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Cultura de la idiotez
Carl Bernstein, el que fuera reportero del diario The Washington Post e investigador del famoso caso Watergate que hizo dimitir al Presidente Nixon, escribió en la década de los noventa un brillante artículo cuyo título era bien significativo: La cultura de la idiotez. Se trataba de una crítica profunda al estado de cosas en el que el periodismo había caído en su nación y en el mismo decía: ‘No servimos a nuestros lectores y espectadores: los complacemos... dándoles lo que quieren. En esta nueva cultura de la picazón periodística enseñamos a nuestros lectores y espectadores que lo morboso y lo descabellado es más importante que la verdadera noticia.' A continuación mencionaba lo que a su juicio es la mayor distorsión del periodismo, al que define como la institución más poderosa de nuestro tiempo, y que consiste en el desperdicio de la responsabilidad para desafiar, informar y educar a la gente sobre las cosas verdaderamente importantes. En lugar de ello ‘y por primera vez en nuestra historia lo excéntrico, lo estúpido, lo ordinario, lo sensacional y engañoso se están convirtiendo en nuestra norma cultural e incluso en nuestro ideal cultural. La consecuencia de eso es el alarde y el triunfo de la cultura de la idiotez.'
La resonancia de la denuncia de Bernstein, quien era y es considerado un periodista de prestigio en USA, fue enorme. Sin embargo y a pesar de los años pasados desde que fuera escrito (1992) él sigue considerando que ése es el problema prioritario de los medios de comunicación de su país y buena prueba de ello es que en abril de 2005 y con motivo de la 113ª Convención anual de la Asociación de Prensa Kansas y ante 150 periodistas, editores y publicistas volvió a la carga de nuevo: ‘Estamos creando lo que merece ser llamado la cultura de la idiotez. No se trata de una sub-cultura, que toda sociedad engendra bajo la superficie y que provee distracción inocua, sino que se trata de la cultura misma.'
El hombre que junto a Bob Woodward, y gracias a la información del confidente ‘Garganta profunda', pudo llegar al meollo de la verdad en las artimañas de la Administración Nixon a base de un riguroso periodismo de investigación es el que denuncia el actual panorama de los medios en los cuales ‘el interés por la verdad está sometido al interés por las enormes ganancias.‘ Y añade: ‘La amenaza más grave para obtener la mejor versión de la verdad viene de esas mezquinas pautas y las consecuencias para una sociedad que está mal informada y desinformada por esos grotescos valores de la cultura de la idiotez son verdaderamente peligrosas.'
Hay dos reflexiones que la crítica de Bernstein me produce: la primera es su plena adaptación a la realidad de los medios de comunicación en España y, me temo, de buena parte del mundo, pues no en vano estamos, para lo bueno y para lo malo, en la era de la globalización. Lo que hace tiempo podría concebirse como meras extravagancias de los norteamericanos ahora resulta ser un común denominador que compartimos todos los occidentales y, cosa admirable, algo sumamente anhelado por los no occidentales. En este sentido no hay discordancia, pues aunque decimos detestar algunas cosas que proceden del tío Sam, en realidad nos hemos subido a su carro y hasta los hemos superado con creces . La primacía de la ganancia sobre la verdad es un hecho constatado todos los días en todas las cadenas de televisión, hasta el punto de que quien manda en las horas de máxima audiencia no es la calidad del programa sino la cuota de pantalla quien a su vez determina la publicidad, o sea la ganancia, asociada a dicho programa. Por lo tanto, razonan los estrategas mediáticos, demos a la gente lo que le gusta porque eso a su vez nos beneficia económicamente a nosotros . Así se matan dos pájaros de un tiro. De ahí el éxito de los reality show en todo el mundo, cuya capacidad de informar y educar a los espectadores sobre las cuestiones verdaderamente importantes (auténtico propósito de los medios según Bernstein) es nula, pero su potencial para deformar y degradar es colosal.
Pero el problema es todavía mayor, y aquí es donde está mi segunda reflexión, pues la cultura de la idiotez ya no es exclusiva de los medios de comunicación sino algo que invade a todo el cuerpo social, de manera que el tejido que lo conforma está ya afectado de este peligroso virus destructivo. Es decir, la cultura de la idiotez es ya una mentalidad, una forma de vida que está al alcance de cualquiera pues lo excelente es siempre duro de conseguir porque está elevado y por eso pocos lo alcanzan, pero lo vulgar es fácil porque no requiere esfuerzo alguno y por eso muchos lo obtienen.
Aunque bien mirado esa cultura de la idiotez tiene raíces más profundas que las señaladas por Bernstein y para ello el pasaje bíblico abajo mencionado nos sirve de guía. En el mismo se nos habla de una verdad, pero no cualquiera, sino de la verdad primordial, esto es, la verdad de Dios. Una verdad que consiste en la demostración de su existencia y de su grandeza. Una verdad incontestable (porque se hace evidente a través de su creación), inexcusable (porque desde al más grande al más pequeño todos pueden entenderla) y universal (porque en cualquier época y lugar se hace patente).
Esta verdad conlleva una responsabilidad doble por nuestra parte: la de glorificarle y darle gracias, algo totalmente lógico, justo y proporcionado. Sin embargo, y aquí comienza la cultura de la idiotez, los seres humanos, sin excepción, nos hemos embarcado en la aberración de negar a nuestro Hacedor y de sustraernos de nuestra responsabilidad hacia él, para lo cual hemos fabricado todo un falso entramado intelectual al que en el texto superior se le denomina ‘razonamientos vanos' y, no contentos con eso, lo hemos revestido de una pretensión de erudición a la que hemos llamado sabiduría.
Podríamos parafrasear a Groucho Marx: ‘Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria' y decir : ‘Partiendo del conocimiento hemos alcanzado las más profundas simas de la necedad.' Una necedad manifestada en la tergiversación que supone negarle al Creador lo que le es propio (su deidad y gloria) para adjudicárselo a quien le es impropio, la criatura. ¿Cabe mayor idiotez que ésa? Ciertamente los seres humanos no sólo somos malos sino que también somos tontos.
Pero, y aquí está lo maravilloso, existe otra cultura contrapuesta a ésa. Es la contenida en el evangelio, en el cual Dios se hace pasar por necio para entontecer a los entendidos y, al mismo tiempo, manifestar el verdadero conocimiento a los que reconocen su necedad. Ese evangelio nos llama a dejar nuestra cultura de la idiotez para recibir la cultura de la sabiduría que está en Jesucristo.
‘Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de
las
cosas
hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le
glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos,
y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios,
se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza
de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles '
(Romanos 1:20-23)
Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España |
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