Número 84 - 31 de mayo 2005
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Aún nos queda la palabra

Volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces, no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra . ¿Utopía? Lo afirma Isaías (2:4) dos mil años antes de que naciese quien era la base del cumplimiento de esta promesa. No para este tiempo, sino para otro que no por lejano dejará de llegar.

Mientras tanto, alegrémonos de ver, de leer la historia del soldado niño que abandonó el fusil para coger una guitarra y cantar a Jesús. No es la solución a los males de la Tierra, ni siquiera de su tierra, ni al hambre. Pero es el testimonio del poder del mensaje del Evangelio de Jesús que transforma.

¿Qué ocurriría si dejáramos la espada y usáramos la voz como hoz, o como arado? Ejércitos de palabras, letras encendidas de convicción, frases que derribasen muros por su fuerza. Oraciones que golpeasen el destino para convertirlo en esperanza. Párrafos que se atreviesen a ser creativos, a descubrir al Dios que nos hizo a su imagen, y olvidar al dios que hemos hecho a la nuestra.

Estamos cansados de los señores de la guerra . Sea la guerra religiosa, política o económica. Sean balas que producen sangre o monopolios que esclavizan almas y voluntades. Se necesitan hombres y mujeres de paz, que sujeten con fuerza el arado sabiendo ser rectos en su camino. Dispuestos a romper obstáculos, no para ganar guerras, sino para seguir construyendo sementeras. Sabedores de que el Evangelio no es un programa de marketing, sino hundir hondo el arado en la propia tierra.

No nos amedrentemos, ni respondamos de igual manera frente al poder del que se cree fuerte y ejerce su fuerza. Porque ante la espada aún nos queda la voz, aún permanece la Palabra.

Y con esto es más que suficiente.

© ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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