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Número 82 - 20 de mayo 2005
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN
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Liberados para crear

‘El arte no necesita justificación.'
(Hans Rookmaaker)

El arte no tiene que reconocer a Jesús como Señor y Salvador. Un cuadro de Juan Gris o de Miró no tiene que pedir perdón por sus pecados, por lo que –a pesar de nuestros vicios lingüísticos– nunca podrá existir una pintura cristiana , literatura cristiana o música cristiana . Existen personas cristianas, eso sí, pero poner etiqueta confesional a las artes es más triste por injusto que por absurdo, pues el mundo es pecador en la medida en que se exalta a sí mismo por encima de Dios, no por poseer supuestos dones paganos cuya única realidad es que han sido entregados a los humanos por el Creador del Universo. No tiene sentido. Dios no ha creado mares cristianos, montañas cristianas, sexo cristiano, humor cristiano o intelecto cristiano. Todo es de Él y para Él, excepto las deformaciones.

El arte es el desarrollo de la persona que trata de ir más allá de la mediocridad caída para reflejar a Dios, por lo que el arte ha sido creado con vocación de alabanza. Aunque el artista no creyente lo ignore, o no lo reconozca, el creador mundano puede reflejar diálogos y conexiones con lo divino. Resulta habitual –o debería serlo– que los creyentes conectemos con lo sublime al escuchar cierta música inspiradora aunque ésta no haya sido elaborada explícitamente para honrar a Cristo. Del mismo modo, tocamos la liberación de la profecía de denuncia al contemplar una exposición fotográfica como la de Sebastiao Salgado, cuando con su objetivo captura los desplazamientos de pueblos desagarraidos de tierras con dueño, una conmovedora reivindicación estética que seguro también se vislumbra en la sala de exposiciones permanente del corazón de Dios. ¿Es Sebastiao Salgado cristiano? Pues ni lo sé ni nos debe importar más allá del deseo de salvación eterna para cualquier persona de este mundo.

Aunque el arte es más que estética y belleza, podemos ver que los dones de Dios no son tan poquitos ni están tan menguados como ciertos ámbitos religiosos se empeñan en mostrar. La arquitectura de Frank Gehry al erigir el museo Guggenheim de Bilbao, las construcciones de Cesar Pelli o, quizás, alguna creación de Norman Foster son símbolos del legado salomónico de levantar acciones sublimes en piedra y cristal sobre los cimientos donde habitamos. También la expresividad de Van Gogh o incluso el confuso Pop Art de Andy Warhol pueden transmitir más calor que algunas palabras, como, del mismo modo, la Fura dels Baus o el Cirque du Soleil consiguen escenificar parábolas de diálogo y demandas entre lo divino y lo humano.

Para algunos cristianos, resulta extraño hablar de mensajes reales desde un arte que no ha sido elaborado por creyentes. Esto se debe a que han sacado el arte de la esfera de la creación de Dios como si no fuera con Él. Se han vuelto incapaces de compartir, admirar y disfrutar de la manifestación de la imagen y semejanza divina que no lleve el sello de una confesión religiosa o de un determinado tipo de persona. Debido a esta errada decisión unilateral, no les importa levantar un espantoso arte elaborado por cristianos del mismo modo en que, por sistema, desprecian todo lo sublime que fluya desde fuera de ciertas sacras peceras dominicales.

Si el arte emana en quienes tienen algo que agradecer, que adorar, que mostrar, que expresar…, habría que preguntarse por qué se ha robado el buen arte de muchos círculos cristianos, aun sabiendo que “si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1ª de Corintios 10, 31). ¿Qué tipo de gloria se está dando?

Las palabras de Rookmaaker siguen denunciando una pasmosa realidad: “¿Podemos decir verdaderamente que demostramos la grandeza del hecho de que somos en verdad nuevos hombres, nuevos seres humanos, por la resurrección de Jesucristo? ¿Hemos dado testimonio no sólo con palabras sino con nuestros hechos, nuestro pensamiento y nuestra sabiduría de que sabemos que hay un Dios vivo? Debemos ser honestos: ninguno de nosotros está libre de culpa” ( Arte moderno y la muerte de una cultura , publicado por Andamio). Además de ser una vía de evangelización sin explotar, el arte es un don y fruto en sí mismo.

Si todos los habitantes del planeta fuésemos cristianos, ¿habría menos y peor arte (o sea, alabanza ) en derredor? La respuesta coherente debería ser: “¡Todo lo contrario!, habría un mayor y rico arte por doquier ”. ¿Estamos seguros?

La libertad para avanzar por el camino de perfeccionamiento y grandeza que es la nueva vida en Cristo no puede entregar los mejores escenarios de guerra espiritual al enemigo. Hasta que Jesús venga de nuevo se puede golpear lo caído para abrir sendas en ese desierto de parálisis creativa que nos mira desde los altares con descaro y palpitaciones de angustia. Todavía es tiempo de inspiración , tiempo de llevar a la práctica y a la plástica el trascendente hecho de haber sido liberados para ser más de lo que éramos antes. Más aún, liberados para ser. Mejor arte que nunca.



Artículos anteriores de esta serie:
   1  El robo del arte  
   2  Música y artes sagrados  
   3  Músicos seculares y religiosos  

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III, y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España.

 
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