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Número 81 - 10 de mayo 2005
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JUan simarro
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Cultura de muerte

Se ha dicho desde perspectivas ecológicas que el ser más amenazado del planeta tierra es el hombre. Creo que no les falta razón. Hoy, en pleno siglo XXI en donde nos podemos jactar de unas técnicas sumamente eficaces aplicadas a la agricultura, en un mundo en pleno desarrollo industrial, en una cultura tecnológica en donde la biotecnología está sumamente desarrollada, en un mundo en donde a nivel ético la bioética ha alcanzado altos grados de reflexión aplicada a la defensa de la vida, en un mundo en donde los científicos dicen que podría haber alimentos suficientes para todos, cada minuto muere un niño por los efectos de una mala alimentación, por la desnutrición... por el hambre. Otros, la gran mayoría de la humanidad, viven en la infravida de la pobreza y a otros no se les permite nacer. Esa es la cultura de muerte que se da ya en el siglo XXI. Quizás el holocausto y el terrorismo tiene otras vertientes ante las que pasamos mudos.

Porque realmente, cuando desde los grupos de expertos, desde la propia ONU, se nos está diciendo que vencer el hambre en el mundo es posible, así como la pobreza severa, es una especie de holocausto el que haya en el mundo ochocientos millones de hambrientos aparte de la hambruna y la subalimentación que afecta a las dos terceras partes de la humanidad... porque el hambre y la mala alimentación puede causar lesiones irreversibles que van en contra de la vida. Se puede morir en la niñez por hambre o se puede sobrevivir con graves deficiencias sin poder llegar a la vejez. Y esto va en contra de la vida. Es un asunto bioético y desde esta ciencia también deberían surgir denuncias de la forma más fuerte posible, aunque sabemos que no es estrictamente una enfermedad médica, pero sí es una enfermedad social, fundamentada en el despojo de los pobres, en la acumulación desmedida de riquezas y en la mala redistribución de los bienes del planeta tierra con resultados de muerte e infravida.

Nos podríamos preguntar que por qué ocurre esto en el mundo y nos toparíamos con una suma de factores. Podríamos plantearnos que por qué causas se derrumba la agricultura de los países pobres y por qué se vienen abajo sus economías. Así, tendríamos que analizar desde las políticas del Fondo Monetario Internacional, hasta las políticas neoliberales de nuestro mundo hoy, el comportamiento de los grupos económicos y las relaciones económicas Norte/Sur. Nos encontraríamos con muchos fundamentos de esta cultura de muerte que impera en el mundo hoy. Cultura que mata por el hambre o la subalimentación. Pero creo que también se debería analizar la praxis evangélica, así como todo el compromiso cristiano a favor de la vida y ver en qué consiste una auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana. Porque si los cristianos no hacemos esta reflexión, ya estaríamos cayendo en el pecado de omisión de la ayuda y en el pasar de largo ante estas problemáticas de muerte que se convierten en un verdadero holocausto de gran parte de la humanidad y en un terrorismo sin las armas convencionales.

Pero hay también otras líneas de apoyo de esta cultura de muerte en contra del hombre mismo, que no solamente empobrece, sino que aniquila. Se puede defender con todo tipo de medios la vida de un árbol, cuestión que apoyamos, pero no se defiende de la misma manera la vida de un niño. Se protegen especies, desde puntos de vista ecológicos, tanto animales como vegetales, y el hombre sigue siendo el gran desprotegido. De ahí que la ecología debería centrarse en las problemáticas de este animal, el hombre, que muere y que malvive en la indigencia, potenciando una ecología social que investigara estas causas de muerte de este ser que es el más amenazado del planeta tierra. En estas líneas se podría ver, aunque muchos se llevarán las manos a la cabeza, la problemática de los abortos en el mundo. El derecho a la vida queda conculcado, muchas veces usando diferentes eufemismos... y se ve con normalidad. Abortos y esterilización que puede afectar a mujeres del mundo pobre. Porque el problema no es que haya muchos hombres en el planeta tierra. El problema es más bien que hay muchos hombres pobres y eso se ve como una amenaza.

Por tanto, en el mundo hoy, en muchos aspectos, estamos dentro de una cultura de muerte que afecta de forma especial al hombre mismo. Cultura de muerte que no se debe a imposibilidad de producir los bienes necesarios para que puedan vivir dignamente todos los hombres del planeta. No se debe tampoco a catástrofes naturales que reduzcan a la miseria al ochenta por ciento de la humanidad. El problema que lleva a la cultura de muerte a la humanidad, es el egoísmo humano, el querer vivir demasiado bien a costa de un verdadero genocidio de ámbito planetario. Hoy, un 20% de la humanidad vive con exceso de bienes y servicios con un bienestar financiado por los propios países pobres a través de la deuda externa, las agriculturas de alto rendimiento de las grandes multinacionales para abastecer al 20% rico y otras políticas que empobrecen a un porcentaje tan alto de la humanidad... Y una legión de cristianos callan cayendo en el pecado de omisión. Omisión de la ayuda práctica y omisión de la voz profética de denuncia.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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