Número 83 - 24 de mayo 2005
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¿Perdimos el mensaje?

El peso del cristianismo se desplaza hacia el Sur y hacia Oriente. El Norte se mantiene, pero con pérdidas ¿Y si el camino fuese otro? ¿no estaremos entrando en esa mentalidad de exigir continuamente derechos, entrar en cuestiones secundarias -aunque posiblemente importantes- y olvidar lo esencial?

Los protestantes en toda Europa estamos entrando en la escena política, apoyando a quien nos apoya, buscando libertades y derechos que son legítimos. Y sin embargo, ¿no produce esto cierta tristeza, una sensación de ser un colectivo más en medio de un mar de conflictos y de intereses? No significa esto decir (ni mucho menos) que se esté haciendo algo mal. Sencillamente que quizás no estemos acertando con hacerlo bien.

La propia Iglesia católica española ha entrado en una lucha agónica . Ve que pierde el control de las escuelas; que se va a terminar ese fondo sin fondo que venía del Estado. Y entra a luchar por lo que entiende que son sus derechos, aunque más bien se trata del imperio de su monopolio que termina. La Conferencia Episcopal Española es una institución que lucha porque cuando el Estado le retire sus prerrogativas terminará su poder tal y como lo conocemos.

Porque la realidad es que la Iglesia católica en España existe no por sus auténticos fieles, sino porque la tradición, la superstición y el folclore mantienen una cierta dependencia psicológica en quienes no creen en absoluto en los dogmas del Vaticano. Porque la realidad es que la Iglesia católica en España existe no por el apoyo de la labor de sus parroquias (salvo excepciones, imaginamos) sino porque el dinero público sustituye generosamente a lo que debería ser el compromiso de los católicos, fuese mucho o poco.

Por eso que unos políticos españoles (Rovira y Maragall) se burlen de un símbolo religioso no es el principal de los problemas del catolicismo en España. Es más, Jesús nunca dio valor alguno a los símbolos más sagrados del judaísmo, ni siquiera al templo de Jerusalén, lo que escandalizó a quienes le oían. Pero sí se volcó en su mensaje, que fue el que le llevó a la muerte de cruz, y a la resurrección y la victoria (por suerte para la humanidad).

Quizás necesitamos más descubrir cuál es el verdadero mensaje para nuestra sociedad y nuestro tiempo, que nos distinga de quienes nos rodean . Aunque el mensaje nos enfrente con los poderosos, o suponga perder posibles prerrogativas, o decirle a quienes nos quieran oir que la fe en Jesús no depende en absoluto de una corona de espinas ni de las mofas totalmente desafortunadas de quienes se burlan del cristianismo. Al fin y al cabo, no son pocos los obispos y arzobispos católicos que nos llaman secta a los evangélicos, lo que es mucho más dañino e injustificable.

Nos corresponden derechos por los que hay que luchar, a la vez que deberes que debemos cumplir. Pero por encima de todo urge encontrar el mensaje, el verdadero mensaje, que desafíe y atraiga por igual. El poder de la Palabra y de la idea creida y vivida por encima de todas las circunstancias y a la vez, que hable a las circunstancias de aquellos con los que convivimos.

© ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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