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Número 83 - 24 de mayo 2005
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JOSÉ DE SEGOVIA
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El dolor de un padre

El dolor acostumbra a ser una experiencia privada, especialmente en una cultura de entretenimiento como la nuestra, que pretende esconder la realidad más oscura de la vida a un público, cada vez más ignorante de su tragedia. La verdad es que no hay palabras para expresar pérdidas tan grandes como la muerte de un hijo. Pero el cine enfrenta a veces al espectador con sus propios temores. La película La habitación del hijo , que estrenó la semana pasada La2 de Televisión Española en su programa Off Cinema, da una mirada compasiva al dolor de unos padres, en un conmovedor cuadro que muestra la fragilidad de la existencia cuando estalla la burbuja de nuestra aparente felicidad.

“Cuando alguien pierde a sus padres se queda huérfano”, dice el director italiano Nanni Moretti, “¿pero cómo defines el caso contrario?”. Para eso no tenemos término alguno, observa el autor de La habitación del hijo . Este egocéntrico realizador, que suele hablar siempre de sí mismo, sorprendió a su público más fiel el año pasado con una durísima obra, lejos de su habitual dosis de cinismo. Al director de Querido diario le ha costado mucho tiempo darse cuenta de que el mundo no gira alrededor suyo, aunque ya alguna conciencia se asomaba al rodear con su vespa el fantasma de la muerte en el lugar donde Pasolini fue asesinado, deslizándose por las notas del piano de Keith Jarrett. O cuando en La misa ha terminado , el padre Giovanni intenta entender el suicidio de su madre desde una fe que se desvanece como una cortina de humo. Pero nunca había tratado de una forma tan frontal y descarnada el vacío que deja la ausencia de un ser querido como en su desoladora Habitación del Hijo.

En la película de Moretti, que consiguió la Palma de Oro del Festival de Cannes el año 2001, la muerte irrumpe provocando auténticos gemidos en la apacible vida cotidiana de una familia pequeño-burguesa, que disfruta su rutina en una pequeña ciudad del norte de Italia, protegida por la aparente seguridad de la sociedad del bienestar. Hasta entonces en esta casa no ocurre nada más que lo que pasa en la mayoría, cuando no hay más agitación que la que resulta de las ficciones ajenas y los problemas insignificantes. El café de cada mañana, después de hacer footing , el amor adolescente, y el trabajo cotidiano de este padre psicoanalista, escuchando pacientes, es devastado de repente por la muerte del hijo.

Un domingo por la mañana uno de los pacientes de Giovanni llama por una urgencia y éste no puede salir a correr con su hijo Andrea, tal y como se había propuesto. El chico sale entonces a bucear con sus amigos, pero no volverá… El fatal accidente cambiará la vida de toda la familia, que descubre que el futuro no depende de su voluntad. Quieren dar vuelta atrás al reloj de la vida, para cambiar lo que ocurrió ese día, pero es imposible…El entierro inicia una serie de rituales con los que se intenta sepultar el peso de un silencio insoportable. Ese dolor abrumador busca en los objetos el sentido de una vida que se escapa, pero en su letargo descubre que es nuestra propia vida la que se va, con el vacío de alguien que no volverá más.

¿Quién puede comprender semejante sufrimiento? Hay un Dios, aparentemente ausente en esta historia, que conoce el dolor también de primera mano. Ya que desde su sol de justicia no pudo contemplar la desolación de su Hijo, que clamaba al Padre, aterrado en la confusión del misterio del por qué de su abandono. Pero su silencio no revela su indiferencia, sino un amor incomprensible, que sufrió tal desamparo, para que nunca más podamos ser dejados de su mano.

Hay por eso un Padre amante en los cielos, en quien podemos encontrar el calor de un hogar eterno. Queda el último enemigo, la muerte, pero tiene sus días contados, porque tras esa cruz, hay una tumba vacía...

José de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor en Madrid.
© J. de Segovia, 2005, Madrid, España.

 
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