamente las convicciones religiosas, ha sido toreado y burlado en la práctica por cinco meses hasta que se ha salido a la calle. Todo un paradigma que habla por sí solo de cómo estamos todavía en España respecto a ciertas cuestiones básicas. Y eso que hace ya treinta años que terminó la dictadura. ¡Qué vergüenza!
El pasaje bíblico arriba citado nos anima a los evangélicos españoles a no desmayar ni siquiera ante el formidable obstáculo que es la Administración pública. En ese pasaje se mencionan dos partes: una que tiene todo el poder (el juez) y otra que está totalmente desasistida (la viuda). El primero no tiene principios ni corazón, la segunda no tiene influencias ni dinero. Y sin embargo, sorprendentemente, ésta va a triunfar sobre aquél. ¿Cuál es la clave del vuelco en la situación? Una a nuestro alcance: el valor perseverante, hasta la impertinencia, que procede de la verdad y justicia de lo que se pide. De esta manera el débil doblega al fuerte, como la gota constante de agua llega a taladrar la piedra. Sí, oración y acción son las claves para el triunfo.
Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España |
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