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La fe en el ámbito de lo social
Al hacerse del cristianismo una religión, se han espiritualizado los contenidos del Evangelio, pero si pusiéramos en uno de los platillos de una balanza todas las orientaciones espirituales de Jesús y en el otro todo lo referente a los contenidos sociales del Evangelio, yo muchas veces he dicho públicamente que la balanza se quedaría equilibrada. Y digo equilibrada para no escandalizar demasiado a los creyentes que se mueven casi exclusivamente por motivos espirituales o espiritualistas, pero muchas veces, leyendo el Evangelio, puedo ver claramente que la balanza quedaría descompensada a favor de los contenidos sociales.
Porque el Reino de Dios irrumpe en nuestro aquí y nuestro ahora con la figura de Jesús y la mayoría de sus valores se contextualizan en el entorno social histórico en el que nos ha tocado vivir, con una preocupación especial por los débiles, los oprimidos y los que se desenvuelven dentro de los focos de conflicto.
Es como si el Evangelio no se identificara como un libro o relato religioso al estilo espiritualista en que son interpretados la mayoría de los libros de religión. Quizás es que el Evangelio no sea un libro religioso. No es un libro metahistórico ni escrito para el más allá. El Evangelio está anclado en nuestra historia presente, en el compromiso con el hombre en su aquí y en su ahora. Quizás en la Nueva Jerusalén, en la vida plena con el Señor, no necesitaremos el Evangelio. El Evangelio está diseñado para orientar nuestro comportamiento en esta vida, fundamentalmente en relación con el prójimo.
Es cierto que se habla de la salvación eterna, en la que todos creemos y esperamos, pero el gran acento está cargado en las responsabilidades sociales y de dignificación de la persona que emana del gran proyecto de Jesús: el Reino de Dios, o Reinado de Dios, que ya está entre nosotros, y sus valores que dignifican y ponen en primer lugar a los últimos, los ínfimos, los marginados y los proscritos. Porque en ese “ya” del Reino se nos muestra la posibilidad de que la vida eterna la comencemos a disfrutar “ya”, “aquí” y “ahora”.
Por tanto el Evangelio de Jesús no es sólo una tabla de salvación con la cual podemos conseguir nuestra propia salvación eterna, despreocupándonos de nuestros entornos sociales, sino que es un equipamiento para que el creyente pueda ser una tabla de salvación y de liberación del otro . Quizás, liberando y salvando al otro es como nos salvamos a nosotros mismos, aún afirmando que la salvación es un don gratuito de Dios, por fe. Pero si no es una fe actuante y liberadora del otro, no es fe. Así, pues, el Evangelio quiere cambiarnos, modificar nuestros estilos de vida, prioridades y conductas, para que podamos ser de utilidad a los otros y para que podamos servirles. La fe se pesa y se valora desde su acción, desde su acción amorosa que culmina en el servicio. De ahí que Pablo defina a la fe como aquello que “obra por el amor”. La fe tiene, necesariamente, esa dimensión social que le da el servicio, la dignificación de las personas y la posibilidad de liberación que podemos hacerla realidad a través de esta fe en acción. Por eso la fe que no tiene esta dimensión social y que no tiene obras es muerta como dice el apóstol Santiago.
Los que por fe, no sirvieron ni pudieron tener una fe actuante en medio de la sociedad, son condenados en el juicio de las naciones en Mateo 25: “Por mí no lo hicisteis”. Les faltó tener una fe social que se vuelca en la ayuda al prójimo. Al escriba y al fariseo de la Parábola del Buen samaritano, les sobró interés por los servicios religiosos y les faltó la fe social y actuante a través del amor. Pasaron de largo y fueron condenados.
A los que a sí mismos se creían religiosos y creyentes en Isaías 58 y buscaban a Dios cada día buscando respuesta, Dios no les responde y les muestra cual es el verdadero ritual: dar de comer, vestir y albergar al necesitado. Les faltaba la fe social. Al rico de la Parábola que buscaba a Jesús, al faltarle la fe social y no poder compartir, se fue triste. Se quedó con sus riquezas y con su tristeza.
Al apóstol Pedro que no entendía la dimensión del servicio de Jesús y no se quería dejar lavar los pies, casi es excluido del Reino de Dios, y hubiera ocurrido si no hubiera aceptado esta dimensión de servicio que implica toda espiritualidad del hombre. La fe es social. El Reino de Dios y la nueva comunidad que emerge con la irrupción de Jesús en nuestra historia, se asienta sobre el servicio como fundamento de las nuevas relaciones en la comunidad que se basa en los valores del Reino. Sólo vas a tener fe, si actúas y sirves. Si vives una espiritualidad desarraigada de la realidad y de espaldas al dolor de los hombres, tu fe es muerta o ya la estás matando. Porque la nueva relación en la vida de una sociedad en la que el Reino o Reinado de Dios ya está, el amor, que en los Evangelios siempre se entiende como un amor en acción y que sirve, es la ley, la base y el fundamento para poder estar dentro de los valores del Reino. De lo contrario, seremos de los expulsados de la mesa del Reino y otros, los proscritos, los débiles, los marginados y los tachados por los más puros como pecadores, van a ocupar nuestro lugar en la nueva comunidad de Jesús de Nazaret.
Para vivir como Jesús hay que mezclar la espiritualidad con el realismo de una vida entregada al servicio al otro . Y mientras estemos aquí abajo, en medio de un mundo de dolor, la dignificación, la liberación de las personas y su salvación integral, van a desequilibrar la balanza en pro de un cristianismo liberador y dignificador de los proscritos. Así te unirás a aquella obra de liberación que fue el trabajo de Jesús en la implantación del reino que surge con la irrupción de su persona en nuestra historia.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España. |
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