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La mujer: su vientre y sus pechos
A lo largo de la historia de la humanidad, incluyendo la historia bíblica, se ha dado en muchísimos contextos un fuerte patriarcalismo que ha sido perjudicial para las mujeres. Esto puede haber dado lugar a que, a la mujer, se le haya podido definir como un vientre y unos pechos. Y hasta tal punto era así, que la mujer en el Nuevo Testamento estaba alienada o enajenada en esta forma de pensar. Recordemos que mientras Jesús hablaba, una mujer de entre la multitud levantó su voz diciéndole: “Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste”. Alguien del sexo femenino, define a la mujer, y de alguna manera se autodefine, desde la reducción a una única función: la de ser un vientre fecundo y unos pechos generosos para amamantar. La respuesta de Jesús pareciera que era un desapego o una muestra de desafecto hacia su propia madre o hacia la familia. Quita la prioridad de la bienavenuranza dicha por esa mujer a su madre, y la pasa a los que oyen y guardan la palabra de Dios. Pero quizás la finalidad era muy otra: la dignificación de la mujer como persona, igual a los hombres en dignidad y en nada inferior al varón.
Las palabras de Jesús presuponían un ataque a la tradición patriarcalista que había llegado a alienar el propio concepto que las mujeres tenían de ellas mismas. Eran un ataque a la mentalidad de la época que podía ver en la mujer sólo un vientre y unos pechos. Eran una apuesta por un cambio de mentalidad a favor de la mujer. Porque la mujer era definida como las cosas: por su función. La función de criar y amamantar al servicio de la propagación de la especie humana. En los demás aspectos educativos, de valor de su testimonio, participación eclesial, política o económica, cuestiones de herencias o de tomar iniciativas profesionales, era considerada nula. Todo esto era salirse de su función.
El cambio de mentalidad que Jesús propugnaba era, ni más ni menos, dejar de considerar a la mujer desde su función y pasar a considerarla como una persona con la misma dignidad que el varón , no sometida a su única función, ni al varón, y en nada inferior a éste. Jesús rompe la relación de oposición varón/mujer. Así, el cristianismo se convierte en la principal fuerza y fuente de dignificación de la mujer, aunque en la vida eclesial haya quedado hasta hoy marginada.
Con este episodio y esta frase de Jesús que esquivaba la alabanza de la mujer por su vientre fecundo y por sus pechos generosos, Jesús saca a todas las mujeres de todas las épocas de ser considerada sólo como un trozo de naturaleza dentro del ámbito de una función específica, y la lleva a su verdadera dignidad de persona, de mujer paritaria en dignidad al varón, quien tampoco ha de reducirse a la función de procreador.
El hecho de ser una mujer la que da el grito de bienaventuranza a la madre de Jesús, definida como un vientre y unos pechos, muestra muy claramente que la ideología patriarcal estaba asimilada por las mujeres de la época . Lo mismo puede ocurrir hoy con muchas mujeres en la actualidad que no aceptarían, por ejemplo, una mujer pastor. Así, está el peligro de que la mentalidad patriarcalista sea asimilada por las propias mujeres quedando éstas en una forma de alienación enajenante y con pérdida de dignidad. En la sociedad secular estas barreras patriarcales se van rompiendo por la dinámica de las propias mujeres, pero no así en la vida de las iglesias en donde se podrían encontrar algunas congregaciones en donde nos las dejaran ni enseñar. Así, pues, el primer cable de ayuda a la mujer presa de los condicionamientos patriarcalistas que les envolvía, proviene de Jesús mismo que quiere romper con el laberinto ideológico que daba la preeminencia al hombre.
Si en la sociedad judía se daba una identificación radical entre ser mujer y ser madre, hasta el punto de considerar a la mujer estéril como mujer no favorecida por Dios, como una especie de castigo divino quizás por algún pecado no confesado, como ocurría muchas veces también con el tema de la enfermedad, Jesús rompe con estos esquemas y ve en la mujer una persona, un ser integral que no se puede reducir solamente a una función.
Así, pues, para Jesús no hay discriminación ninguna por razones de sexo, y esta es la razón por la que en el caso de Marta y María, puede aconsejar a Marta que deje por un momento la función que también se consideraba propia de las mujeres, como la limpieza y el cuidado de la casa, y le pide que se siente a sus pies con María para aprender . Hecho que adquiere una relevancia especial en una sociedad en donde las mujeres no podían ni siquiera estudiar la Torá.
No es que Jesús sobrevalore o anteponga la escucha a la acción, como a veces se interpreta este pasaje, sino que rompe una vez más una lanza a favor de sacar a la mujer de las funciones a las que se les había reducido en una mentalidad patriarcalista en donde a las funciones de vientre y pechos, se le agregaba otra: la limpieza y el cuidado de la casa. Jesús rompe el esquema e introduce a la mujer en la escucha y en el estudio de la Palabra devolviéndoles la dignidad robada por el patriarcalismo reinante.
Y si Jesús actuaba así, la mujer debe dejar su alienación y el hombre debe dejar de considerar a la mujer como limitada a ciertas funciones. Sólo así la mujer adquirirá su dignidad... y el hombre también.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España. |