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La cifra: 842 millones.
La realidad: pasan hambre.
Se aproxima el verano. Cada año se repite el mismo ritual: Bombardeo de publicidad donde a toda costa se anuncian milagrosas recetas para quienes pretendan adelgazar. Dietas drásticas vendidas por buhoneros del siglo XXI y que sigilosamente engañan a diestra y a siniestra. No importa el costo, cuanto haya que sacrificar, lo importante es poder lucir un cuerpo envidiable, ser la sensación del verano, causar asombro.
Observo una foto. Los ojos de unos niños me miran desde la lejanía atravesando mi conciencia, haciéndome sentir demasiado privilegiada. Niños que pasan hambre y que desconocen la palabra régimen.
Detrás de cada víctima existen responsables, pero nadie desea asumir esa responsabilidad.
Dicen que el mayor inconveniente es la mala distribución, ya que en realidad existen alimentos suficientes para paliar la hambruna.
Una madre logra hacer que dos raciones se conviertan en cuatro . Sin tener excesivas nociones matemáticas, sabe suprimir gastos y multiplicar alimentos. Sin embargo, quienes gestionan la ayuda humanitaria no parecen saber repartir comida entre hambrientos. Quizá los encargados en distribuirlos debieran pedir consejo a una de esas magas del hogar.
En tanto que el clamor de los pobre sigue flotando en el aire, nosotros -los habitantes de este "primer mundo"- seguiremos preocupándonos por los kilos de más, por esa antiestética tripita, sometiéndonos a regímenes estrictos para lucir un cuerpo diez.
La locura está servida , sean objetivos y piensen que mientras nos inquietamos por minucias de tres al cuarto, hay millones de personas que sienten como la vida se les escapa con un rugir de tripas hambrientas.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |