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Número 83 - 27 de mayo 2005
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LUIS MARIÁN
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La Catedral del Justo

La fe mueve montañas… de desechos. En la localidad madrileña de Mejorada del Campo, vive un señor que lleva 40 años erigiendo una de las catedrales más peculiares del mundo. Don Justo, un labrador sin estudios, se levanta temprano cada día para trabajar en esta colosal obra con sus propias manos y prácticamente sin ayuda. El Museo de Arte Moderno de Nueva York ha realizado una exposición en imágenes de su obra, y medios de comunicación de todo el mundo, como la CNN, la RAI, el New York Times o la revista Times ya se han hecho eco de esta proeza.

No tiene planos, y los materiales que utiliza se componen fundamentalmente de desechos de fábricas y de obras de construcción. Reciclando, vendiendo sus posesiones y con alguna puntual donación recibida, el progreso del templo –curiosamente ubicado a las puertas de la calle Antonio Gaudí– llama la atención de turistas de todo el mundo, y más ahora, al ponerse de moda su construcción gracias a un anuncio de televisión.

Dice don Justo que lo que a él le mueve es la fe y que construye la catedral para honrar a Dios. Reconozco que tengo dudas acerca de que tanta dedicación merezca realmente la pena. Me asaltan preguntas que me hacen pensar si quizás todas esas miles de horas de ministerio no podrían haber sido aprovechadas con un mayor pragmatismo humano y espiritual. Quizás hubiera sido más propio que don Justo hubiese construido una edificación para albergar a necesitados o que canalizase su deseo de agradar a Dios a través de la ayuda directa al prójimo. De todos modos, sólo son preguntas sin respuesta, pues no seré yo quien juzgue el corazón de don Justo, digno de admiración de todas todas.

Sea como fuere, la constancia, tesón y fe de don Justo es una lección para todos. Y si pensamos que la meta de este señor de Mejorada no es la más ideal para canalizar su decisión de hacer la voluntad de Dios…, mayor lección aún, pues quien dice conocer bien la voluntad de Dios a través de la Biblia mientras hace poco por ejecutarla… se ve más humillado aún ante el convencimiento y el desprendimiento de don Justo.

Cuando Jesús dijo a sus seguidores aquello de “perfeccionaos”, no estaba de broma, como tampoco lo estaba al afirmar que nuestras prioridades testifican sobre dónde está nuestro corazón y tesoro. Sería curioso que durante una semana viviéramos cronómetro en mano y apuntásemos el tiempo invertido en ver televisión, criticar, orar, estar de ocio o en realizar cualquier actividad explícita para el Reino de Dios. Los datos reflejados podrían servir de termómetro indicador del punto kilométrico por el que marchamos en el perfeccionamiento.

En este sentido, el octogenario don Justo nos profetiza con hechos acerca de la constancia, la principal baza para salir airosos de la cotidiana guerra espiritual. A don Justo no le mueve el impulso pasajero de un evento religioso que un día le tocó la fibra sensible y que, pasadas unas semanas o meses, le volverá a hundir en la mediocridad. No. Don Justo tiene emociones, pero sabe que sin constancia sólo hallará mundanidad sin fruto. Conoce la arquitectura bíblica de la perseverancia.

Yendo al otro lado, hallamos el uso la Biblia para justificar la carnalidad como uno de los cánceres más brutales de la iglesia actual. La sociedad de la superficialidad y del esfuerzo puntual pone a la inconstancia como eje del daño propio, una manipulación de la revelación que es condenada por la Biblia con nitidez y firmeza innegociable.

El apóstol Pedro nos asegura que son precisamente los inconstantes quienes tuercen las Escrituras para su propia perdición (2ª Pedro 3, 16). Las arbitrarias y falsas justificaciones bíblicas por parte de quienes ya se consideran cristianos aceptables, o por quienes ya creen saberlo todo o piensan que a estas alturas no van a cambiar de actitud, están en un serio problema. Un día tendremos que exponer ante Dios el estado de construcción de nuestra Catedral, y Él verá si, como don Justo, hemos sabido y querido reciclar miserias y debilidades para convertirlas en fortalezas y nuevo fundamento en Cristo. El paulatino aunque constante abandono del viejo hombre es el andamio que sostiene el amor hacia nosotros y hacia los demás, un proceso diario que, como la obra de don Justo o de Gaudí, no acabaremos en vida. Aun así, y para nuestro propio bien, para disfrute de la libertad regalada y comprada por Dios es por lo que somos llamados a perseguir el sueño de la edificación continua, pues el sueño de Dios es siempre constructivo… el sueño del justo.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III, y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España.

 
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