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Eliminando piedras
¿A quién no le ha molestado en alguna ocasión una pequeña piedra dentro del zapato?
Casi todos hemos tenido esa experiencia, la dolorosa sensación producida por una inapreciable materia rocosa que introduciéndose de forma enemiga dentro del calzado hace que nuestra manera de andar sea modificada, obligándonos a desalojarla rápidamente antes de que nos provoque daño.
En el transcurrir diario solemos encontrarnos con otro tipo de piedras; desgraciadamente no tan fáciles de excluir. Pequeñas piedras de complejos, de sentimientos de culpabilidad, piedras de frustraciones pasadas, de sueños incumplidos, de.
Sin pretenderlo, logramos hacerles un hueco en nuestras vidas, acoplándolas en la rutina del día a día, potenciando su protagonismo en cada uno de los momentos que vivimos.
En un desacertado impulso de liberación, buscamos soluciones en fuentes estériles, lugares donde sólo recibiremos palmaditas en la espalda. La salida está tan cerca que no siempre logramos verla.
Cuando Lázaro, ese gran amigo de Jesús murió, éste lloró su ausencia. Antes de obrar el milagro de la resurrección Jesús dijo: QUITAD LA PIEDRA .
¡Que locura aquel imperativo! ¿Quizá no era consciente del tiempo que había transcurrido? ¿De que aquella cueva tan sólo albergaba muerte? Milagrosamente, después de quitada la piedra, Lázaro pudo abandonar la tumba y volver a la vida. (Jn 11:38-44).
Puede que la solución sea tan sencilla como deshacernos de esas piedras que obstaculizan la salida, que desalojando la cueva donde estamos cautivos podamos sentir el gozo de la libertad.
Este tipo de imperativos pueden parecernos un desacierto, sin embargo, poseen efectividad cuando los pronunciamos en el nombre de Jesús. Aunque la teoría siempre es fácil, es el primer paso antes de pasar a la acción. Un peldaño a subir en la elevada escalera que nos llevará a conseguir una vida más feliz.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |